
Clara R. Franchy
[Lunes, 4 de junio de 2007]
Los analistas políticos aún no se atreven a mencionar que el sistema ha logrado que quien recorre sus pasos en una cárcel, por su irregular gestión de lo público, es el auténtico vencedor, y se escenifica en su persona el generalizado mal de la corrupción, que, de frecuente, ya no chirría. Su imagen, utilizada como reclamo, ha sido efectiva, y sus administradores en el partido se han dejado los piños en hablar de honestidad, de la traición de los otros y de transparencia en la gestión pública. Lo paradójico, es que no es posible pensar que esas son las virtudes de Dimas Martín. Tampoco adornan a otros, no menos culpables, que demostraron habilidades y destrezas para mantenerse como inocentes de trama alguna.
El sistema ha logrado que la imagen de un convicto sobre la cartelería electoral protagonice la campaña política. Es probable que hasta una escoba, teniendo detrás la garantía del producto Dimas, arrancara un montón de votos de la población, supuestamente en su mayoría de edad democrática.
Habrá que leer en estos mensajes el aburrimiento de la peña ante quienes debiendo representar a sus administrados, lo hacen a sí mismos y al grupo empresarial con el que, al Monopoly, juegan parcela a parcela y casa a casa en su particular tablero en forma de Lanzarote. Se paga con el voto a Dimas, el descrédito de todos los partidos y la mayor parte de lo que se ha dado en llamar clase política, que de todo alardeará menos de tener clase. En otros carteles van, hágase justicia, quienes un día fueron sus cómplices y salvaron el pellejo por los pelos. Lo que todos ya sabemos, y por ello, votamos al Jefe.
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