Un domingo en San Bartolomé

 

Antonio Lorenzo

[Miércoles, 21 de marzo de 2007]

 

 

 

 

 

Las ceremonias religiosas con cánticos en latín que las televisiones nos han ofrecido estos días, me han recordado un domingo en el San Bartolomé desde el que Reyes nos habla en su "Rinconcito" y que ella no conoció ya que, por su juventud, en aquellos momentos no se encontraba ni siquiera en aquel París del que, ingenuamente, nos decían que venían los niños. Recuerdo que todo empezaba por el baño en el lebrillo con un poco de agua salida del regador que, haciendo una nueva función, se convertía en ducha manual. Unos repiques musicales de manos del experto Rafael "El Sacristán", verdadero virtuoso del campanario, repetidos hasta tres veces, y finalizados con el de la campana pequeña a un ritmo muy rápido, que nos indicaba que la ceremonia religiosa estaba a punto de empezar, y que la sabia cultura popular denominaba el "ven, ven". Las señoras debidamente tocadas con sus matillas negras y las muchachas con el velo, que, rampa empedrada de "callaos" en adelante, ocupaban sus sillas con el nombre escrito en el respaldo, mientras los maridos y los hijos mayores esperaban fumando el último cigarro apoyados en la baranda de la plaza, y se comentaba la falta de lluvia o los calores que amenazaban con quemar a la uva. El monaguillo salía a la puerta y los sonidos de la campanilla indicaban la necesidad de entrar ya que Don Víctor estaba a punto de salir por la puerta de la sacristía. El párroco, de origen riojana, con apellido de general suramericano, San Martín, y figura vasca, hacía su entrada solemne escoltado por Rafael El Sacristán y unos monaguillos enfundados en su blanco roquete, mientras el otro Rafael, El Sochantre, entonaba en el coro unos casi ininteligibles latines que darían paso a los cánticos perfectamente ensayados por Don José María y toda la familia Gil. Mientras las mujeres repasaban el devocionario o desgranaban las cuentas del rosario, los hombres, en los bancos verdes del final, zapatos con olor a betún y el terno azul de los días de fiesta, medio dormitaban cansados de sus labores de seis días seguidos., Don Víctor ascendía por la escalinata del precioso púlpito salido nada menos que del taller del mejor imaginero que ha existido en Canarias, Luján Pérez, y que la ignorancia de un cura casi iconoclasta, en nombre de un falso modernismo botó a la basura. Don Víctor con su extraordinaria cultura, no en vano fue amigo y comunicador de Unamuno, casi nos hacía ver a Jesús rodeado de multitudes hablando de bienaventuranzas o subiendo, con sus discípulos al monte Tabor. El repique solemne en el momento de la comunión, el "Ite misa est", y finalmente el desfile de los muchachos a jugar, de las señoras a la cocina a preparar el puchero propio del día de fiesta, y los hombres a la sociedad El Porvenir o a las cantinas de Manuel de León o de Rafael Cordobés a repartir la baraja para el subastado. Los domingos por la tarde eran de lo más aburrido, salvado solo por el juego de la almendra para las chicas, las partidas de bolas junto a la casa de Marcial el Zapatero o al lado de la tienda de Pura para los mayores y las visitas entre las mujeres.

 

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