
A esas alturas ya poco le importaba generar esa sensación incómoda entre los clientes del cine. Haciendo uso de su voz quebrada, rogaba unas moneditas en nombre del hambre, un hambre artificial, cruel, tóxico. Su aspecto demacrado no hacía más que confirmar esta obviedad, dotando de un matiz perturbador a todo el conjunto. Su ropa era un resignado testigo de todo ese proceso de descenso a los avernos, por lo que se mostraba agotada, rendida, pendiendo de aquellos brazos huesudos, aquellas piernas raquíticas, aquella columna encorvada...
Se apoyaba justo al lado de la taquilla. Casi eran susurros lo que se deslizaban por sus labios agrietados, no obstante todo el mundo captaba el mensaje con claridad. La petición siempre era la misma, el proceso por el que se expandía era democrático, directo, conciso, no obstante las respuestas podían ser variadas: unos le aclaraban que no tenían dinero, otros negaban con rotundidad, otros directamente hacían caso omiso a sus palabras desgastadas, como si su presencia fuese poco más que un holograma. Aunque también podían estar los que, dejándose llevar por una buena voluntad, los enternecidos o los que sus labios únicamente estaban creados para las afirmaciones, les dejaban algunas suculentas monedas. Y luego estaba el factor sorpresa.
En aquella calurosa tarde de agosto, nuestra anónima protagonista tuvo la oportunidad de pedirle dinero a, nada más y nada menos, que Víctor Von Strömberg. Era poco más que una sombra cubierta por una pesada gabardina y con la sudorosa calva protegida por un sombrero negro. Ella, pasando por alto la gran curiosidad que le despertó, volvió a extender su mano y recitar aquellas palabras de cartón.
- Toma, pero la próxima vez, no aceptes la propuesta del pato azul.- Le ordenó el bueno de Víctor, con su particular acento austriaco. De su monóculo surgían miradas en forma de flechas indias.
Ella miró su mano, viendo una ficha de color naranja, algo más grande que una moneda. Inmersa en la más densa de las confusiones, intentó reclamar a aquel hombre que caminaba sin piernas, pero ya no estaba allí. Ni en ningún otro lado, realmente.
Tres horas después, dejando que sus pies escuálidos dieran pasos sin rumbo fijo, se internó entre la muchedumbre, en la feria que cada año hacía acto de presencia por las fiestas de San Ginés. Buscaba transeúntes de corazón blando y cartera generosa. Sonidos de diversa índole atontaban sus oídos, destellos multicolor aturdían sus ojos con ojeras. Sumida entre parejas que compartían manzanas caramelizadas, adolescentes soltando risotadas, niños tirando de las manos de sus padres, ella parecía un espantapájaros vacilante. De pronto, un grito le erizó los pequeños pelos de su nuca.
- ¡Fuera de aquí! ¡Me estás espantando a la clientela!
Se volvió con lentitud, como si no quisiese que sus vértebras se desquebrajaran por un gesto brusco. Vio que el encargado de los coches de choque la miraba con una dosis alta en mala leche. Rápidamente le vino el misterioso encuentro con Víctor Von Strömberg a la mente y se llevó la mano al bolsillo. Sacó, con aire triunfal, la ficha naranja.
- Yo soy tu clientela.
Se subió a la pista deslizante y dejó caer su huesudo trasero sobre el asiento de uno de los coches. Sonrió grotescamente ante el resignado encargado y metió la ficha en la ranura correspondiente. Cuando la danza brusca de conductores kamikaze comenzó, las canciones del verano empezaron a aullar por los altavoces. Juanes comenzó con “La camisa negra”. El primer choque la sacudió con fuerza, dejándola en un mar de temblores. Don Omar castigó oídos con su “Dale Don Dale”. Le fue cogiendo el truco al asunto, rememoró lo mucho que le había gustado los coches de choque en su otra vida. Chayanne cantó su “Torero” a todo volumen. Ya era ella la que asestaba unos buenos golpes. Se sentía diferente, como si estuviese recobrando vitalidad. King África y su desagradable voz atormentó las ondas sonoras con su “Bomba”. Otro choque, y otro, y otro. De alguna forma, sus brazos ya mantenían el volante con firmeza, convirtiendo su cochito en un bólido que todos intentaban esquivar a toda costa. Mientras, Elvis Crespo manchaba el buen nombre de la música con su “Suavemente”. Las marcas de agujas desaparecieron, los moratones dejaron de existir, las arrugas se esfumaron. Otro choque, otro más. Ricky Martín contaba desde el uno hasta el tres con su tema “María”, cuando los coches dejaron de funcionar. Estaba en el año 1996.
Se incorporó, asombrada al comprobar que su ropa ya no le quedaba larga, sino que se adaptaba a su cuerpo a la perfección. Se dio un paseo por la feria. La atracción conocida como “El Master” ya no tenía aquella estatua pintada como el padre de “Los Increíbles”, sino que volvía a ser un luchador de lucha libre. Eso sí, congelado en la misma postura de eminente ataque. Hubo muchos otros cambios más que percibió, pero ese fue uno de los que más le llamó la atención. No pudo evitar el soltar un caudal de lágrimas agradecidas.
- ¡Hola, guapa! ¿Te apetece compartir un porrito?
Aún extasiada por el viaje que había hecho, se volvió hacia el dueño de aquella voz ronca. Era un hombre de aspecto desaliñado, uno de los amigos de su hermano mayor. Sonrió al fijarse en el dibujo del pato de color azul que él tenía en su camisa.
- No, esta vez no, gracias.
Aún podemos escuchar el crujido metálico de una cadena que nunca existió, los pasos huecos que bajaron por una escalera por la que nunca más volvió a subir. Nuestra recuperada protagonista se perdió entre la gente, tarareando canciones que aún no se habían creado.
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