
Armiche Díaz
[Viernes, 25 de mayo de 2007]
Tocó a su fin. Los carteles electorales han perdido su color del solajero, menos esos que se colgaron a última hora en los que una señora recuerda que esa obra se hizo estando ella por allí, aunque algunas no fueran construidas ni con el presupuesto de su institución.
Se hace el silencio después de tantas consignas enlatadas, palabras leídas, demagogia ensayada, entrevistas pagadas y café cortado. Es hora de pensar, reflexionar, retirarse este sábado a solas a una playa y dialogar con el bocadillo de jamón y queso y el papel de aluminio.
Han sido semanas de ruido ensordecedor, de tracas, de delirios que pretenden hacer olvidar el pasado. Pero es tan difícil evadirse al paraíso de las ensoñaciones políticas cuando el presente se descubre con un simple vistazo alrededor. Lanzarote no es lo que quisiéramos.
Mira su futuro una isla que no ha sabido repartir su prosperidad, que carece de los servicios básicos a pesar de que sus habitantes, con su trabajo, han generado un oro incalculable. Centros de salud saturados, barrios improvisados, basura en los descampados, caca en la playa, mierda en la caja fuerte.
Recuerdo hace sólo unos días. Se me enredan las cintas, las tijeras, las banderas, la banda del pueblo, la escultura, la ex curtura, la sonrisa del alcalde. Me viene a la mente aquella señora de La Graciosa que después de estrechar la mano a un político me susurró al oído: "Se creen que porque vengan aquí ahora nos van a engañar". Rememoro, no sin afligirme, a aquel vecino de Arrecife que gritó en el Pleno: "Todos son iguales. Los políticos sólo miran por los intereses de los grandes especuladores".
Dudo. Pienso en la oportunidad perdida para abrir las ventanas, oxigenar las listas y desterrar de una vez a los corruptos, a los negligentes, a los que están de vuelta y a los que vuelven a estar. Me desmoralizo pensando que lo tienen todo atado antes de pedirnos la venia. Que unos y otros se quieren sin preguntarnos. Que no encuentro donde refugiarme.
Sigo vacilando. Intento imaginarme las caras de aquellos que murieron porque yo tenga ahora la oportunidad de votar. De aquellos que en algún momento de la historia no tenían tiempo para leer el Hola, ni dinero para tunear el coche. Temo vivir para siempre en la tierra del enchufe, del pelotazo, del "conmigo o contra mí". Apenas me quedan las migas del bocadillo. Todavía no lo tengo claro.
armichediaz@diariodelanzarote.com
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