PRIMER PLANO | Se mantiene en duermevela, precioso y quieto

El sueño de Yé

No hay historiador ni perito en toponimia que se atreva a conjeturar sobre el nombre de este pueblo, que se considera población desde 1830. Antaño se le decía Yen, como la moneda japonesa. Hoy, Internet lo asocia al paraíso del turismo rural y los nacidos al pie de la Montaña de la Corona lo gozan con paradisíaco sosiego. Desde hace 24 años honran a San Francisco Javier en otoño, durante tres fines de semana consecutivos, y el centro sociocultural Tefío desprende una fumarola de carne de cochino.

M. J. Tabar
[Lunes, 12 de noviembre de 2007] [07.00]

Yé son 15 casas bien avenidas, fabricadas con el escrúpulo de quien se sabe enamorado de este campo de tuneras y parras. Cuentan los mayores que en este villita de Haría, bastan dos horas de sueño para descansar, y que en Arrecife –añaden– con diez aún te levantas mareado. No es oro todo lo que reluce: el Delta se llevó varias roferas y la montaña tiene petachos esquilmados, de color canelo, que el Gobierno de Canarias sigue sin colorear con el sustrato adecuado; pero es inevitable sentirse envuelto por un cielo social cuajado de saludos, sonrisas y relajo. El mayor drama que se puede obrar aquí es que falte caramelo líquido para culminar un postre.

Nieves Perdomo Cedrés nació en una finca de la Torrecilla, feudo de la familia López, dones, señores o caciques (según quién interprete la historia) que hace 50 años poseían infinitas fanegas de tierra y eran el INEM de la muchachería del pueblo. Esta señora, que no tiene inconveniente alguno en acompañar con cariño maternal al forastero perdido, fue alumbrada entre un mosaico de fruta secada al sol y jornaleros pelando higos tunos.

Los pobres (es decir, todos) tenían dos cabritas en casa, a lo sumo. Los López y los Curbelo tenían una dehesa extensa como el zoológico de Babilonia: burros, cabras, caballos y demás ganado cuadrúpedo. Nieves bajaba de par de mañana de la finca, con el almuerzo preparado en un cestillo, e iba a clase a la escuela de Yé. El resto de su historia la resume en una frase: “En un baile conocí a un chico y me case con él”. El chico ya murió y Nieves sigue viviendo en Yé, rodeada de su familia.

Los señoríos han sido reconvertidos en villas rurales con jacuzzi y piscina climatizada, que ofrecen 17.000 metros cuadrados de tumbonas japonesas y maderas nobles a un máximo de 20 clientes (salen a 850 m2 por cabeza, todo un lujo de densidad turística).

Millo cronometrado

El viernes arrancaron las fiestas de Yé y el pueblo se desbordó de vehículos: nietos, sobrinos, primos y vecinos de los alrededores, desfilando bajo el palio de las banderolas multicolor. Aprovecharon los más jóvenes para convocar un concurso de plantación y apañar unas tierritas. El premio se lo llevaba el que alojara el millo con más rapidez y meticulosidad en el surco. Por la noche, fiesta agrícola del escardillo, y más de lo mismo: lo suyo era vestirse de campo, a la antigua usanza y tirar de rastrillo para abrirle arrugas a la tierra.

Este año, las fiestas han sido patrocinadas por la friolera de 70 firmas comerciales. Desde marcas de helados, hasta empresas de alquiler de coches. Cosa curiosa porque en el pueblo no hay sino un almacén que vende productos básicos al por mayor. Para comprar pilas o cualquier otro menester, hay que trasladarse hasta Haría. Antes lo hacían andando, así que a los más antiguos no les supone excesivo jaleo coger el coche.

A Juliana Perdomo por ejemplo su madre la mandaba a Máguez a entregar rosetas y comprar tela para remendar los pantalones del padre, que era pastor y los destrozaba a la altura de las rodillas y las nalgas. Juliana, que era un trasto de cuidado, volvía tarde y sin tela, habiéndose gastado las perras en alguna fruslería. Lo bueno de la historia es que no sisaba sólo en su propio beneficio, sino para echar una mano a los demás.

Hoy se ríe al recordarlo, sentada en el sofá de su casa, que huele a café, a plantas regadas con gotitas de tiempo y al trasiego de los nietos, que abren y cierran puertas, abrencierranabrencierran puertas mientras mordisquean bocadillos. “Me metía unas papas en el delantal y se las daba a la vecina. ¡Y a madre le decía que eran pelotas, claro...!”. Lo mismo cuando la madre de una amiga iba a hacer arroz blanco y no tenía aceite en el que rehogarlo. A Juliana le faltaba tiempo para ‘coger prestado' un pizco de manteca...

Con el tiempo, se redimió convirtiéndose en la practicante del pueblo. La primera vez que puso una inyección, sin saber absolutamente nada de jeringas ni de mañas de enfermera, fue a su niña, que tenía sólo tres meses. “Echaba chorros de sudor, pero no me quedó más remedio y se la puse yo misma”, relata desde su perspectiva de 69 años. Debió de aprender la técnica rápido y bien, porque en varias ocasiones la fueron a buscar a las dos de la mañana para pinchar a un vecino enfermo. A ella no le pesaban los párpados: se levantaba, cogía un farol y marchaba. Las instituciones le hicieron un homenaje que hoy descansa, bajo la apariencia de una placa conmemorativa, sobre una estantería. Junto a la de su marido, Paco Cedrés, que trabajó 30 años para Lanzarote Bus, cuando no quedaba otra que abandonar el campo, destrozado por la sequía.

Cazorla, el ogro empleador

La población de Yé menguó entonces de forma asombrosa. Llegó a tener casi 600 habitantes, pero el azar climático les arrebató el sustento. Unos marcharon a trabajar a las factorías de Arrecife, a masajear sardinas junto al muelle. Otros eran reclutados por el viejo Cazorla para recoger tomates en Las Palmas. Cuando veían al motorizado personaje, la chiquillería daba la voz de alarma: “¡Que viene Cazorla con la moto a llevarse a la gente!”. Tanto odio le tenían, que lo despedían con piedras.

A Yé lo comparan con un lagarto de Haría. Que se mantiene en duermevela, precioso y quieto, hasta que recibe la visita de un coche y comienza a desperezarse. Las décadas no han pasado en balde y las generaciones han cambiado mucho. Hoy atraviesan el pueblo furgonetas maqueadas, con Fito Cabrales cantando a todo volumen. Y los chinijos conocen la Nintendo DS y no se entregan a jugar al tejo o a la estampa.

La mecánica del amor también ha cambiado sus normas. Antes, los sábados eran para bailar y arrimar la cadera al compás de los pasodobles que sonaban en el casino; y los domingos para esperar a que el novio fuera a casa “a enamorar”. Juliana lo cuenta, doblada de risa: “Nos sentábamos juntitos pero sin rozarnos [a cinco dedos de casta distancia] y madre estaba todo el rato pa´dentro, pa´fuera, pa´dentro, pa´fuera... viendo qué hacíamos”. La cita terminaba cuando a la madre de la novia le parecía oportuno y lo anunciaba con un gesto que no admitía otras interpretaciones: “Cogía agua del bernegal, agarraba el jarro y ¡zas!, daba un golpetazo”. Era el toque de queda, significaba que cada cual a su casa y Dios presente en la de todos.

En el siglo XXI, los móviles enamoran con un mensaje, incluso en Yé, que también tiene cobertura. Bajo la Corona ya no se vive, mejor sería decir que se mastica el descanso. Un vecino suspira bajo una sombrilla de buganvillas: “Yo aquí me recreo con cualquier cosa. Es de los poquitos sitios que quedan tranquilos de verdad...”.

 

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