Saúl García
[Jueves, 18 de agosto de 2011]
Bettina Bork (Kerfeld, Alemania) no tiene demasiados problemas con sus vecinos. Desde el balcón de su casa le contemplan las tumbas del cementerio de Haría. Entre ellas, la de uno de sus maestros, César Manrique. Dice Bettina que no te puedes olvidar de tus profesores, “eso da vergüenza”, porque te ayudan y hacen mucho esfuerzo como para que dejes que se pierdan sus enseñanzas. Pero Bettina no escogió esa casa para ver la tumba de Manrique por las mañanas sino porque era barata: nadie quería vivir en una casa vieja en Haría, y en esa menos que en ninguna.
Antes de Manrique, Bettina ya tuvo otros maestros. El primero es hoy Director de Patrimonio en su ciudad natal, donde el célebre arquitecto Mies van der Rohe dejó algunas de sus obras. Allí Bettina estudio Arquitectura y Arte y trabajó para el Ayuntamiento, pero como aprende rápido y se aburre pronto, se fue a ampliar los estudios a Aquisgrán, a una universidad que ponía el acento en la práctica, y aprendió otras cosas colmo albañilería o carpintería, y montó una oficina de delineación.
Después se enamoró de un grancanario, el “bonito Manolo”, que tenía una familia pudiente, y a ellos les diseñó una piscina redonda, parecida a las que hacía Manrique, aunque aún no conocía su obra. Entonces aquel maestro, que sí la conocía, le dijo a Bettina: “esa es tu forma”, así que ella se empeñó en conocer a Manrique. Consiguió el contacto a través de Manolo y le mandó una carta tras otra, hasta que logró una semana de prueba con el pintor, que pretendía crear en El Almacén un centro para estudiantes, aunque al final la única alumna fue Bettina.
Con Manrique aprendió mucho, pero sobre todo algo que, dice, deberían aprender todos los arquitectos: a librarse de las normas del diseño y trasladarse al terreno donde se va a proyectar la casa. “Ahí te das cuenta de lo pequeño que eres frente a la tierra”, dice Bettina, y adquieres el respeto necesario hacia el territorio. El siguiente paso es el de dibujar la construcción con un palo, como hacen los niños en la arena de la playa, y después lo mides, haces el levantamiento y entonces ya lo pasas al ordenador. “Es el mejor diseño, te viene”, asegura.
Dice Bettina que los alemanes admiran a Manrique y que se enamoraron de la Isla porque “había relax y todo fluía”, y que aunque ahora las cosas ya no sean así, queda el cariño, y al alemán ya no se le quita el amor por Lanzarote. “Yo he visto gente llorando porque fueron al Sur después de quince años —asegura—, gente que deja dinero en la Isla y hace buena publicidad”.
Algunos de estos alemanes llaman a la nueva carretera de Tahíche el muro de Berlín y Bettina dice que intenta no pasar por esa carretera con tantas farolas. A ella tampoco se le fue el amor y, después de mucho tiempo viniendo varios meses al año, se instaló definitivamente en Haría y se echó un novio de Tinajo “que lleva sombrero negro”.
Años después, en la calle San Juan de Haría, Bettina compró otra casa y la fue reformando. En 2004 la abrió al público con el nombre de Arte de Obra. Allí trabaja, da alojamiento y organiza encuentros. Es algo más que una casa rural. Por allí pasan desde estudiantes hasta jubilados de toda Europa que no quieren ir a hoteles y que encuentran caras las casas rurales. En Arte de Obra disponen de una habitación y comparten cocina y un sinfín de zonas comunes. También comparten inquietudes y conocimientos. Por ejemplo, una Escuela de Arte de Berlín organiza talleres con sus alumnos de toda Europa.
Bettina ofrece información sobre la Isla y organiza de vez en cuando excursiones con sus huéspedes al Cabildo, a los ayuntamientos, a la Fundación César Manrique o a ver a un artista local. “Se hacen cenas juntos, se crean ideas y eso crece”, dice, y piensa que esos intercambios “hacen bien para la Isla porque esa gente trae más gente”
De esos intercambios ha salido un proyecto de asociación que se llama LAPAS y que la forman, entre otros, un profesor de sostenibilidad de Hamburgo y otro de Bellas Artes. Pretenden realizar proyectos para la Isla, “contando con el pueblo, porque nosotros no somos nadie para decir lo que hay que hacer”, dice Bettina, a la que ya han convencido en el pueblo para reclamar una cuadrilla de camellos para ayudar al agricultor norteño, como existía antaño.
“Nunca estuve aquí por el agua ni por el sol”, dice, sino por el cariño de la gente. El año pasado, a Bettina le nombraron académica de la Academia de Ciencias e Ingenierías de Lanzarote , y quiere proponer que el año 2012 se nombre 'Año de la sabiduría de Manrique' para recordar, unos, y aprender otros, sus enseñanzas.
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