Puños de sal

 

Mare Cabrera

[Martes, 20 de marzo de 2007]

 

 

 

 

 

 

 

Cuando le hice esta foto se me quedó mirando y sonriéndome me pidió mil pesetas por el retrato, por lo visto es lo que le decía a los guiris que lo fotografiaban por la carretera cuando cruzaba con 70 cabras, un perro y acompañado del bastón. También en las faldas del volcán de Guanapay, donde los animalitos aprovechaban las pocas hierbas que nos está dejando la falta de lluvia en aquella ladera custodiada por el castillo que le saludaría con un "Hola Tomás, otra vez por aquí".

Que era bromista y guasón ya lo sabíamos todos, que tenía mal carácter en los hospitales también, más de una vez llamó "pilinguis" a las enfermeras cuando tuvo que ser ingresado. "Ni una copa más, Tomás, o no lo cuenta" y así fue como dejó el vino de garrafón que le escondía yo de chinija sobre las ocho de la tarde, que era cuando llegaba de la Vegueta de Teseguite de guardar a las cabras. Aquello sabía a vinagre, pero como a tantos hombres en aquellos tiempos les resguardaba la garganta.

Así fue como se pasó al "aguachirri" apodo patentado para el "seven up" que lo acompañó hasta el fin de sus días.

Si se sentía orgulloso de algo era de sus correrías y bromitas juveniles. Nos contaba a media sonrisa que cuando los jornaleros descansaban de las labores del campo en Conil, donde su padre le había dejado una pequeña ermita de la Magdalena, en la que dejaron de celebrarse misas cuando el cura nuevo se negó a oficiar en iglesias privadas, y una casa, ahora derruida, al lado de un gran árbol, él aprovechaba las siestas de medio día para echar en las bocas abiertas de los bellos durmientes puños de sal gorda y amargarles del todo el sueño reparador. También cogía la sotana del cura viejo y se cubría con ella, se escondía en el confesionario de la ermita y asustaba a las vecinas religiosas que se acercaban para rezarle a la virgen bajo un aullido que ellas creían provenía del mismísimo Satanás.

Cuando vivía en la casa del Cabrerón de Valterra, su madre Doña Magdalena Cabrera, viuda cuando él contaba con 14 años, le encargó a una maestra ya mayor que disciplinara al pequeño de tres hermanos, moreno de ojos verdes y espigado, pero el joven Tomás alegó que él no se dejaba educar por mujeres. Así que la maestra fue sustituida por un varón que tampoco consiguió arreglar al rebelde sin causa de mi abuelo. Él prefería el campo y las cabras, prefería volver a su Guatiza natal y dejar el puerto para otros.

Fruto de un matrimonio poco convencional, fue el único hijo de la pareja formada por Don Francisco Cabrera y Doña Magdalena Cabrera que nació dentro del matrimonio cristiano. Doña Magdalena, natural de Tiagua, era hija de unos trabajadores del campo que cuidaban las tierras del padre de Don Francisco. Cuando la madre de éste descubrió el interés de su hijo por la criada, la devolvió a Tiagua para alejarla del joven, que ella prefería casar con alguien que tuviera más posibles, pero ya era tarde. Los jóvenes se unieron en pecado y ella quedó embarazada de un niño que moriría poco después y del que hemos sabido la familia hace menos de un año. Se llamaba Justo, como también le pondrían al tercer hijo que tuvieron después de Don Francisco Cabrera.

Dicen que a Magdalena los coches le mareaban, y cuando un cura amigo por fin les convenció que después de dos hijos nacidos ya era hora de formalizar por la iglesia ella se echó para atrás de camino al templo y con todo el cotarro montado no sabemos exactamente por qué razón. Ella las tendría, pero no las dijo.

Aunque para aquella época la situación de mis bisabuelos era muy irregular, quizá la amistad con el cura del pueblo aplacó ánimos y siempre fue una señora muy respetada. Ella, por lo visto, tenía un carácter suficientemente severo como para permitir otro trato, ya la llamaron loca cuando se encaró con militares que destrozaron las cristaleras del Hospital Viejo para poner unas ventanas de madera mucho menos lustrosas.

Don Paco murió cuando Tomás Cabrera tenía 14 años y su madre se encargó de la que era hasta entonces su casa, alquilando las habitaciones. La casa fue hospital, sanatorio para enfermos psíquicos, retaguardia para los militares.a Tomás la guerra le pilló joven y se libró, no así los hermanos mayores que escribían a su madre rogándoles que le diera estudios a Tomasito, ya ven lo mal que le salió a la mujer, aquel chico pisó el colegio siempre por casualidad.

Quizá por ser el más joven, o quizá por su personalidad, fue el único de los hermanos a los que nadie, aún hoy, se refieren con el Don delante. Estaba Don Francisco, Don Justo, y estaba Tomás, a secas. El que se pasó del vino de garrafón al "aguachirri" en cuestión de una semana.

Los recuerdos que tengo con él son siempre agradables, nos subíamos a la burra, a la que bautizó con el nombre de mi abuela, Margarita, y me enseñó el famoso "arre" y "so" para que la pobre apurara las cuestas con mis pretensiones. Me enseñó los primeros baifos que vi en mi vida, acercándomelos a la cara para que los tocara y les perdiera el miedo. No es que me acuerde, porque yo tendría un año de vida, pero tengo las fotos de aquel primer encuentro con la fauna que da de comer a mi familia. También me dio a elegir uno de los perritos que tuvo la camada de la perra "Doctora", que así se llamaba el animal del que aún pasados 20 años todos nos acordamos por su carácter y lealtad. Fue el único perro al que le puso un nombre fácil, de ahí le siguieron "Morrogollo" y "Tú", "Aquél"...

Perdió la vista de un ojo por completo cuando atizó a la camella que tenía y el látigo le dio en parte tan delicada. Como no le dio la gana de ir a Canaria -como se refería a Gran Canaria- y visitar a su poco apreciado personal sanitario, prefirió vivir con la vista de uno. Según él, para lo que había que ver era suficiente.

En Teseguite fue donde casó y donde vio nacer a sus tres hijos, en la casa vieja donde ahora mi abuela hace queso y él llevaba las cabras a media mañana para que bebieran. La vieja le servía una taza llena de hierba -a veces manzanilla, a veces hierba huerto-, y tiraba con la misma hasta las siete u ocho, siempre a tiempo para ver el parte de la primera cadena mientras fumaba de su cachimba. Parecía que vivía del aire, malo para comer, pocos eran los potajes de su gusto. Apenas algunos pescados y bizcochón, eso sí.

Siempre caminó recto como una vela, espalda erguida, cabeza medio gacha y sombrero lleno de tierra. Quizá lo haya visto por las carreteras de Teseguite o al lado del volcán pero para la desgracia de esta Isla, que pierde su pasado y a quienes lo vivieron, el día 11 de marzo se acostó en la cama y susurró a mi abuela que tenía frío. Al instante se apagó, despidiéndose en medio de la noche y en plenas fiestas del patrón de Teseguite, San Leandro.

Este año no se han escuchado voladores en los caminos de tierra que tantas veces acompañaron su paso. También será extraño no escuchar el andar de las cabras y sus voces, hablándoles con un lenguaje que sólo ellas entendían. El último perro que lo acompañó ahora camina sin demasiado rumbo por el pueblo, como perdido, buscando a Tomás Cabrera Cabrera.

Yo me he quedado con sus sombreros, de la talla 55, el de diario, lleno de tierra, y el de las visitas al médico. Y con una de la últimas frases que me dijo cuando le enseñé mi mano y antebrazo dotado de un hueso prominente que nunca me agradó, al comprobar con sorpresa que el dichoso hueso que me he empeñado en ocultar era igual que el suyo, me dijo: "Es que somos hermanos" Y he dejado de esconderlo porque si viene de él, el capricho de la genética me ha hecho el mejor regalo.

 

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