PRIMER PLANO | Cómo comprar una casa se convierte en pesadilla

Mi casa

Las fotografías no están relacionadas directamente con la historia del reportaje.

Tomó la decisión un febrero de hace cuatro años, con la purpurina de Carnaval todavía prorrumpiendo en destellos bajo el sol potente del mediodía. “Ea, me compro una casa”. Ella, santanderina y metódica, se puso manos a la obra. Tenía 25 años, una nómina de 1.000 euros y algunos ahorros que reservaba con mucha argucia, eligiendo marcas blancas en el super y no dejándose llevar por el carpe diem del consumidor atolondrado.

M.J. Tabar
[Lunes, 11 de febrero de 2007] [07.15]

Durante dos meses, empeñó sus días libres en hacer excursiones por las inmobiliarias de Arrecife. Sesenta días en los que tuvo que aprender qué es un m2 y cuánta vida cabe en esa superficie. Después de infinitos buenos días qué tal estaba buscando piso, se apercibió de que las gangas anunciadas en los escaparates sólo existían allá, impresas en un folio, a veces decoradas con una familia tradicional, joven, guapa, como dibujada por Walt Disney. Dentro: un agente inmobiliario le daba el necesario soplamocos (“Verá, ya no nos quedan”).

En abril, le convenció un piso. Costaba 87.000 euros y el plano decía que se edificaría en el barrio de Santa Coloma, pegadito a las Cien Viviendas, con el puente de Maneje como panorámica. Tenía 40 m2 repartidos en dos habitaciones, salón cocina, un cuarto de pila y un baño. Para hacer la reserva le pidieron 4.800 euros por adelantado. Ella se lo pensó. Meditó. Arrebujada en el sofá, con un vasito de agua y un Nobel que se le iba consumiendo mientras roía el esmalte transparente de una uña.

Sí, quiero. Ya está. Podía no echar raíces en la isla, venderla y marcharse. O podía quedarse, y quizás los cimientos de hormigón serían los primeros... y después vendrían los personales. Sí quiero. Acudió a la inmobiliaria. Y le “zumbaron” 5.000 euros por la fianza. “¿No eran 4.800?”. No. El depósito había subido 200 euros en dos semanas.

El siguiente paso fue estampar su firma en algo que la inmobiliaria llamó contrato de compraventa. Hasta entonces, sólo había garabateado sus iniciales, hinchadas y envueltas en florituras, junto a la huella dactilar del DNI y en sitios poco relevantes. Se le hizo extraño el momento de coger el bolígrafo, algo ceremonial. Pero se le pasó pronto; sólo era cara y media escrita en Times New Roman y que especificaba la calle de su futuro domicilio, el nombre de la constructora y la cantidad pagada por la reserva. Sólo le devolverían el dinero, le aclararon, en caso de marcharse de la isla o de que el banco le denegase el crédito.

Firmó y se acercó a ojear el piso, desde la carretera. Entrecerraba los ojos y la imaginación se le iba por los cerros de Úbeda, fabricando escenas de un futuro muy, pero que muy agradable. Que olía a té de hibisco y a tarta de queso recién hecha. Por fin, su casa. Ese sentimiento de propiedad, de poseer algo, que le haría barrer con más mimo ese ángulo muerto del salón al que no llega el cepillo de la escoba.

Le dieron una fecha de fin de obra: agosto de ese mismo año, 2004. Agosto se convirtió en diciembre, diciembre en marzo de 2005, luego otra vez en agosto (y va un año) Las explicaciones de los intermediarios: “La constructora tiene algunos problemas”. Nada serio.

Ese año, la protagonista de la compra tuvo que asumir un mes de alquiler en solitario (500 euros) y aceptar el ofrecimiento de una amiga para mudarse temporalmente a su casa. Hasta que le diesen el piso, que siempre estaba al caer. Desde el coche, ella observa el bloque, ya completamente acabado. Hace la habitual visita a la inmobiliaria y le repiten que el papeleo es lento y que, ya sabes, las licencias municipales no son fáciles de obtener. Ella está molesta y confundida, pero asiente. No conoce los trámites, pero sí ha padecido el “vuelva usted mañana” de la burocracia insular. Se resigna y sigue la espera.

Pasó otro año sin noticias de su piso. Y se mudó por segunda vez, esta vez a Costa Teguise, a casa de otra compañera que le inoculó el virus de la preocupación. “Esto no es muy normal”, le dijo. El calendario se había desnudado hasta vestirse de mayo de 2006. Iban a cumplirse dos años de atraso y, ante la ausencia de respuestas, contactó con otro de los propietarios. Indagaron y se enteraron de lo siguiente: el promotor, dueño también de la constructora, había hecho la obra sobre un suelo que todavía no era suyo. No lo sabían a ciencia cierta.

Acudieron juntos a la inmobiliaria, que les proporcionó el teléfono del constructor. Hablaron con él y les tranquilizó. Perdón por la demora, estaba haciendo lo imposible por arreglar todos los papeles. No se preocupen que para julio se les entregará la casa. Pasó julio. Y el constructor no cogía el teléfono. Ella, que entretanto cumplió los 27, decidió recurrir a un abogado que envió un burofax al ‘desaparecido'. Respuesta: por problemas ajenos, no se pueden entregar las casas pero “estamos dispuestos a devolverles el dinero”.

Pasaron semanas hasta que el constructor dio señales de vida, esta vez, con una oferta bajo el brazo: les propuso comprar otra casa de características similares. Pero costaba 102.000 euros y necesitaba otra reserva inicial, esta vez de 8.000. De esa suma se descontaría la fianza anterior, claro. Ella, ni se fío, ni le pareció justo. Quiso que le devolviesen el dinero.

Las conversaciones entre las partes se dilatan tanto que amanece agosto de 2007. Habían decidido romper aquel prehistórico contrato de compraventa. Se les reembolsaría la fianza y en paz. Pero el constructor volvió a desaparecer. Cuando al fin contestó, a la enésima llamada, se defendió de las acusaciones con brusquedad, instando a la chica a que se buscara un abogado si quería acusarle de algo. Lo hizo. En octubre de 2007.

Y en ello está. Viviendo en casa de su pareja. Y haciendo cuentas para saber si le compensa pagar a un procurador, la investigación del abogado e incluso un juicio por lo penal para acusar al promotor-constructor de un delito de estafa inmobiliaria.

En febrero de 2008 se han cumplido cuatro años desde que le chisporrotearon los ojos con la ilusión de comprarse una casa. Y de aquello lo único que obtuvo fue aire. Perdió 5.000 euros y ganó un menoscabo económico (y emocional) que no habrá abogado capaz de demostrar.

 

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