
Ylenia Calzado
[Lunes, 19 de junio de 2006]
[Se cumple hoy un sueño largamente acariciado por mí: Compartir con otras personas, mediante un artículo de opinión, la lectura que hago de los libros, sus autores y otros documentos. Aquí, desde ahora y cada dos semanas, “Mis libros y otros apuntes” ]
«En la medida en que el sufrimiento de los niños está permitido, no existe amor verdadero en este mundo» [Isadora Duncan]
«Esto que yo entiendo, esta especie de perseguir triste, la mañana tan quieta que vuelve a ser la tarde espesa, parto, con mi pasión yo parto, hacia aquella niña. » Ronda de noche [Ana Becciu]
A lo largo de las páginas de este libro, el lector puede darse cuenta que lo que rodea al personaje principal, no son más que consecuencias derivadas del infortunio y de las miserias humanas. No aparecen buenos ni malos, sólo las angustiosas vivencias de Cecilia, que sufre los avatares de su propio destino. Y, que para vivir como una persona, aprende a la fuerza que a veces hay que ser otro.
Sola bajo las estrellas narra desde el comienzo la dureza de una vida. Está escrito en primera persona e intercala el pasado con el presente, y nos revela, una historia íntima, personal y no exenta de humanidad.
Los planes de una menor, llevada por la ignorancia o por un sublime amor al pasado, quizá no queriendo entender el futuro, son llevados a cabo. Mientras, los demás personajes, se muestran ajenos a lo sentido por la niña. Y envuelven la vida de ésta en un halo de conformismo que provoca rabia, y que presagia sufrimiento ante la enfermedad incurable de su abuela. Personaje, que nos retrae al pasado y a las antiguas costumbres de las mujeres, y que fue capaz de sustituir la ausencia de los padres de Cecilia, por un pequeño mundo de cristal en el que alejarla de la vorágine de dolor que daba sombra a sus vidas.
Cuando la abuela muere, Cecilia se desliza por el tobogán de su niñez hacia un foso de problemas adultos, que hablan de ella y que saben amargo.
La nueva situación le plantea un dilema y múltiples opciones: su propia familia, el centro de menores, su vecina Nora, y un sinfín de caminos que a cualquier adulto se nos pudiera ocurrir. Y, ante las diferentes veredas por las que pasear, Cecilia decide bailar en la peor plaza y cuidar lo que nunca tuvo, el amor de lo más cercano: su propia madre.
Cecilia, que se nos aparece en ese justo momento –a la muerte de su abuela- como una persona adulta, no se reconocerá así hasta más tarde, cuando el instinto de la supervivencia aparece dando un portazo y un drástico giro al relato. Y, antes de conocer a su madre, ya es mayor. Hecho que confirma su decisión y el reconocimiento del presente, que quiebra la hipócrita frontera de la vida cotidiana y cruza al barrio de la aplastante realidad. Pero, no importa, es su elección, sin tapujos ni ataduras.
Creo importante mencionar la diferencia que la autora imprime al comportamiento de la protagonista en la obra, distinguiendo entre la niña -las circunstancias de su niñez y la evolución de esta a lo largo de los años- y la adulta que consigue labrar su crecimiento y desarrollo como persona. La dureza del relato no radica en la soledad a la que la empuja la muerte de su abuela, tampoco en el alcoholismo de su madre o en la cárcel de su padre, ni siquiera en las andanzas por Las Rapaduras. Cecilia no deja nunca de ser una niña, y esto es lo duro de la novela. Sus problemas dimanan de lo humano, de las dificultades que surgen a la hora de aceptar lo irremediable en una situación inesperada, de la torpeza de nuestros actos. Son los comportamientos infantiles y la ineficacia moral de los adultos que la rodean, lo que la obliga a actuar como si fuera otra y la roban de niñez y adolescencia.
Me resultó nauseabundo el relato de cómo la necesidad y distintas circunstancias pueden llevar a una persona a ejercer la prostitución, a alquilar su cuerpo sin otra elección posible, sobre todo al recordar que se trata de un hecho real. Y realmente cruel, porque quien se prostituye es una niña. Igual de repugnante, miserable y cobarde es la participación, en el relato, de adultos bien descritos que, sin querer conocer la historia, si la perciben, se la imaginan, la huelen.
El lector de Sola bajo las estrellas, profundizando en la tragedia de la historia, podrá descubrir que quiénes, como Cecilia, apuestan por la vida, viven. Por el contrario, malviven los que se hunden en el ocaso de sus vidas regodeándose en la miseria, igual que hizo la madre.
Es un fracaso de todos, del conjunto de la sociedad, que un niño sufra.
Elimaida Vargas, desde su juventud, ha sabido relatar una historia real con un toque de precipitación, la justa para entender que lo humano emana de lo impreciso de nuestros actos. En un mundo creado, alternando el dolor, supo dar vida a distintos personajes, sensibles, emotivos, sin ningún reproche y donde la fortaleza de Cecilia puso cotos a su irremediable destino.