Concha de Ganzo
[Viernes, 16 de marzo de 2012]
Una ambulancia se para todos los miércoles frente a mi casa. Lo hace sobre las 8, tal vez las 9 de la mañana. Lo sé porque es la hora de cumplir con uno de mis ritos cotidianos. Después de arreglar los cojines del sofá y estirar milimétricamente el edredón de la cama, abro las ventanas de corredera que hay en la terraza-balcón. No sé si lo hago para que entre el aire o para que me dé una pulmonía. Pero lo hago. (En Madrid, a esas horas, siempre hace frío). Después, quizás durante unos minutos, me quedó mirando los árboles, ahora lánguidos y barbilampiños, que crecen alrededor del edificio. Me gusta. Imagino que es mi pequeño gran jardín. Y persigo a los gorriones, siempre saltando de un sitio a otro en busca de migas de pan, o de lo que les echen. En las grandes ciudades, animales y personas terminamos por acostumbrarnos a casi todo.
Y un día de esos, hace ya unas semanas, me detuve un buen rato en la ambulancia. En realidad es más una pequeña guagua-ambulancia. Se encarga de ir en busca de pacientes que necesitan acudir al hospital para hacerse la diálisis. Lo hacen cada semana, y algunos cada dos días. El paciente que van a recoger a mi calle es un hombre mayor. Grande, tal vez hace tiempo fue fuerte. Ahora no. Lleva el pelo peinado hacia atrás, con algo de gomina. Desde lejos resulta impoluto (mi madre y mi abuela siempre decían que al médico hay que ir con ropa nueva, y si no, que esté muy limpia, que nunca se sabe). El hombre lleva una chaqueta gris y un pañuelo anudado en el cuello. Está pálido, con la cara afilada y esa mirada ausente, de aquellos que tienen que acostumbrarse a estos males. No queda otra, pensará el señor.
Al levantar la vista, llamó mi atención la presencia silenciosa de una mujer. Estaba de pie, a unos metros de la ambulancia. Tenía puesto un abrigo marrón, y en el cuello también llevaba un pañuelo. No sé si por el frío de la mañana, la costumbre o porque las personas mayores saben más que el resto, una de las manos la mantenía sobre la boca, para evitar catarros inesperados. Con la otra sujetaba con fuerza el abrigo como para darse calor o simplemente para sentirse más arropada. Pero no fue su aspecto, ni ese acto inconsciente de taparse la boca, de arroparse un poco más, en realidad lo que despertó mi curiosidad fue su mirada: no le quitaba ojo a la ambulancia, al hombre que acababan de subir, a la trabajadora social que ayudaba al paciente. La ambulancia se fue y la mujer del abrigo marrón y la mano en la boca se quedó allí un rato más.
Pensé en los familiares que van al aeropuerto a buscar o despedir a los suyos. Unos ríen otros lloran. Pero lo de esta mujer es otra cosa. Va más allá: ella cuida todos los días de su marido, le cuenta cosas divertidas, chismes del barrio, para que se ría. Y él seguramente hace que se ríe, a veces casi logra que sea de verdad. Le gusta que ella lo peine como él quiere, con el pelo hacia atrás, y después de afeitarlo le pone colonia. Él no le dice que a veces se pasa, no puede. Le gusta tanto mirarla. Le gusta tanto que siempre esté ahí. Y cuando tiene que irse al hospital, ella baja a la calle, lo acompaña y espera unos minutos hasta que ya no lo ve. Lo hace todas las mañanas, todas las que hagan falta. Con frío, con calor, con las piernas cansadas, con la pena de la incertidumbre, y de la certeza. Es su rito, y tal vez una de las maneras más tiernas que he visto de amar.
P.D. La realidad resulta tan áspera que de vez en cuando creo que viene bien este toque inesperado de ternura. A mí esta estampa me alegró el día. A pesar de todo.
redaccion@diariodelanzarote.com
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