
Con Félix, a sus amigos de siempre y al Club Victoria.
El Toreo, el Alpinismo, el Paracaidismo, etc. son actividades un tanto singulares que necesitan el concurso del músculo joven y de una elevada dosis de valor personal o de imprudencia temeraria, si así se quiere. Practicadas por unos pocos, seguidas por unos muchos y denostadas por otros tantos, hay que ser de otra galaxia o un teórico de la vida, para quedar indiferente ante ellas.
No todo el mundo es joven ni todo el mundo tiene madera de héroe y no obstante, por muy pusilánime, reflexivo y cultivado que se sea, cualquier manifestación de extremo valor, podrá no ser entendida y hasta criticada, pero siempre en el fondo, será admirada o por lo menos respetada por la mayoría. Quedará fuera algún que otro ególatra recalcitrante, no tan evolucionado como él se piensa, incapaz de admitir que un acto de valor, donde se pone en peligro la propia vida, no es siempre una idiotez sino pura y simplemente el dominio de una mente fuerte sobre los primitivos dictados del instinto de conservación.
El derroche de valor que hicieron el difunto Gutiérrez Mellado, el señor Suárez, el señor Carrillo y algún otro diputado que no salió en la película de aquel histórico Veintitrés de Febrero, no hizo que todo el país los aclamara como héroes, ni mucho menos, pero es casi seguro que a partir de ese momento fueron mayormente respetados, siendo criticados, no obstante, por muchas de sus señorías que vieron en aquel desplante una imprudencia impropia de unos dirigentes políticos. Críticas razonables si se piensa que la falta de mansedumbre de esos pocos pudo haber ocasionado una escabechina en el Congreso, y que acaso tengan el mismo origen que esa inteligente estrategia de guerra que prohíbe a los líderes de los países contendientes, arriesgarse en primera línea por aquello de que una bala irrespetuosa les pudiera hacer pupa y con ella, un posible desgobierno o una paz no deseada.
Estrategia que ha provocado la mayoría de las guerras y que ha hecho pensar a más de un cínico encumbrado que no solamente es buena, sino que además cumple los dictados de la propia evolución, se salvan los fuertes y mueren los débiles.
De todos modos, y que no sirva de ejemplo, esa vez la cosa salió bien; seguimos en democracia y nunca sabremos si lo que terminó siendo un esperpento con tricornios, pudo haberse convertido en algo serio si su Majestad el Rey, en lugar de echarle valor a la cosa, hubiese tirado para Roma y todos los políticos de primera línea se hubiesen portado como cabritos.
Así pues, por las muy diversas opiniones que se tienen de él, el valor es un concepto difícil de tratar con rigor y de sentar cátedra con lo que de él se diga. Somos proclives a calificarlo según lo entendemos, haciendo caso omiso de las opiniones ajenas, y es más, según convenga a nuestra propia idiosincrasia, por lo menos en lo referente al valor de andar por casa: Valiente debe ser el obrero que durante toda una vida se levanta de madrugada para ganarse un sueldo miserable; valiente debe ser también el otro, que en iguales circunstancias, un día dice no, y sigue durmiendo. Valiente debe ser el ama de casa que durante años aguanta la monotonía de las labores domésticas sin que su trabajo sea minimamente valorado; y un acto de valor, también será, el que en un momento dado, esa misma ama de casa, se diga, hasta aquí llegué, manda todo al demonio y se va con Luci, la buscona de la esquina, a ganarse la vida con menos esfuerzo y más agradecimiento. Valiente debe ser el desahuciado, que sabiéndolo, lucha por vivir; valor debe tener también el que en semejante tesitura, fríamente, analiza su situación y sin más, se pega un tiro.
Oscuro, contradictorio y a veces cobarde, es el valor: Usted que es hombre de valía, brillante, inteligente y fortachón, capaz de mantener en vilo a una muy preparada y nutrida concurrencia, disertando sobre un tema complicado sin inmutarse tan siquiera, debe ser bastante valiente. Y si a la hora de ir a recoger su coche en el aparcamieto, entrega su cartera y las llaves del coche a un matado de cincuenta kilos que le amenaa con una navaja, no debe usted preocuparse, ha sido inteligente al no luchar, pues tiene usted tres coches, más dinero y muchos compromisos importantes que cumplir; se espera mucho de usted y no merece la pena arriesgarse por cuatro duros, poniendo en peligro su preciosa vida y futuros logros, no ya personales sino en pro de la comunidad. Hizo usted bien cediendo, y si luego ve alguna sonrisita irónica, no haga usted caso, es gente envidiosa que le quiere mal. Sólo Dios y usted sabrán si su pasividad fue debida a su exacerbado instinto de conservación, a su reflexiva prudencia o que de verdad se acobardó al ver el brillo de la navaja. Si el lance no le afecta lo más mínimo, perfecto, pero si durante años se pregunta por lo que hubiera ocurrido en caso de haberse defendido, ojo, en cualquier momento podrá usted cometer una heroica tontería. Si así fuere, curiosamente, a pesar de su exquisita preparación y preclara inteligencia, se asemeja usted bastante a un joven guerrero batutsi; hasta que no prueba su valor no duerme tranquilo.
No profundicemos más sobre lo que todo el mundo sabe y pasemos sin más dilaciones al meollo del asunto. El tema como no podía ser menos, es el valor. Más, no trataremos aquí de las grandes gestas colectivas ni del supremo valor demostrado por los grandes hombres, para eso está la historia, hablaremos del valor con minúscula que como es natural, corresponde a la gente normal y corriente. Y por aquello de: <<Lo bueno, si breve, dos veces bueno y lo malo, si breve no tan malo>>; lo haremos en ligeras misceláneas fáciles de leer y digerir.
Antes, cuando el miedo parecía respeto, a la gente de poca monta que publicaba algún trabajo de imaginación, la editorial le y se curaba en salud, poniendo en primera página aquello de: <<Todos los personajes y situaciones de este trabajo son fruto exclusivo de la imaginación del autor, cualquier semejanza con…>>. Aunque somos de antes y de poca monta, de eso nada; el que se sienta aludido para bien, mejor para él, y el que para mal, que se haga el sueco y aquí no ha pasado nada. Esto lo hacemos sin ánimo de fastidiar, lo hacemos solamente en honor a la verdad. Por otra parte, nuestra modestia provinciana, nos impide llamar John a un Juan o ubicar en París un suceso acaecido en Muñique. Somos de casa y como E.T. el alienígena, la llevamos en el corazón.
* Prólogo es el principio de una obra mayor, “13, 46, Botón Rojo”, del lanzaroteño Juan Pérez Parrilla.
redaccion@diariodelanzarote.com
[Condiciones de uso | | ]