Viento

 

Antonio Lorenzo

[Martes, 13 de marzo de 2007]

 

 

 

 

 

 

 

La Revolución Francesa cambió hasta la denominación tradicional de los meses y pasa a llamarlos, de acuerdo con la meteorología reinante en cada uno de ellos, Lluvioso, Ventoso o Caluroso. En Lanzarote tendríamos que denominarlos, a imitación de los revolucionarios galos, no el mes, sino el trimestre de Abril a Junio, también Ventoso o quizá más originalmente, "Brisoso", ya que las brisas empiezan a dominar manifestándose al principio con cielos nublados, fríos al atardecer y ese "relente" que se cuela desde que salimos a la calle y finalmente con los remolinos, esos mini tornados que aparecen en el horizonte y que, cuando pasan, dejan las casas llenas de tierra para desesperación de las amas de casa. César, en su corta etapa indigenista, allá por los años cincuenta, plasmó perfectamente esa característica de nuestra Isla en el extraordinario mural del Parador de Turismo que nos presenta a una mujer defendiéndose del viento, agarrada a un árbol con las ramas casi horizontales y una niña que se agarra desesperadamente al traje de su madre. Antonio de Burgos, el insigne humorista andaluz, cuenta que Tarifa, esa punta gaditana que separa el Mediterráneo del Atlántico, en la que reinan continuamente los vientos tiene un eslogan que grabado en un monumento, dice textualmente: "Tarifa, un paraíso entre dos mares". Un gracioso, harto de soportarlo, completó el eslogan añadiendo: "La mare que parió al viento del Naciente y la mare que parió al viento del Poniente". Estos días, contemplando las ceremonias con motivo del fallecimiento del Papa, hemos visto en determinado momento, que en la Roma de la santidad y la serenidad, también el viento hace de las suyas. Mitras de obispos volando por los aires y sotanas de curas y ropajes rojos de cardenales en posición casi vertical nos demostraron que no solo en Lanzarote se desarrolla ese fenómeno meteorológico en algunos momentos tan molesto; y digo en algunos momentos ya que, en otros nos libra del agobiante calor propio de la estación que ha propiciado que alguien haya denominado a nuestra brisa el "ventilador del Atlántico".

 

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