13, 46, BOTÓN ROJO

 

Caramoche

 

Juan Pérez Parrilla
Ilustración de Agustín Cabrera
[Viernes, 23 de mayo de 2008]

 

 

En el Noventa y Ocho cayó Cuba y en Tahiche ni una gota. Juan Santiago, que por aquel entonces andaba enverijado con María Carmela, lo sintió en el alma; un año antes había muerto su padre, en aquellas desamorables tierras [1] a manos de un insurrecto. Por otra parte, desde hacía años La Habana y sus riquezas había sido su sueño imposible.

En cuanto a la sequía, Juan Santiago se lo pensó bien pero que muy bien, el seguir o no con sus medianías. Finalmente, ante las poco halagüeñas perspectivas de otro año de hambruna y de un posible embarazo de María, chaqueteó. Y le costó dar el paso, vaya que si le costó; ayustaba una chispa con otra, bebiendo con tanta ansiedad, que hasta los perros lo mearon tirado en cualquier camino. Como buen conejero, amaba a su tierrita pobre y también, todo hay que decirlo, con veinticinco años y una vida miserable, un coñito regalado pesa mucho en el haber.

Analfabeto, asenegado [2] y no muy alto, más bien abarrenado, pero fuerte como un toro, (se preciaba de subir los veintiún escalones de la troja de don Andrés con dos costales de trigo a su espalda) pasados los días de vergonzantes borracheras, marchó del puerto de Arrecife al de la Luz y en el año uno, lo encontramos trabajando en una lonja de pescado en el puerto de Cádiz.

No sabemos cómo, pero es el caso que en el año tres, ya está trabajando como hombre de respeto en un prostíbulo de la Boca , en Buenos Aires. Y como no hay mayor capacidad de adaptación que la del emigrante isleño, pronto se acostumbró al mate, al ron de caña, a la gomina y de puro guapo cambió hasta el caminar. Tomó fama de gran trompeador y durante unos años vivió bien. Bien, como vivían los chulos en aquella época, entre putas, pleitos y purgaciones de caballo.

Pero el diablo lo había de hacer, y cierta noche desgraciada salieron a relucir los cuchillos y se descubrió su talón de Aquiles: De jovencito, cortando palote, se le fue la mano y se clavó la hoz hasta el tuétano. Desde entonces tenía en el alma la erizante sensación del frío acero pinchando hueso; si veía un cuchillo en una mano, con mala intención, empalidecía, se desgranzonaba como una vieja y se quedaba en nada.

Perdido el respeto de la parroquia y más corrido que un cornudo, plegó sus bártulos, tiró para el Sur y no paró hasta llegar a Río Negro donde se pasó un tiempo trabajando como peón en una compañía frutera.

Durante los años de la Gran Guerra, la demanda de carne y cuero para Europa le hicieron retornar al Norte en busca de mejor salario y llegó hasta Mendoza. Allí estuvo tres largos años desollando y descuartizando reses en un matadero clandestino. Terminada la guerra se perdió en la Pampa y en el año veinte lo vemos asociado con un viejo gaucho, a la antigua usanza, aindiado y silencioso.

La Pampa lo subyugó. Aprendió a cabalgar, a usar las boleadoras y el sonoro rebenque de cuero trenzado. Su viejo compañero le enseñó a manejar el facón con soltura (guardaban exprofeso dos toletes de dimensiones exactas a sus facones, con sendos trozos de vellón de cordero en uno de sus extremos. Cuando mataban una res o cualquier otro bicho para comer, recogían su sangre, luego mojaban y a pintarse de rojo. La técnica era primitiva pero efectiva. Los “tocados” quedaba nítidamente marcados en los brazos y torsos desnudos de los practicantes) y hasta llegó a estrenarse con él. Así se arrancó la espina, que desde los días de la Boca , llevaba clavada en su orgullo y pudo vivir, feliz, unos años de salvaje nomadeo, en aquellas interminables llanuras.

Cierta mañana de verano, en que estaban acampados a la exigua sombra de un solitario ombú y su hermosa tropilla pastaba, trabada de patas, por los alrededores, vieron llegar a dos cholos desarrapados, montados ambos, en un pingo derrengado. La historia no da para mucho: Con un <<A la paz de Dios, paisanos>>, saludaron aún montados, luego descabalgaron y se dieron unos paseitos para desentumecer las piernas. Rehusaron una bombilla de mate y dieron las gracias por el potro que les ofreció el viejo; pero que no, que ya estaban cansados de aquella vida miserable y que a lo mejor con una buena tropilla podrían arreglar sus vidas.

Luego se separaron entre sí y esperaron a pie firme con el facón en la mano. El lance no duró un minuto. Juan Santiago de dos tajos cruzados degolló a su oponente, mientras, el viejo y el otro cholo se daban unos golpes de tanteo; de repente, como puestos de mutuo acuerdo y con la rapidez del rayo, se pasaron los cuchillos de la derecha a la izquierda y se emplearon a fondo. El cholo se arrugó y cayó hacia delante con una cuchillada en el corazón y el viejo gaucho, reculó perdiendo pie, con el facón empotrado en el espinazo, tal fue la violencia de la embestida del cholo. Habían muerto dos cristianos y otro agonizaba y la Pampa ni se inmutó. <<Se portó usted con fundamento>>. Dijo el viejo gaucho, tendido boca arriba con el facón hundido hasta la empuñadura, justito en medio de la faja que sujeta el chiripá. <<Arregló bien al tunantito>>, volvió a decir con un cierto temblor en la voz. <<Dispense usted al viejo gaucho>>, continuó <<Las prisas me trabucaron. De poco nos valió la cama, dambos eramos zurdos y dambos nos enclavamos>>. Hizo una pausa, pensativo, y: <<Hágame usted la merced de traerse a la yegua madre, búsquele al tiento el temblique del corazón y clave jondo>>. Juan Santiago, sin decir palabra, cumplió los deseos de su viejo compañero, Mató a la yegua, arrastró a su amigo y lo dejó respaldado contra el lomo aun palpitante de la yegua; le cubrió las piernas con una vieja manta y quitó de su vista los cadáveres de aquellos pobres disgraciados, que dijo el gaucho. <<Vuélvase, compañero>>, dijo el gaucho cogiendo con ambas manos la empuñadura del facón que le quemaba las entrañas. <<Quiero terminarle el trabajo a este buen fierro>>. De un brusco tirón se arrancó el facón, cogió resuello, y luego de dos delicados tajos y sin un solo pestañeo, se cortó las venas de las muñecas, primero su buena, la izquierda y después cambiándose el facón de mano, la derecha. Finalmente, haciendo gala de una exquisita delicadeza hacia su amigo, tiró de la manta y cubrió con ella el facón y brazos ensangrentados. No duró mucho el hombre. A lo sumo unos veinte minutos y aún así, habló más en aquellos minutos que en toda su vida. Aparentemente le tomó afición al verbo en sus últimos momentos: Habló de una indita que había querido y que le mataron las fiebres. De unos hijos que no sabía por donde andaban. De caballos, de duelos y gastó sus últimos alientos en aconsejar a Juan Santiago: <<Tajetee siempre de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, asigún le cuadre, pero siempre de adrento a fuera, asín si no encuentra carne, no perderá pien. Si es cholo y ménimo, faquee al frente y si es luengo, a lo alto. Y mire que no lo aprovechen; no se enciegue aunque le corten, piénseselo bien antes de entrar a fondo, y si lo hace, salte pa atrás como un cabro una vez que tire. No pelee nunca bajo techo, siempre afuera y con yerba corta. Si es de noche y hay luna, con la espalda a ella, asín verá el brillo del facón ajeno…>> Y murió el gaucho dulcemente, con la mirada clavada en aquellas llanuras de libertad a las que tanto había amado.

Después de la muerte de su viejo maestro, Juan Santiago, deambuló unos años más por aquellas soledades, luego, falto de calor humano, quizá, se le vio por varios pueblos y estancias de la provincia de Buenos Aires, ganándose a pulso el sobrenombre de Caramoche. Al parecer, un francés ilustrado, de todo hubo en las pampas, al verle manejar el facón con tanta habilidad, le rebautizó con el nombre de Scaramouche; a Dios gracias, la fonética gaucha arregló el nombrecito que terminó siendo, Caramoche. Murió con más de ochenta años, en la cama y casado como Dios manda; rodeado y bien llorado por su esposa, hijos y nietos. No sé si antes de morir hablaría de su tierra canaria. Me place pensar que sí. Sea como fuere, es verdad que en un villorrio llamado Venado Tuerto, está el Bar Tahiche. En él, y en un espacio reservado sobre los anaqueles para las bebidas, están colgados muy juntitos tres hermosos facones de diferente factura, siempre limpios y relucientes. Largos tragos me he tomado contemplándolos. A veces, puede que por efectos del suave vino argentino o de la luz que tilila en sus hojas, los he visto moverse, cansados, tal vez, de tan larga inactividad. Y el que toque el timple que le ponga música: La Pampa ya no es la Pampa , que es un campo de amapolas, que quiso y pudo el tahichero, cambiar su verde por rojo; tan rojo como tus labios y rojo como la sangre, del Señor Cristo en la Cruz.

 

Notas:

[1] De pequeño le oí decir a un emigrante retornado que Las Américas eran tierras desamorables. Se metían tan dentro, que olvidaba uno a su terruño y a los seres queridos que en él quedaban.

[2] Palabra bastante común entre los viejos marineros para designar a un isleño de piel morena y pelo ensortijado.

 

 

 

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