Concha de Ganzo
[Lunes, 3 de septiembre de 2012]
Dos mujeres hablan en la escalera. Yo escucho. “Oye, que tenías a koko abajo, esperando a que alguien abriera la puerta, el pobre, me ha dado una pena”. Y dice la otra. “es que hoy me tiene negra. Sabes que fuimos hasta el centro de salud, y la verdad yo venía cansada, cargando con una bolsa. Y él que nada, quedándose atrás. Le dije venga, vamos, tú te moviste, él tampoco. Como sigue haciendo mucho calor le lleve una botella de agua para que bebiera. Y ni caso. Él a lo suyo. Además, te puedes creer que en todo el camino no hizo nada”.
Contesta la primera vecina: “bueno mujer, ya sabes, a veces se ponen así, caprichosos, pero dejarlo fuera, tenía una carita”. A la mujer enfadada con este tal koko (de qué me suena el nombre) le entran así como remordimientos, y le pregunta si lo había encontrado llorando y después siguió con ese tono que emplean las madres cuando se acaban de enfadar con su hijo pequeño: “es que no puede hacer su santa voluntad, mira que venía cansada y que no paraba de decirle que se diera prisa, pero él nada, a lo suyo, y encima sin hacer sus necesidades. Es que no sabes, luego entra en casa y ahí que me hace el pis, el señorito...”.
Al principio pensé que hablaban de un niño, un niño que se había puesto a reinar en la calle y la madre como castigo lo dejó fuera para que pensara mejor lo que había hecho. Ahora en los colegios en lugar de pegarte con la regla, (eso hacían cuando yo estudiaba) dicen que te mandan a un rincón a reflexionar.
El nombre del supuesto niño me resultó raro, koko, pero bueno conozco a muchos niños que llaman de manera más extraña (si pienso en nombres que oí en la Cañada Real de Madrid no termino).
Lo realmente extraño fue que quisiera que su hijo hiciera las Necesidades en la calle. Y entonces se me encendió la luz. Ya decía que me sonaba el nombre y la señora: he vuelto a encontrarme con koko, ese perro tan simpático que su dueña-madre trata como a un chinijo. Me acabo de mudar de edificio, en el mismo barrio, y mira voy a compartir escalera, entrada y conversaciones, de las que se cuelan por el patio de la cocina, con el mismísimo koko y su dueña-madre-vecina. Qué risa.
Lo siento, siento que los amantes a ultranza de los perros no entiendan que a mí me hace gracia, mucha gracia, la forma en la que esta mujer trata al perro. Y la verdad, desde el otro lado de la pared, o de la puerta, estaban hablando en mi rellano, me dio pena del pobre koko, que se quedó en la calle 'llorando' porque su madre se enfadó tanto que entró en casa y lo dejó a la intemperie hasta que esta buena vecina lo dejó entrar.
Durante el tiempo que duró esta conversación me eché unas buenas risas, y me olvidé de la prima de riesgo y de los inmigrantes que a partir del 1 de septiembre no recibirán atención médica. Todos los días ocurren tantas malas noticias que al final tendré que agradecer que exista una señora que vive en mi edificio y que trata a su perro como mi prima trata a su hijo Leo. Y además el tal koko, como un chinijo más, decidió ponerse a reinar en mitad de la calle. Que mono.
P.D. Espero que los Amantes de los animales no se tomen a mal este Malsepasa. Las malas decisiones que se suceden a diario, casi cada hora, resultan tan difíciles de digerir, como lo que va a ocurrir con los Inmigrantes en muchas comunidades autónomas, QUEDARSE SIN ATENIÓN MÉDICA, que la verdad necesitaba este respiro. Eso sí, sigo sin entender cómo se puede tratar a un perro como a un niño. No entra en mi cabeza.
redaccion@diariodelanzarote.com
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