
Manuel Perdomo
[Jueves, 26 de abril de 2007]
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Justo sería decir que, habilidades, el autor las muestra. Sobre lo representado, lo que se dice gustar, a mi no me gusta, aunque sea bueno. Sobre esa relación entre la arquitectura y la pintura, más me parece un matrimonio de conveniencia que fruto del amor.
Seguro que había otros marcos posibles, pero alguien ha calculado que eso era lo que le convenía. Yo, me debato entre el respeto a los valores plásticos que pudiera contener el mural, y a la elección del soporte donde plasmarlo. Me muevo con dificultad en el cumplimiento de las ordenanzas municipales y en la sensatez de la autorización del Ayuntamiento, y, desconociendo los objetivos del proyecto, no sé si este artículo, más de perplejidad que otra cosa, es uno de los objetivos marcados: que hablen. Me pasa en El Almacén, y lo que me inspira, raya sensaciones negativas. Será porque la ciudad como soporte de esta pintura, a mis ojos, quedaría limitada a algunos muros y medianeras, a tapias degradadas, y a unas pocas paredes.
La, ya vieja, experiencia pictórica de las medianeras de algunos edificios en Las Palmas de Gran Canaria, precisamente por lo representado, nunca me pareció atinada, pero eran medianeras. La del Madrid antiguo, reprodujo falsas fachadas y otros elementos, algunos realmente interesantes, y de una gran calidad estética y técnica, y eran medianeras, y por esos mundos, se han pintado edificios completos, carne de piqueta, o muros de vergüenza, como en Berlín, pero lo de pintar las fachadas de un edificio no degradado, al que no me parece que ponga en evidencia o acerque a una nueva dimensión, cosa que no parece necesitar, no lo veo claro.
No ha sido objeto de pintadas, ni graffitis, no se está cayendo y no es una casa abandonada. Su aparente decrepitud más bien parece espiritual, quizás de gestión. Sí parece evidente que el entorno, en pleno centro de la ciudad, deja mucho que desear, ya por el solar inmediato, fruto de una demolición, ya por esa plaza que nunca lo ha sido, que es aparcamiento y pista de baile tres días al año, y que difícilmente, dada la poca aptitud mostrada por la cohorte de alcaldes que se han dedicado a verlas venir durante décadas, nadie le va a meter mano.
La casa, parece que haya devenido en casa de suburbio, casa ocupada y pintarrajeada, como de protesta, pintura que ocultara alguna miseria y todas las patologías que se hacen presentes en toda situación de abandono. Como si fuera lo único que sobrara, El Almacén ha desaparecido. Eso sí, es posible que haya captado una nueva clientela, simpatizante con la nueva imagen, por muy temporal que sea, pero otros, ni se acercarán, porque el espacio urbano se les hace irreconocible, poco amable, descorazonador y extraordinariamente excluyente.
Por mucho que sea arte efímero la dicha intervención, parece inadecuada en las condiciones en que se hace. Otra cosa habría sido la de tratar las medianeras ciegas de los inmuebles colindantes, o proyectar imágenes sobre las fachadas de la ciudad, o reservar un trozo de una pared para estas manifestaciones urbanas. Como siempre, ellos sabrán, o será que, definitivamente, ya está acordado el que un proyecto de nueva planta y la inevitable piqueta mande a la pequeña memoria local lo que hace tiempo que es historia. Por comparación con otras latitudes, parece que estuviéramos en el paso anterior a un derribo.
Incluso, tampoco habría defendido la pintura aunque se hubiera realizado en todas las paredes del nuevo Cabildo. Preferiría tirarlo enterito.
Valores estéticos aparte, nos han trasladado a un no sé qué marginal y perturbador de la América de hace décadas. Decididamente, así no es mi espacio público, ni por un rato. Yo, lo que quiero de Nuevayol, es Central Park.