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Los 288 camellos de Timanfaya

 

M.J. Tabar

[Jueves, 5 de enero de 2012]

 

 

 

Timanfaya, el tercer parque nacional español más visitado.

Pedro Mariano Viñoly, 'Mariano' a secas para los amigos, empezó en el oficio de camellero a los 12 años. Su padre lo sacó de la escuela para que echara una mano con el negocio familiar, y desde entonces no ha conocido otro trabajo. “Lo más duro es estar en planta a las cinco de la mañana”. Los camellos están perfectamente adaptados al clima árido y desértico. Detrás de su apariencia indolente, y de su seductora y bobalicona caída de ojos (obra y gracia de una doble hilera de pestañas), se esconde una obra de arte de la naturaleza.

Amanece el día, y el sol convierte los volcanes del Sur en cortezas de animal. Desde el coche, parecen los pliegues de un elefante viejo. En la carretera que conduce al Parque Nacional de Timanfaya, las guaguas turísticas aminoran la velocidad. A ojo de halcón parecerían orugas de colores internándose en un paisaje de extensión infinita. Pero es mentira: la superficie de este paraíso de tierra renacida y roja tiene límites, y abarca 51 km2.

“Lo fundamental es tener paciencia y mucha psicología con el animal”, cuenta Mariano. En la caravana contigua, un camello grama (vocifera) y un turista pregunta con timidez a ver si eso es normal. Lo es. Está comenzando la época del celo, y los machos lo miran todo de reojo. Cuando Mariano empezó a trabajar, en el echadero de Timanfaya había algo más de un centenar de camellos y los itinerarios los marcaban los propios camelleros, al igual que las tarifas. Hoy, es el Ayuntamiento de Yaiza quien regula la concesión de licencias –que funcionan como las de los taxistas– y la Red de Parques Nacionales controla que el ganado no exceda las posibilidades del parque. Hoy existen 288 camellos. No caben más.

Entre los bichos de Mariano está Madriles (en homenaje a Jesús, un compañero muy madridista que ya falleció), Pirata (un ejemplar especialmente desconfiado, y de mirada un tanto aviesa), Jirafa, Pachín, El Rubio (el pelaje lo delata), Anita, Chechena... Detrás de cada nombre, hay una historia. A veces confesable, otras no.

La nariz del camello tiene un sistema de aire acondicionado incorporado, que mantiene refrigerado el cerebro (vasos capilares que absorben la humedad del aire que espiran); la grasa se concentra en la joroba y así el resto del cuerpo puede disipar mejor la temperatura; tienen orejillas peludas para evitar que se les llenen de arena; sudan muy poco y si lo hacen, conservan las gotas en la piel para refrescarse.

Abdul nació en Safí (Marruecos) pero lleva más de 12 años en Lanzarote y está curtido en trabajos ásperos. Antes que camellero, fue marino en un barco gallego de arrastre. Dice que el trabajo en la mar es incomparablemente más duro que este. Es el encargado de despertar a los animales, y llevarlos desde Uga hasta las Montañas de Fuego, en un recorrido parsimonioso que dura, sólo el trayecto de ida, alrededor de una hora y media.

Francisco Jaen; la primera vez que vio un camello fue en su primer día de trabajo en el echadero.

A su lado, descansa José Cedrés, que tiene 60 años y es extremadamente cariñoso con los niños que se quieren montar. “Estos animales son como los hombres: si les das cariño, haces lo que quieras con ellos. Si no, te matan”. Ha domado unos cuantos camellos, y uno, el Indio, “que tenía un ojo blanco y otro negro”, casi le deja ciego y sin nariz. “Se asustó con una bolsa de plástico y me dio una patada en la cabeza”. Dice que era pintado, africano, con mucha mala leche. “Como un toro salvaje”. Le dejamos revisando el estado de sus camellos Gregorio, Morales e Hidro (como el de la ducha).

El trabajo le viene de familia, y sabe muy bien qué alimento hay que prepararle al animal para que la dieta sea completa. “Comen paja y aulagas, y todo lo que le echen. Les viene muy bien el tronco de la tunera bien picadito y la hoja verde de la higuera, porque tiene muchas vitaminas”.

Francisco Jaén nació en Cádiz pero se estableció en Lanzarote, “por amor”, hace ya 38 años. Siempre ha trabajado en hostelería. Fue camarero en el Hotel Las Salinas y despachó lo que se terciara en Puerto Naos. Hasta que su suegro le dio el trabajo de camellero. “Tenía 22 años y era la primera vez que veía un camello en mi vida”. En herencia, le dejaron, a él y a su mujer 22 camellos. Parte de la cabaña la tiene ahora arrendada a otros.

Con él (y con todos) no se utilizó mucha pedagogía. Le dijeron: “Ponte la ropa, tira p´arriba y aprende”. Y a base de empujones y patadas del animal, aprendió. A ensillar al animal, a limpiarlo, a llenar los sacos que sirven para equilibrar las sillas, a todo.

El camello fue introducido en Lanzarote en el siglo XV. Lo trajo el normando Juan de Bethencourt, o don Diego de Herrera, no sé sabe con certeza. La última remesa de camellos africanos fue traída del Magreb a mediados de los años 80. Hasta que España prohibió la importación por razones de sanidad, tras declararse una epidemia de fiebre aftosa en el Magreb.

José Cedrés y uno de sus camellos.

Los camellos de Marcial Viñoly están a punto de viajar hacia Las Palmas para participar en el séquito de Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, que necesitan animales lanzaroteños para su visita. Un camello “entero” -sin castrar- puede aguantar hasta 300 kilos de peso, calculan. Suficiente para el manto del monarca y todos los juguetes...

En Timanfaya conviven trabajadores de todas las nacionales y edades; muchos son jóvenes y de la tierra, los más de Uga, otros son colombianos, franceses o magrebíes. Este echadero es el único de toda la isla. Las cuadras donde duermen los animales están en El Valle, en Uga. Antiguamente vivían, pared con pared, con sus propietarios.

Francisco Martín, 'Quico', coordina hoy la organización del echadero y nos explica los aparejos que lleva el animal: el basto, una especie de cojín sobre el que se funda la silla inglesa, que ahora está hecha en finas lámina de hierro, y es mucho más liviana que la antigua de madera, que tenía incluso una gavetilla para que guardar el almuerzo y el vino. Dos correas sujetan al bicho: el pretal delantero y la taharra trasera. El sálamo (bozal) es obligatorio.

Hace ya muchos años que no se ve un campo trabajado por un camello. Antaño, llegó a haber hasta 2.000 ejemplares, que eran bien rentabilizados en las labores del campo o usados para transportar barricas de agua y cajas de vendimia. En los años 60 aún se veía alguno. Los agricultores no querían oír hablar del tractor porque aplastaba el enarenado y era más difícil plantar el cebollino luego. La edad media del animal son los 30 años. Con 20 ya están viejos, y si siguen llevando visitantes sobre sus lomos, el camellero tiene la deferencia de encargarle el porte de los niños y flacos.

A los turistas les pasa de todo. “Yo recuerdo a una señora que se meo. Y a una mujer que me trincó el brazo durante todo el camino; estaba histérica, decía que si le soltaba, se tiraba del camello”.

La conversación se interrumpe momentáneamente: “'Ey, ey, ey, ey...!”. Es una advertencia realizada en lenguaje universal a un turista que se quita el cinto, sin que el animal se hubiera detenido. Algunas sillas llevan la soga tradicional para asegurar al turista, otros un cinto parecido al de los coches.

A los camellos los hemos usado incluso como escudo de guerra. Fue en 1762, para combatir un ataque de corsarios ingleses. Como la estrategia había dado resultado en una batalla que libraron en Tuineje los majoreros 20 años antes, los lanzaroteños del siglo XVIII decidieron hacer lo propio: 500 milicianos se parapetaron detrás de una recua de camellos, pero los bichos en vez de correr hacia delante, huyeron despavoridos hacia atrás, arrollando a los de su propio equipo. Lo cuenta perfectamente Úrsula Schulz, en su libro El camello en Lanzarote.

A Guillermo Bravo se le tiene por el primero que discurrió un turismo sostenible e implicado con el sector primario. Hace 63 años, cuando plantar hoteles empezó a ser más rentable que cultivar cebolla, se le ocurrió reconvertir la misión del camello: de arar el campo a portear turistas en Timanfaya... Hasta hoy.

Abdul con su caravana.

 

 

 

 

 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

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