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Espacios privados: surrealismo en el Parque Islas Canarias

 

M.J. Tabar

[Martes, 5 de julio de 2011]

 

 

Donde había unos pantalanes.

Para una flor tan coqueta como la strelitza es un agravio que los peatones no se paren a mirar su belleza de pelícano vegetal. Pero es comprensible, porque está plantada en un parque del que se ha apoderado la melancolía y la avería. El hombre de camisa azul que se sienta invariablemente sobre el murete, dando la espalda a Fuerteventura, lo achaca a los ciudadanos, porque “tienen menos remedio que los políticos”. El parque Islas Canarias viene a ser la metáfora chica de los espacios públicos de Lanzarote y del Arrecife 'way of life': todo lo que podrían ser y no son.

Viernes por la tarde en una ciudad con un frente marítimo tan extraordinario como desaliñado. El “wonderful” de una turista inglesa no dura mucho en el aire. Se corta abruptamente por culpa de un tablón dislocado que ofrece dos clavos aviesos y oxidados a la vista. La señora tropieza, se magulla, y lanza un grito. El accidente ocurre en el Parque Islas Canarias, un espacio público de 19.331 m2 cuya ejecución y puesta en funcionamiento ha terminando por ser una cadena de desaguisados.

Diez años y más de 2 millones de euros después de su construcción, es un sitio abandonado. Los medios de comunicación han denunciado en varias ocasiones el peligro que supone la ausencia de tramos de barandilla frente al mar y otras faltas de semejante categoría. Muchos turistas lo lamentan, sin renunciar a los espléndidos atardeceres o a las regatillas que transcurren en frente y que atrapan con una cámara Nikon.

Domingo por la mañana. Una vecina pasea con Coco, su 'Yorkshire' recuperado de la calle, y se sube momentáneamente a una parcelita de césped. Calza dos cholas inofensivas. El animal gotea algo de orín, pero no deja excremento alguno a la intemperie. Un vehículo de la Policía Local que circula por la Avenida Mancomunidad se detiene a la altura de la escena descrita para advertir a la chica que no se puede pisar la hierba. Ella desciende del lugar del delito. Desconocemos qué opinarían de este episodio los arquitectos Javier Mena y Ramón Chesa, autores del proyecto de este parque en 2003.

Sobre el papel, idearon un lugar para ser utilizado y disfrutado. Nos atreveremos a decir que pisado. Un parque no está hecho para contemplarse. Es un conjunto dotado de significado, no de jardineras sin terminar de dotar. Le falta la arboleda proyectada, la sombra, la fuente, la cafetería. Pocos podrían haber adivinado el grado de deterioro que alcanzaría el parque. El abandono tiene una explicación: el Ayuntamiento de Arrecife no se pone de acuerdo sobre la realidad de los hechos con la promotora inmobiliaria. ¿A cuánto asciende el coste extra del proyecto de ejecución y quién tiene que pagarlo? ¿Cuánto costaría el arreglo de los desperfectos actuales? No hay cifras. Balones fuera sí.

Donde había tablones de madera de teca.

Otro 'usuario' del parque, ex guía turístico, describe lo que él considera el 'modus operandi' de la gestión que se viene dando en Arrecife. Primero, se paraliza el uso de un espacio (o de un edificio) por un problema administrativo o por cualquier razón objetiva; pasa el tiempo irremisiblemente hasta que se deteriora; y finalmente, cuando la situación ya se ha convertido en insostenible (insalubridad, ruina, malestar ciudadano) la Administración local vuelve a poner el caso en su lista de prioridades pero asegura que no puede hacer nada: porque o no tiene potestad o no tiene dinero. “Dicen que es la crisis”. No se depuran posibles responsabilidades, no se prioriza, no se buscan soluciones. El guía no da su nombre y se marcha refunfuñando, pero satisfecho con su discurso.

Martes por la tarde. Un estudiante inspecciona el terreno y se sienta debajo de una higuerilla con un ordenador portátil para conectarse a Internet a través de la conexión del Arrecife Gran Hotel. Aunque algún proyecto electoral lo prometió hace un par de legislaturas años, wi-fi no hay. Resulta conmovedor ver cómo un ciudadano quiere hacer uso del espacio público en un sitio como la capital lanzaroteña, que lo tiene todo para ser un ejemplo de vida pública y que no hace nada por serlo. Recogerse a la sombra de un árbol, tocar la guitarra, practicar las caricias, disfrutar de la brisa, jugar al ajedrez o a la consola, o darse un chapuzón. Todas son actividades legítimas y lógicas para una ciudad como Arrecife, de tamaño chico, con un clima subtropical y una marina hecha para ser vivida.

Pero las limitaciones del espacio público las hacen incomodas o impracticables: las patas de los bancos están estropeadas, hay latas de refresco, condones usados, botellas de cristal rotas; tablones arrancados, losetas caducas, rejillas de ventilación del parque subterráneo destrozadas, luces a punto de caerse al suelo, la hierba está plagada de excrementos -algunos de tamaños zoológicos-, las losetas de los muros están sueltas o desprendidas y caminar sobre ellas es jugar a ser Indiana Jones. La zona de baño no tiene ya pantanales. Los deteriorados se quitaron y, siguiendo a rajatabla la ley no escrita de esta capital, nunca se repusieron. Si alguna vez se pregunta al equipo de gobierno por esta coyuntura, éste culpabiliza al anterior, o al de cuatro años atrás. Los problemas se heredan, pero la Administración local no está dispuesta a enfrentarse al sistema al que pertenece y, dejando pasar el tiempo, comete los mismos errores.

Es miércoles y la desidia se contagia. Un vecino ve el parque echado a perder, y comienza una conversación sobre la clase política insular con otro amigo, mientras no duda en contribuir a ensuciarlo un poco más. Total. A las uvas de mar plantadas junto a la marea, les han robado el anillo de metal que rodea su existencia. Total. Deberían ser los políticos quienes arreglasen el problema. La gazania amarilla contempla atónita todo lo que ocurre a su alrededor, igual que la jacarandosa buganvilla o el árbol de la leche, o el esplendoroso cardo cristo, o la venturosa, flor que parece recién salida de una caseta de la Feria de Abril. El árbol pulpo da sombra a un baño público averiado y da la espalda a un escenario que se ha utilizado en contadas ocasiones.

Donde había una barandilla.

La gente sigue siendo extraordinaria y utiliza el parque igual que la vida. Con sus contradicciones, sus bienes y sus males. Hay habituales a los que les gusta charlar con cualquiera mientras beben quitapenas de brick. Hay madres, padres, hijos, mujeres que se reúnen para rezar cara a la Meca , adolescentes con cascos y tabaco aliñado, niños que todo lo ven bien, perros que hacen carreras, gente que lee, gente que mira, gente que sueña sin barandilla, niñas que hacen cabriolas para darse un baño, gente que juega al bádminton, bicis que hacen trompos, olor a gambas fritas, a marea llena, ruido de gente alegre, silencio de miradas tristes, aves intermareales que vuelan dejando una estela de gorjeos...

En 1945 talaron el único árbol que había en Arrecife, en el Muelle Chico. Fue una cuestión polémica para la prensa de entonces. Cinco años después, comenzó a construirse el primer espacio verde de Arrecife: el parque Ramírez Cerdá. Tenía parterres de plantas locales, fuentes, un bar-balneario, una pista de patinaje y un pequeño estanque. Nada se conserva actualmente.

En 2001 se decidió terminar con el Parque Islas Canarias diseñado por César Manrique en el lugar donde antaño hubo una carpintería de ribera, y darle nuevos aires. Se talaron las 37 palmeras Phoenix canariensis, los alcornoques y pinos de las aceras de la avenida marítima, el cambio supuso un cambio radical y el vallado de la zona durante cerca de 10 años, pero a cambio no se construyó un parque equipado, sino un parque privado de atención. A la vista de los hechos, importante sólo por ser el techo de un parking.

 

Agradecimientos: Al biólogo Gerardo García Casanova por su siempre didáctico y paciente asesoramiento botánico. A Zaska, por mirar el parque desde otro punto de vista.

Donde había una luminaria.

¿Donde había una loseta o una cara abstracta?

 

 

 

 

 

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