PRIMER PLANO | 'Hay historias que no se escriben'

Las historias perdidas

A punto de terminarse Soo, cuando ya se adivina el paseo de jable que conduce hasta La Caleta, existe un callejón al que dicen ‘el de las Brujas'. Tiene incluso la bendición municipal: unas letras azules estampadas en el blanco de la pared. El propietario de una finca cercana dice que en el pueblo no existió maga ninguna. Arpías, alguna que otra. Pero maga, ninguna. Que eso son paparruchas. Cosas de la juventud, que se inventa historias para matar ese tiempo de Norte que cae demasiado lento.

M.J. Tabar
[Lunes, 21 de abril de 2007] [07.10]

Otro vecino, que es muy dado a leer todo lo que llega a sus manos, niega con la cabeza. “Decían que por la noche se aparecía una mujer desnuda y que se ponía a bailar por allá, cerca de un aljibe que había”. Insta a no reírse y lleva su reflexión unas millas más lejos, en el atardecer de una tarde que resulta un caldo de cultivo perfecto para la divagación: “Hay historias m´hija que no se escriben en ningún lado. Y no de brujas, sino de gentes, de cosas que pasan; y que eso... que a nadie le da por escribirlas”.

Se refiere el caballero a los cuentos que se quedan flotando en el aire cuando se termina el día. Son hechos que ni siquiera tienen consistencia suficiente para aparecer en una enciclopedia que hable sobre la historia chica de la ciudad. Carecen de datos estadísticos, de protagonistas famosos, de escenarios estrambóticos. Son historias que se cuentan en la sobremesa, con el regusto de la carne empapando todavía el paladar.

Como la escultura del Doctor Molina Orosa que un día amaneció curiosamente mancillada con una tubería roja atada alrededor de su cuello. El aderezo, más que desmerecerlo, lo convirtió por unas horas en un señor de piedra disfrazado de cupletista con aquella boa encarnada.

Otras son simplemente imágenes, cuadros que se cuchichean, o se exageran, o simplemente se comentan entre risas que terminan en un ataque de tos seca. O, a lo peor, que conllevan unos labios apretados, sellados y resignados (“Así es la vida, compadre”) Como la estampa de una anciana, de espalda permanentemente inclinada por la edad y el alzheimer. Barre su trozo de calle todos los días. Haya o no colillas en el suelo. “Tengo alas, pero no las quiero para volar, no las quiero para volar”, explica a quien desee cazar el comentario. Con cara de estar cegada por el sol. Como si la vida le pisara el juanete a todas horas.

En el mismo barrio vivía hasta hace seis meses una señora con los ojos blancuzcos y colmados de cataratas. Preciosa, de puro amable. Que de vez en vez se asomaba a través de la angosta apertura que dejaba el gancho de su puerta, para pedir a una vecina que le hiciera el favor de cantarle el número del butanero que tenía apuntado en un papel arrugado. Porque ella no tenía forma de descifrarlo.

Lechugas de pleitesía

Uga. Cinco años atrás. Domingo de comunión y jubileo para los que aparcan el coche. En el pueblo, los que se guarecen el pensamiento con el cachorro están ya a la sombra del bar, arrugados y cucos, sentados en su lugar de siempre y sin consumir nada más que aire.

En un restaurante, de madera fresca y sombra de agradecer, come un conocido político insularista con su mujer. Potaje, agua y vino. Un vecino se acerca a la mesa descrita, e interrumpe la carrera de las cucharas hacia la boca. Se presenta, intercambia un par de palabras con el comensal, que duda entre limpiarse con la servilleta o levantarse, y le entrega una bolsa con lechugas. Como si fuera la Virgen de Guadalupe.

El agasajado da un caluroso apretón de manos al señor, y continúa comiendo. No parece extrañado por la interrupción. Ni mucho menos por las lechugas.

En otro pago de Lanzarote, años más tarde, se escribe un capítulo distinto. Un parroquiano habla con otro del mal café que se gasta el cura. Es nuevo y ha llegado con la sotana irritada. A una chica, murmuran, le reprendió en medio de la homilía por enseñar el ombligo con cada leve movimiento que hiciera. A tanto llega el envaramiento del clérigo, que un día deja plantada a una pareja de novios frente al altar. Por lo visto, la mujer se retrasó más de lo debido, por circunstancias ajenas a su responsabilidad (le colgaron el vestido tan alto y tan bien, que se enganchó y no hubo forma de bajarlo sin rasgarlo)

Todo el buen café del que carecía aquel párroco, aromatizaba un bajo, que estaba (está) a menos de 250 metros de la iglesia. De cafetera italiana, cargadito y espeso como una cortina. Como para no abusar de taza. Todavía hoy sigue desprendiéndose ese olor. A mitad de mañana. Cuando el portalón de la casa sólo deja ver las zapatillas de felpa azul de la señora que hace el café y un mantel de plástico, todo estampado con flores naranjas.

Otra pincelada: un diablete quitándose las esquilas en el Teguise de los años 60, para salir silencioso de una esquina, y de sopetón, asustar a la chiquillería. Otra más: un perro vagabundo, con hocico serio y un brillo inteligente y doloroso en los ojos, como de hombre acostumbrado a buscarse el sustento con pericia diaria. Y un gato que se tumba sobre la carretera como Liz Taylor. Fino y atusado. Para después protagonizar una batalla de zarpazos a plena luz de la farola.

Y otra más: Pepe y Alfredo, dicen sus vecinas que se llaman. Dos hermanos que recorren el trayecto que separa el Charco de Tahiche, a pie. Por el arcén de la polémica carretera. Sin chaleco reflectante. Se pinte la alarma del Instituto Nacional de Meteorología del color que se pinte.

Van a cuidar unas tierritas que tienen junto al volcán. Uno, con el paso menguado por la muleta. El otro, a zancadas largas y limpias, corpulento y con traje, con unos botines de otra época. Se turnan en la labor y, de noche, vuelven a casa. A una vivienda chata, roma y costera que tiene una puerta verde que parece correr riesgo de astillarse al primer aldabonazo.

Hay una en cada rincón. Y no siempre se dejan retratar por una cámara periodística, porque ese tipo de artilugios a veces tienen el disparo rápido y brusco. Son muchas más historias que las que abandonan adrede los fieles del bookcrossing sobre la mesa de un bar. Casi tantas como los libros, novelas, novelitas, ensayos, cuentos, haikus, comics, poemas y clásicos que se venderán en las casetas de la Feria del Libro esta semana. En un día, el 23 de abril, que celebra el influjo de las palabras. De las historias vivas. También las que flotan en medio de un cigarro y sólo pasan a la posteridad, si la memoria colectiva tiene a bien hacerles ese favor.

 

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