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Un señor que vive a 15 kilómetros de Manchester (Inglaterra) asoma la barbilla. Le sigue la nariz y el resto del cuerpo. “Wonderful!”. Exclamación de victoria: lo que parecía un callejón sin salida se dilata, se ensancha hasta crear un espacio recoleto, con una mata de hortensias a la izquierda, dos puertas con el fechillo siempre echado, un par de casas terreras, pequeñitas y mimosas y un nubarrón de zarantontones bailando un vals.
Desenfunda la cámara y le zumba al objetivo, que se interna en la hora de la siesta con alevosía y bastante poco recato. La ama se da cuenta y despega su par de párpados derecho.
- “A bañarse, a bañarse, váyase p´al Charco a bañarse, hala”.
Lo dice con total educación, con la misma filosofía que usaría una cuidadora infantil y una sonrisa oblicua. Es que no le gusta salir en las fotos. Ni ser una abuela de postal.
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Las casas de los Aguaresíos cumplen este año 210 años. Hace sólo 60, la marea lamía la calle que conduce a la Iglesia de San Ginés. Felipe, que tenía cuatro años, caminaba sobre las aceras altas (de unos 70 centímetros de escalón), para no mojarse en aquella “Venecia chica” y mientras tanto su padre, Luis Hernández Fuentes, se iba a pescar viejas. Las trataba como nadie. Sabía dónde encontrarlas, a qué hora pasarían por el dormidero submarino y de cuántos gramos de paciencia (y tabaco de mascar) debía hacer acopio para esperar la picadura.
Con un fish y un zenkiu Luis tenía más que suficiente para encandilar al turista más cercano y preguntón. El forastero se sentaba de poquito a poco, junto a él, como si se estuviera aventurando dentro de un caleidoscopio. Con una respetuosa distancia respecto a su cachimba y sus manos de nudo de árbol. A Luis sí le gustaban las fotos. Al menos, si venían acompañadas de una buena sesión de chapurreo. Dicen quienes le conocieron que era un hombre al que le podía más la curiosidad y el respeto por lo humano, sea cual fuere su color y opinión, que su corsé ideológico.
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A veces se quedaba dormido escuchando la radio, sobre la cama que estaba (está) a la fresca del callejón, cubierta por cojines color turquesa remojado y un par de hojas secas que el viento había depilado ese día al laurel de indias. En frente, junto a los escalones que aupaban a uno hasta unos corrales, departía junto a Isidro y Pepe, al que decían el Ambúo, ahumados en cigarrillos, vino y un poco de pan bizcochao.
Unos días era una merienda o un cuchicheo (“¿Sabes que aquel se fue pa´l Torrelavega [...] ¡Pocavergüenza!”) Otras veces sacaban el instrumental de la barbería y se afeitaban en la calle, para entretenerse junto a otros amigos del barrio que andaban ya encendidos como una bujía.
Varios alcaldes después, instalados en el siglo XXI, el espíritu costero sigue vivo en el Aguaresío. En las manos del vecino que cose una gueldera apoyado en el murito y ve pasar con el rabillo del ojo a la batucada que camina con estruendo por la Ribera del Charco. La cuñada de Luis, que se pasa las horas empequeñecida sobre el banco, a la puerta de su casa, se incorpora, se cruza la chaqueta de punto y se asoma para saludar. Es mujer de poco preguntar y mucho observar. Sonríe para sus adentros y vuelve a sentarse para continuar con la tejeduría de palabras en petit comité.
Una mujer escapa de la comitiva y se introduce en la calleja. Por angosta y decimonónica. Es de las que busca laberintos, puertas donde no las hay, caminos y árboles retorcidos. Frena un poco el paso y pregunta si es un patio privado o si puede pasar. Claro, claro que puede pasar. Ella da las gracias y se le empequeñecen las pupilas, de tanta luz. Se enmudece el ritmo tropical, y sólo tiene tímpano para escuchar gorriones y paz. “Esto no debería figurar en el mapa como Arrecife”, le susurra al compañero. No bromea. La chica no comprende bien cómo sobrevive un microcosmos como ese en un Arrecife que tiene de todo menos gracia.
Un ejemplo. Cuatro calles más al Norte, un señor aparca su bolsa de basura en la calle. No hay contenedor porque fue pasto de un chascarrillo adolescente y se fundió entre muecas de plástico verde el fin de semana anterior. Aún así el hombre, más haragán que fiel a sus costumbres, insiste en dejar el paquetito en el lugar habitual y rezonga con mal vinagre que él no tiene la culpa de que el chiquillaje sea una manada de vándalos, ni de que el Ayuntamiento no organice mejor los servicios de recogida. Él por él, la casa sin barrer.
En el callejón se barre, se llevan churros para desayunar, se hace chocolate caliente y se fríen chuletas de cuando en cuando. La calle, ese trocito de calle, es la prolongación del vestíbulo de la casa. Allá se celebran Navidades y cumpleaños. Allá se juntan cuatro generaciones de Aguaresíos y se oye llantina de niño, risa de hermana mayor y vocerío adulto. Cuando corresponde, se colma todo de silencio. De hora de siesta.
Los mayores cierran los ojos y recuerdan el barco de Luis, el Juan Pablo, o el día en que el padre del susodicho murió en la mar, dejando deslizar la caña entre las manos y el Antena de la época equivocó el nombre de quien halló la chalana a la deriva. De eso quedan fotos en blanco y negro, con marquito dentado.
Cuando se acerca la primavera, se adivinan granos de arroz entre las retículas del adoquinado. Restos de una boda contraída en la Iglesia de San Ginés e inmortalizada con una cámara de fotos profesional en ese soquito que, dicen, supura felicidad. Es el rincón preferido de muchos. Quizás a esto se deba el nervio que se gasta el york shire de la casa, que de vez en vez, celoso, dirige una retahíla de combativos ladridos al que se detiene demasiado rato en sus dominios.
En 2003, el Ayuntamiento de Arrecife rebautizó el callejón con el nombre de Luis. Para darle un homenaje, a él, y a ese nombrete heredado, ‘aguaresío', que alguien debió de colocar a su abuelo por la prudencia con la que maniobraba cuando batía grueso oleaje. Cinco años más tarde, Luis no está, pero la memoria tiene costumbre de quedarse prendida en las cosas más diminutas. Y el buen hábito de llevarse bien con el presente. Incluso, quiere pensar Felipe, de sugerir recomendaciones para el futuro.
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