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En la casa del Almirante de la Marina, donde nació el doctor Pedro Naverán hace 52 años, se sancocha la fruta, se apilan los yogures en la nevera y los voluntarios saludan a 40 personas, que tienen desgalichado hasta el nombre, de tanto tributar salud y dinero a la droga. Todos reciben merienda, café y un arrope callado e incondicional, que respeta el tempo y la voluntad de cada individuo. Sucede todos los días a partir de las siete y media de la tarde. Sin falta y desde hace 11 años. Haga sol o caiga mollizna calabobos. Hoy, toca cena de Reyes en la casa de Calor y Café.
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El de la capa de armiño, Melchor, les ha dejado un par de playeros a cada uno. Baltasar y el anodino Gaspar, que por ser castaño y desfilar en medio con el camello tiene siempre menos cartas que leer, también han contribuido con mecheros, un paquete de pañuelos de papel, tabaco y varios presentes seleccionados con mimo individual, sabiendo que sisarán un fisco de sonrisa al regalado. Sor Ana está contenta, pacíficamente contenta.
“Esto es lo más grande que me ha dado el Señor”, dice Ana María Rodríguez, que es asturiana y pertenece a la congregación de las Hijas de María Madre de la Iglesia. Su vida estaba asentada al otro lado del gran charco, el Atlántico, en un diminuto pueblo del Perú, Chiclayo Pimentel, donde un elevadísimo porcentaje de niños nace con parálisis cerebral, principalmente por haber sido paridos bajo las órdenes de curanderos que lo mismo les da utilizar un fórceps que una cuchara sucia.
Volvió a la Península para recaudar dinero y montar una guardería. Nunca lo llegó a hacer. Por mandato de sus superioras, se quedó en otro charco, uno más chico, el de San Ginés, en un Lanzarote de 1989 que estaba inmerso en una profunda recesión económica y que sufría el mayor índice de paro de su historia. El desempleo cerró hoteles y dejó una estela de daños colaterales muy duros: hubo despidos improcedentes e impagos de sueldos que alcanzaron cifras millonarias. Eso arruinó la vida de muchos trabajadores de la hostelería.
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“Casi todos eran gallegos”, recuerda sor Ana. O… Solana como le llaman de vez en cuando, aunque poco o nada tenga que ver con el Superministro de la OTAN, como no sea la asignatura común de luchar por la paz mundial, en la que cada uno ha obtenido calificaciones muy, muy, muy diferentes. En los 90, Ana trabajó en Cáritas, cuando “aquí no se movía ni un ladrillo” y muchos obreros y camareros andaban apurados para llegar a fin de mes. Se les daba dos bocadillos y un cartón de leche porque todavía no existía el comedor de la asociación.
“Reparé en que había un colectivo de gente a la que no se le estaba dando respuesta”, relata. “Eran personas toxicómanas que, como no iban al CAD [Centro de Atención al Drogodependiente], no eran atendidas”. Se intercambiaban tarjetas sanitarias para demostrar que sí, que estaban desenganchándose. Fingían constantemente que se habían ‘enmendado’ para comer caliente.
Sor Ana, sentada en una silla de madera, muy recta y con las manos en el regazo, añade con voz baja pero vehemente: “Es una decisión tan personal que no se puede obligar a nadie a tomarla”. Debe nacer de dentro, dice. Si no, de poco sirve.
Ella, que ha visto el destrozo que la droga hace en la mente y en el cuerpo; que es consciente del “mal” que un toxicómano “hace a la sociedad”, apuesta por informarles, por atenderles, por darles jeringuillas nuevas, por ofrecerles comer queso con dulce de membrillo cuando no tienen ni un céntimo porque se lo gastan en droga. Aunque mientan o reincidan. Forma parte de la enfermedad.
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Para ella no son vagos, ni caraduras con mucho vicio (como mucha gente le dice). “Uno puede caer en la droga por muchos motivos; por su carácter o por lo que le ha tocado vivir”. Su caridad cristiana no lo justifica todo, pero si algo tiene claro es que las instituciones y la sociedad se equivocan: “El problema de la droga no lo vamos a solucionar ni tirando la Rocar, ni tapiando casas en las Rapaduras. Los hombres se han encargado de perpetuarlo porque es un gran negocio”.
En cuanto los agentes de la Policía Local les ven la dentadura carcomida, una costra de suciedad en la piel y ropas desmadejadas… “les piden la documentación para ver si tienen cargos pendientes”. Ana endurece el deje de la voz: “Nadie va a por los que visten chaqueta, corbata de seda y zapatos de piel. Esos no. Los que manejan la droga son intocables”.
Cabecea como si el gesto le sirviera para quitarse de encima la indignación. Cada dos minutos llaman a la puerta. Primero, el párroco de Tías que felicita el nuevo año y le comunica a la hermana que tiene comida y varias donaciones esperándola. Luego, una madre que entrega una bolsa de ropa y va acompañada de su hija de 17 años, que intentará hacer Medicina si la PAU le es propicia (“¡Qué bien! Estudia, estudia duro que hacen falta médicos”). Finalmente, llegan los voluntarios que organizan una cadena con varios usuarios para pasarse cajas de legumbres y guardarlas en la alacena.
A los pocos minutos, la estrecha puerta deja pasar un largo flujo de personas. Entran en fila india, porque estaban arrimados a la entrada, con ganas de refugiarse del temporal. Sor Ana les saluda uno a uno, con naturalidad o con mohín de preocupación cuando ve a alguno cojo o en peores condiciones que el día anterior. Hay rostros que conoce desde hace 11 años.
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La inmensa mayoría son hombres. Unos están buscando empleo; otros, monedas de latón que se dejan los despistados en las cabinas de teléfono. Unos pocos ya no aparecen por allá porque han conseguido dejar la droga y de vez en cuando la llaman por teléfono para contarle su progresión y notar el orgullo de la monja al otro lado del teléfono.
Preside la pared de la casa un cuadro religioso. Es la versión local (con la calle del Charco en vez de un rincón de Jerusalén) del pasaje bíblico de la multiplicación de los panes y los peces. Sor Ana insiste en que es la mejor de las fotos, la que resume la obra que se lleva a cabo en la casa. En este caso, no es milagro ni prestidigitación. Si las cinco barras de salchichón con las que empezaron se han convertido en una despensa más variada es gracias a la colaboración ciudadana. Su única fuente de recursos.
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