
Antonio Lorenzo
[Jueves, 29 de marzo de 2007]
En mis comentarios procuro poner siempre una nota de humor. Que, aunque sean críticos, dejen lo que se suele llamar un buen sabor de boca. Hoy no puede ser. Ayer hemos despedido para siempre, o mejor dicho con hasta luego ya que como dijo el poeta nuestras vidas, que son nuestros placeres, son relámpagos, a un buen amigo: Maximino Ferrer. No puedo decir que un amigo íntimo ya que, si bien en nuestra juventud, a pesar de cierta diferencia de edad, colaboramos en cuantos actos y organizaciones estimábamos beneficiosas para la cultura de nuestro pueblo, posteriormente las derivas de la vida hicieron que esa intimidad se atenuara, pero no la amistad ni el mutuo aprecio. No nos sorprendió su marcha ya que la esperábamos desde hace tiempo, pero si el dolor de la ausencia de quien estimamos en mucho, causa. Maximino, como se decía del hombre renacentista en su época, era el hombre que, como aquel Leonardo da Vinci, servía para todo. La poesía, la música, el teatro, el dibujo, la enseñanza, no tenían secretos para él. Su defecto, la timidez que impidió que esa personalidad múltiple no fuera conocida fuera del entorno familiar y de amigos. Afortunadamente su descendencia continúa la labor de Maximino, a su vez continuador de las cualidades culturales que la saga de los Ferrer de San Bartolomé ha acreditado generación tras generación. Quiero ser cómplice de aquellas notas del silencio de trompeta que despidió a su cuerpo a pie de tumba y que ese silencio para meditar sea mi mayor homenaje a un hombre que, no por poco conocido, ha sido menos importante en el campo cultural de nuestra isla.
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