Jornadas postelectorales (IV): PIL, tradición y mesianismo

 

Tomás J. López
[Lunes, 4 de junio de 2007]

 

 

 

 

 

La gran sorpresa del 27 de mayo la protagonizó, sin duda alguna, el PIL. Aunque crucificado, muerto y sepultado, supo resucitar de entre los muertos y convertirse en la segunda, y a pocos votos de la primera, fuerza política de Lanzarote.

Para ganar, el PIL volvió a sacar al mesías Dimas Martín Martín que, aunque en prisión, reapareció en los carteles de campaña. Y por si quedaba alguna duda de que el santo de Tahiche estaba detrás –y delante, y a un lado, y al otro-, dos de sus hijos se presentaron como cabezas de lista a dos de los grandes “fuertes pilistas”: Teguise y el Cabildo. Con la “victoria” del partido cobró sentido aquello de lo que muchos veníamos sorprendiéndonos, por incomprensible, desde hacía unas semanas: se entendió lo del cuadernillo electoral con la Dimas-portada, la propaganda con Dimas-carteles y hasta la Dimas-carta “desde la fría celda compañera de mis [sus] pensamientos”. Al tiempo, primeras páginas como las de ‘Lancelot', titulando “Dimas, el fin de una era”, se convertían en papel mojado.

La ciudadanía que votó al PIL lo hizo para demostrar a los tránsfugas de CC que los votos eran del partido y no suyos, y que nunca les perdonaron que no abandonaran el acta. Pero también muchos votaron al PIL para demostrar que los votos eran de Dimas, y sólo de Dimas, y que lo que no perdonaron fue que esta vez no acompañaran al líder a las puertas de la cárcel; que lo abandonaran a Él. No sabría interpretar cuántos votantes lo hicieron por lo primero y cuántos tenían como argumento el segundo. Lo cierto es que, ya sea en un caso o en el otro, si las cosas fueron así, habría que preguntarse la verdadera validez de las palabras de quienes hablaron en la fiesta montada por el PIL en la noche del victorioso recuento. El mensaje que allí se lanzó fue que había PIL para rato, que era aquella una apuesta de futuro. Pero ¿qué tipo de futuro? ¿hasta cuándo? Dimas va para 60; si en 2031 el líder no tiene el cuerpo para campañas ¿de dónde sacará el PIL los votos que Dimas, y solo Dimas, consigue? ¿Y más adelante? Suponiendo que Dimas sea mortal… ¿habrá PIL tras su desaparición física? ¿habrá herederos por derecho de sangre, como en una monarquía, o se recurrirá a la ‘güija'? Demasiadas preguntas. Lo cierto es que el PIL tuvo la oportunidad durante esta campaña de dejar a Dimas en un plano más discreto, pero no la aprovechó porque prefirió los votos que éste convocaba. Y no les defraudó.

La victoria de los independientes también nos hace plantearnos en qué tipo de sociedad vivimos y cuan larga es la sombra del pasado, no sólo la proyectada por Dimas, sino también por nosotros mismos, por nuestro pueblo, portador aun de una serie de valores que nos devuelven al ayer. Pensábamos que Dimas y el PIL estaban finiquitados porque creíamos que un determinado Lanzarote había recibido la extremaunción. Pero no, en pleno siglo XXI, por muy modernos que nos creamos, el pueblo, en el sentido minimalista del término, sigue vivo. Creíamos que Lanzarote había dejado de ser pueblo y se había convertido en ciudad, pero el PIL nos ha vuelto a recordar que no es así, o al menos no del todo, y que los valores del pasado siguen rigiendo las decisiones de buena parte de esta sociedad presente que, aunque distinta, en realidad, en su esencia no lo es tanto.

Ese pueblo conserva sus valores, y por eso votó al PIL. A este Lanzarote tan urbano en el aspecto como pueblerino en gran parte de las conciencias le importa más la fidelidad que lo que digan los tribunales de justicia. Se mueve más por lo que dicta el corazón y las pasiones que por lo que aconseja la razón. Ese Lanzarote perdona ilegalidades, si haces cosas para el pueblo, pero no soporta que traiciones a quien te dio de comer. Ese Lanzarote cree en la palabra dada. Ese Lanzarote valora más la amistad que la democracia y tiene a la devoción por encima de la legalidad. Ese Lanzarote no lee los programas, sino que mira los carteles y busca a la persona que hay detrás. Ese Lanzarote esperó durante largos años calladito, dijo otra cosa a quienes les hicieron las encuestas. Se hizo el despistado esperando que llegase la hora. Y cuando llegó, ese Lanzarote votó a quien les construyó los tele-clubs, a quien escuchó el problema que el vecino tenía con su madre enferma, al que compró la cebolla –aunque no la terminara de pagar-, a quien trajo las escuelas universitarias para que el chiquillo estudiara turismo y no saliera de la isla. Ese Lanzarote de pueblo con aspecto de ciudad esperaba al 27M para fraguar la venganza en nombre del líder. El pueblo puso a los tránsfugas en la calle. Muchos interpretaron el hecho como señal de que “la ciudadanía quiere cambio”. Ignoraban que una gran parte de éste quería todo lo contrario; quería tradición, quería valores “de toda la vida”, quería seguir siendo lo que siempre fue.

 

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