13, 46, BOTÓN ROJO

 

Un cínico petulante

 

Juan Pérez Parrilla

Ilustración de Agustín Cabrera
[Lunes, 9 de junio de 2008]

 

 

 

 

 

<<En la zona iluminada y en aquella mancha blanquecina que se ve, hay un pequeño sistema y en él un minúsculo planeta, llamado Tao, donde pasé dos eternidades y un día. Quiero volver a ti ¡Oh Tao! Quiero sentir en mi ser el calor de tus sietes soles, ser luz en tu media luna o diluirme en el oro líquido de tus ríos>>.

Estoy viejo, enfermo y me siento morir, Señor. De tu infinita misericordia espero ser juzgado con benevolencia. Si das por realizados mis buenos propósitos y me exoneras del pago de alguna que otra liviandad, propias de la humana naturaleza, acaso el balance de mi vida no sea del todo negativo. Sinceramente, creo que esta vez lo he hecho más o menos bien: De facto no he matado, y solo he querido a una mujer que me ha dado seis hijos normales y un raro espécimen, imposible de catalogar. He trabajado en la tierra y en el mar, con negros, ingleses y americanos. Últimamente, con el ánimo sereno, aplacados los ímpetus de juventud, he vendido miles de braguitas, docenas de sujetadores y kilómetros y kilómetros de cinta elástica.

Sé que debo estarte agradecido pues me rescataste de entre las bestias –Cóndor en los Andes, cocodrilo en el Nilo y macho cabrío en Maxorata- y me elevaste a la humana condición –Escriba en el antiguo Egipto, remero en el Volga y guerrero batutsi en el Calahari- y no obstante, siento un cierto resquemor hacia ti pues pienso que mi espíritu ya estaba lo suficientemente experimentado para más altas instancias.

No es que me queje de lo anodino de mi vida, comprendo la relatividad de las cosas y las imprevisibles consecuencias del libre albedrío, pero, es difícil admitir que alguien como mi coetáneo y señor, Ramsés II, que ha pasado a la historia, conquistas y monumentos aparte, como una excelsa máquina de fornicar, deba su gloria a dos o tres de sus eunucos que no eran tales; en realidad de pirraba por un efebo nubio o etíope. [1]

Cómo entender Señor, que con coeficientes intelectuales semejantes, el vendedor de pipas de la esquina seguirá vendiendo pipas de por vida y el señor etiqueta, pegadito siempre a la botella, llegó a la cima, aupado por tus gracias.

Por ello Señor, si a bien lo tienes, te ruego que en mi próxima reencarnación me hagas brillar un poco entre mis congéneres. Olvida mis hazañas en el reino animal (cincuenta mil horas de vuelo, perdiendo plumas y sin bufanda, entre nieves eternas y agrestes picachos. Siete cocodrilas seducidas, tres esclavos libios devorados y se me escapó Moisés por un pelo. Nada a la hija más chica del señor Pancho y veintisiete mil doscientos setenta y dos cabritillos engendrados en Maxorata hasta que un mocho berrendo, inexperto y mal barbado, me mandó a la reserva pasiva) y recuerda solamente la elegancia, finura y profesionalidad con la que con una simple mirada soy capaz de saber la talla que corresponde a una tetita y sin necesidad de tocar, adivinar su contextura y aconsejar así, el sujetador con o sin aro, según convenga.

En fin, Señor, me gustaría ser protagonista en algo, ser un actor guapo o cantante, estilo Julito, aunque esté más vacío que la nada. Ser adulado y envidiado por los más y denostado por los más y los menos, político, por ejemplo.

Y no castigues mi soberbia, Señor. No me hagas profundo y trascendente, no quiero con mis cosas ganar la inmortalidad. Sólo pretendo vivir y aunque vaya contra tu propia esencia, Tú y yo sabemos que lo grande no es vivir eternamente, lo cojonudo es morir y volver a nacer.

<<Hasta aquí lo escrito en el postrer día de mi última vida terrena. Ahora en el espacio y frente a Tao, espero mi nuevo destino. Si libre, Tao. Si atado a un cuerpo, la Tierra. Ese es mi deseo y mi ruego. Y no me seas vaina, Señor.>>

 

Notas:

[1] No hay que hacer mucho caso al escriba. Enamorado en secreto de Nefertari, esposa favorita del longevo faraón, sus celos y exacerbada envidia le hacen mentir como un bellaco.

 

 

 

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