Canarias, en autovía hacia el colapso

 

Juan Jesús Bermúdez

[Viernes, 25 de mayo de 2007]

 

 

 

 

 

 

Las últimas semanas vienen presenciado una insólita y frenética efervescencia de procesos de apertura de plicas, adjudicación de contratos y convocatoria de concursos para la ejecución de decenas de nuevos kilómetros de vías rápidas y autovías en Canarias. Se trata de una de las decisiones más trascendentes que se están tomando en las islas en estos momentos: unas administraciones locales, canarias y estatales que conocen la situación energética global, sabedoras de que el combustible fósil será cada vez más caro, embarcan a la economía insular y detrae fondos muy importantes para extender aún más en la práctica totalidad de las islas la ya densa red viaria canaria, que alberga uno de los parques móviles más grandes del mundo en relación con su población.

Así, se están apresurando de forma temeraria los compromisos financieros para la construcción de los "anillos insulares" de Tenerife y Gran Canaria, las vías metropolitanas nuevas en Santa Cruz de Tenerife, el Eje Norte - Sur de Fuerteventrua, el "anillo norte" de La Palma, obras viarias de importantes ampliaciones en La Gomera y Lanzarote, formando parte de la concepción faraónica de "territorio único", ajena a la realidad, presa de los grandes beneficios y beneficados del corto plazo, y cautiva de las grandes obras públicas, uno de los escasos reductos de actividad económica que se quiere mantener de forma infructuosa, ante la evidencia del declive turístico y de la construcción residencial privada, endebles bastiones cuyo desmoronamiento nos asegura un ajuste social y económico de infarto: una huida hacia delante que nos costará muy cara.

Esta política es suicida. La gasolina ha subido un 40% de precio en los últimos cuatro años, y seguirá subiendo, con la confirmación, por parte de los geólogos expertos, de la llegada más o menos inminente del cenit y declive permanente del petróleo. Viviremos, al tiempo que se levantan los enormes taludes que soportarán los anclajes viarios de esas nuevas vías rápidas, precios cada vez más caros del transporte y, por tanto, más temprano que tarde, una reducción obligada de la movilidad privada. Más asfalto para menos movilidad. Estamos ante una crisis energética global que provocará un descenso de la disposición de combustible por persona, una crisis económica de envergadura que dejará tras de sí un gran reguero de paro e incomprensión. De ahí que seguir construyendo más infraestructuras de transporte en las islas sea una gran irresponsabilidad, por más que ese gesto cuente con el beneplácito social, en una comunidad conformada por ciudadanos que tienen como una de sus principales ocupaciones diarias la búsqueda de aparcamiento.

La movilidad intensa, la dispersión territorial - isla ciudad - que predomina en nuestras islas, es una anécdota histórica que, si no fuera porque tiene pronta fecha de caducidad, resultaría simpática. Sin embargo, las islas se han abonado al petróleo barato como modus vivendi, un combustible cuyo uso, a razón de 159 mil litros al segundo en el mundo, se ha multiplicado por cien veces en los últimos cien años, con unas tasas de crecimiento que se agotan, y con un declive definitivo que hoy carece de sustitutos, al no existir ningún rercurso energético con su potencia.

Así pues, queda dicho. Más asfalto supone un atentado histórico al escaso suelo de las islas que aún queda fértil, propiciando su abandono y trágico sellado definitivo; supone propiciar un derroche aún mayor en estos estertores finales del modelo consumista que nos acerca al colapso; contribuye a dilapidar esfuerzos para tener largas manchas negras que cada vez será más caro mantener, y que serán auténticos templos del absurdo en un inmediato futuro. Más asfalto hoy supone menos vida en el futuro, y el futuro ya está aquí, pidiendo paso.

 

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