Manuel Riveiro
[Sábado, 7 de febrero de 2009] [07.00]
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'Primero cayó la construcción, después caerá el comercio tras las rebajas y cuando pase Semana Santa empezará a caer el turismo'. Como si de una profecía apocalíptica se tratase, el presidente canario, Paulino Rivero, dibujó el peor de los escenarios posibles a los que se pueden enfrentar las Islas en el primer semestre de 2009. Lo hizo este viernes en Lanzarote, donde la palabra ‘crisis' se aprecia con claridad hasta en los pequeños detalles: la tienda de la esquina que cierra, la finquita que vuelve a ser plantada... y el pesimismo que se ha contagiado como un virus letal.
Rivero reconoció abiertamente que Canarias –y Lanzarote en particular- ha dependido en los últimos años del “ladrillo” y del turismo -un matrimonio hasta ahora bien avenido- mientras se ha consentido que el agro insular se fuese convirtiendo poco a poco en un erial, que los ganaderos se aburriesen y que los pescadores fuesen declarados especie en extinción.
En apenas una década, los 846 kilómetros cuadrados de Lanzarote han pasado de estar ocupados por unas 85.000 personas a ser el lugar de residencia de casi 140.000 humanos. En este tiempo, sin embargo, la afluencia de visitantes a la Isla no ha aumentado significativamente. Algo que no es una mala noticia, si de lo que se trata es de creernos de verdad que ésta es una reserva de la biosfera que no debe caer (más) en la masificación turística.
En cuanto al crecimiento poblacional, no cabe duda de que encuentra parte de su justificación en el ‘efecto llamada' provocado por las hormigoneras: primero, al comienzo de la década, con la acelerada carrera por construir hoteles –sobre la que ya se ha pronunciado la Justicia-, y luego con una burbuja inmobiliaria inflada hasta el límite de lo racional. No es descabellado pensar que aunque el terremoto de la crisis internacional no hubiera existido, Lanzarote habría notado algún temblor por la incapacidad de seguir creciendo sobre la base de este modelo.
La situación actual se observa de manera diáfana en la Encuesta de Población Activa (EPA): a finales de 2008, Lanzarote estaba dando trabajo a 58.920 personas, 4.820 menos que en el año 2007 y 1.590 menos que en 2006. Los datos son preocupantes y la sensación de agobio generalizada. Pero es curioso que a pesar de lo nefasto que resultó 2008, en la Isla había 3.790 puestos de trabajo más que en un año boyante como 2006 o 4.340 más que en 2005, en plena cresta de la ola.
La clave de que haya 16.000 parados en Lanzarote según la EPA –cerca de 14.000 según el Inem-, unos 9.000 más que a finales de 2007, es que a pesar de que la tormenta de la crisis económica se adivinaba en el horizonte desde hace año y medio, la población activa –las personas que estando en condiciones de trabajar quieren hacerlo y buscan trabajo- no ha dejado de crecer: 66.490 en 2006, 70.530 en 2007 y 75.040 en 2008.
Dijo este viernes Paulino Rivero que lleva años hablando de la necesidad de “ponderar el crecimiento de la población” y advirtiendo de que “vendrían períodos de enfriamiento económico o de crisis” que producirían una “fractura social por la llegada masiva de gente”. Una llegada que sin duda habría sido bastante menos masiva en Lanzarote si se hubiesen respetado cosas tan básicas como las leyes que ordenan el territorio y sólo se hubiesen autorizado por los ayuntamientos proyectos turísticos ajustados al marco normativo. ¿Qué tal para la próxima?
manuelriveiro@diariodelanzarote.com
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