Añoranzas

 

Antonio Lorenzo

[Miércoles, 7 de marzo de 2007]

 

 

 

 

 

 


 
Cuando en el borde de una acera nos encontramos dos postes de madera con una enredina de cables en lo alto, sabemos que una parte de la historia de nuestro pueblo está condenada a muerte. Sin piedad, la picareta o la poderosa pica ignorantes de esa historia, derribarán no solo unos viejos muros sino también el recuerdo de los personajes que vivieron a su alrededor. Para construir mi casa desapareció parcialmente el viejo almacén de La Destila en el que Maestro Tiburcio construyó una gran parte de la flota pesquera de Arrecife. La Barraca, aquel tinglado que servía de refugio a los carpinteros de ribera que fabricaron otra parte importante de esa flota, dio paso al chalet de los Jordán y la posterior transformación hizo desaparecer el recuerdo del bonachón Agustín de la Hoz Padre y del no menos simpático Guayare. Alabamos la actitud de sus actuales dueños denominándolo "Edificio Guayare". La librería de Doña Nélida fue demolida para que en su solar se construyera el Cine Atlántida. El viejo Instituto de Las Cuatro Esquinas se convirtió en una prolongación cenagosa del Charco de San Ginés. La ermita inacabada se construyó sobre el viejo cementerio de la calle de El Campo, de El Campo Santo como era su verdadero nombre, y que a su vez se convirtió en el nuevo Instituto. El precioso caserón de los Prats, en el que al fondo de la tienda veíamos a Don José, pasó a ser un edificio moderno. La mala maniobra de un ingeniero que entendería mucho de su profesión pero poco del mar, cerró la bahía de Puerto Naos e hizo desaparecer por inútiles los faros de enfilación, que sirvieron de guía a los barcos que regresaban de La Costa, junto con El Pasadizo y La Playa de los Pobres. De la Molina del Fuego, allá al final de la calle José Antonio, la que llamábamos Carretera de Tías y que anteriormente se denominó de La Amargura, no queda ya casi recuerdo. Casi nadie recuerda que el edificio de Correos se fabricó en el patio donde se celebraban las luchadas, Don Rafael Fiestas dio los primeros raquetazos que se escucharon en nuestra Isla y Marito y Pedro Eduardo guardaban cabras y gallinas. Ayer he visto dos de esos fatídicos postes en la calle Canalejas. Otra parte de esa historia y recuerdo de personajes pasaran a eso, a ser historia. La Casa del popular Eutimio, que en su momento fue la churrería de Manolo Famara y el almacén que cariñosamente llamábamos de Pepito Aguja, se convertirán en un moderno edificio de varias plantas. Con ese edificio se enterrará el recuerdo de que, en el almacén un mecánico, el señor Zaragoza, que yo no conocí, reparaba aparatos y construía "cocinas de hierro", aquellas cocinas alimentadas con "carbón de piedra" que fueron un hito de modernización de nuestro pueblo y supuso la superación de los "teniques" para quemar varas y carozos. En ese almacén Pepe Díaz y Francisco Armas construyeron un camión sin motor, movido por tracción humana y de allí salió, rumbo a las escalinatas, felizmente recuperadas, del Muelle Chico, "El Veneno", jolatero artillado de Francisco rival del otro, también dotado de tirapiedras de Andrés El Dulcero. Pero, como dice la frase latina: "Sic transit gloria mundi".

 

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