
Para cuando la hoja de ruta del Cabildo se defina y descienda a la tierra de las concreciones, cada uno de los pensionistas de Órzola que padece problemas de salud habrá malgastado 144 euros en taxis. Tiagua verá marcharse a una generación entera de jóvenes porque no pueden levantar una casa cerca de la huerta de sus padres y en Arrecife seguirá habiendo somieres incrustados en el contenedor verde orgánico y televisores tuertas abandonadas en la calle. Así lo sienten quienes viven al día y no son ideólogos. “Pero si tardan cuatro meses en poner un muro, ¿de qué van a cambiar la isla? Mucho cuento es lo que tienen...”.
Puerto Naos sufre y lo hace con menos silencio que nunca. El muelle lleva décadas padeciendo calamidades: le quitaron sus sardinales, abandonaron sus conserveras y desguazaron sus barcos. Sus, dice la gente, porque el puerto tiene personalidad propia. El día de los Dolores, quizás para honrar a la Virgen, amaneció cansado y mohíno.
Ocurrió hace tres semanas, un mediodía de domingo que amaneció con un sol descarado y contestón. A la altura de la Plazuela una joven, vestida como las italianas que van de passeggiata por las tardes, avanza a pasos cortos. Va enhebrada del brazo a su compañero y mira las fachadas de las casas con los ojos muy abiertos. Su cara es un poema. La Iliada con sus 15.000 versos. “Perdone, ¿algún sitio para comer por aquí...?”.
Si el Risco hablara, quitaría más de un hipo. Rompería pactos políticos y propiciaría noviazgos ignorados hasta entonces, sabría de cometas, de trenzar pulseras de cuero, aconsejaría sobre cómo superar un tumor en el pecho, señalaría a los avutardicidas que levantan nubes de tierra cabalgando sobre sus triciclos motorizados o vocearía la millonaria cifra que ha pagado un forastero por construir un chozo minimalista de tres alturas.