
Para ser un hada madrina de apenas siglo y medio de existencia, Cloeh poseía un curriculum vitae envidiable. Sus hazañas habían dejado con la boca abierta a las mismísimas ancianas del Consejo, seres místicos que habían tenido el gratificante privilegio de haber presenciado todo tipo de incidentes de índole mágica en el planeta Tierra. Cloeh era, sin lugar a dudas, un prodigio, una futura promesa que seguía dando lo mejor de sí en la misión de proteger a los humanos. Entre sus muchos logros contaba con siete protegidos que habían alcanzado los ochenta años, dato que, para el que desconozca de los entresijos del noble Ministerio de Hadas Madrinas y Ninfas Protectoras, supone todo un record.
No obstante, Cloeh, la misma que sonríe con orgullo ante sus sonados triunfos, no puede más que sentir un inmenso pensar por dos de esos longevos humanos que se encuentran bajo su protección. Madame Destino, amante irremediable de las situaciones más irónicas, ha acabado por juntar a estas dos personas en el mismo asilo, sin más relación entre ellos que la misma Cloeh.
Carmelo Corujo García.
Ochenta y dos años. Residente en Arrecife, Lanzarote.
Lejos quedaba ya su saludable presencia varonil, un saco de carne y huesos sobre una silla de ruedas, a esto se había reducido su existencia. Con la barbilla clavada sobre una de sus clavículas, dejando caer riachuelos involuntarios de saliva. Miraba con ojos vidriosos hacia el televisor que se encontraba enfrente a él, da igual si estaba encendido o no. En ocasiones, cuando la pantalla está muda, se podría decir que contempla su propio reflejo.
Chloe suele visitarle cada jueves, ya no para velar por él, puesto que poco se puede hacer a estas alturas. Más bien lo hace para, de alguna forma, redimirse por sus fallos. O al menos eso pensaba ella, hasta que llegó un día nublado de diciembre. En uno de esos momentos en los que él se encontraba sólo en la sala de la televisión, apareció justo a su lado, mirándolo con lástima. Puso su mano sobre el hombro huesudo de Carmelo y recitó aquellas palabras que tantas veces habían rondado por su cabeza durante los últimos años.
- He sido una estúpida, Carmelo. He de confesarlo, soy una farsa. No soy tan buena como dicen mis compañeras. Si hubiese sido tan buena habría logrado que consiguieras un destino mejor que este. Eres una sombra difusa de lo que fuiste. Nadie viene a visitarte. Y no les culpo.
Carmelo seguía teniendo un cara a cara con el presentador del telediario.
Chloe se inclinó hacia él.
- No les culpo, yo también te habría abandonado. He sido una estúpida porque pensaba que todo esto había sido debido a mi falta de experiencia. Pero no es así. Cada uno escoge el camino que desea, y éste, en ocasiones, no es el que nos conviene. Si tratas a tu mujer como un saco de arena, no esperes que esté a tu lado para siempre. Tus hijos reniegan de ti. Por el amor de Dios, Carmelo ¿Cómo llegaste a este final? ¿Por qué tuviste que ser un capullo? Pude haberte regalado una vida colmada de satisfacciones ¿Por qué lo tiraste todo por la borda?
Chasqueó los dedos. El presentador del telediario desapareció. En su lugar comenzaron a verse escenas cotidianas de un Carmelo joven, fragmentos dispares de un pasado gris. Casi todos aquellos recuerdos acababan con daños colaterales y con él como innegable culpable.
Josefina Cabrera Ajílez.
Ochenta y seis años. Residente en Arrecife, Lanzarote.
Entró a pasos torpes y lentos en la sala de televisión. Vio a una hermosa joven con alas de libélula pegadas a la espalda, con pintorescos tonos azules y verdosos. Tal misteriosa mujer estaba susurrando algo a uno de los residentes del asilo, Don Carmelo. Josefina llevaba un camisón blanco repleto de dibujos de flores estampados sobre él. Su pelo canoso estaba recogido con sumo cuidado y su mirada, carente de cualquier resquicio de maldad, daba entender la confusión propia de una víctima de Alzheimer. Chloe chasqueó los dedos y la televisión cambió de pronto. Josefina no salía de su asombro. El hada madrina se volvió hacia su otra protegida.
- Vaya, Josefina, me alegra verte de nuevo ¿No te acuerdas de mí?
Acto seguido dio dos palmadas y todas las flores del camisón de la anciana cayeron en el suelo, pasando de ser simples dibujos desteñidos, a ser hermosos seres vegetales de profundo perfume.
- Algún día se darán cuenta tus hijos lo terrible que es haber abandonado a una mujer tan maravillosa como tú.
Josefina apenas prestó atención a aquellas palabras, se lanzó al suelo, recogiendo todas las flores con suma excitación, presa de una alegría más propia de una adolescente. Chloe se desvaneció nada más escuchar los pasos de una enfermera por el pasillo. Volvería al siguiente jueves, con más alegrías para Josefina y más reflexiones para Carmelo.
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