PRIMER PLANO | Desconfianza con los planes 'sostenibles'

“Mucho cuento es lo que tienen” o la otra hoja de ruta

Para cuando la hoja de ruta del Cabildo se defina y descienda a la tierra de las concreciones, cada uno de los pensionistas de Órzola que padece problemas de salud habrá malgastado 144 euros en taxis. Tiagua verá marcharse a una generación entera de jóvenes porque no pueden levantar una casa cerca de la huerta de sus padres y en Arrecife seguirá habiendo somieres incrustados en el contenedor verde orgánico y televisores tuertas abandonadas en la calle. Así lo sienten quienes viven al día y no son ideólogos. “Pero si tardan cuatro meses en poner un muro, ¿de qué van a cambiar la isla? Mucho cuento es lo que tienen...”.

M.J. Tabar
[Lunes, 9 de octubre de 2007] [07.00]

Las cifras que nos acusan de glotonería urbanística y miopía social están en rojo desde hace tiempo. Se parieron sólidas estrategias, estudios con forma de advertencia y signo de exclamación. “Nos estamos cargando Lanzarote”, se murmuraba. Años más tarde no se ha producido el cambio. Ni de actitud ciudadana, ni de gestión política.

Algún acto de contrición en aniversarios señalados y abundantes análisis de la cuestión, sí... pero a Carmen le siguen pagando 15 pesetas por cebolla, Nona sigue esperando la guagua más de 45 minutos y Antonia da por imposible pasar largas temporadas en la salobre costa norteña donde nació, porque no hay practicante que la atienda.

Son las tres y media del sábado y la prensa pregona que la mano que mece el Cabildo ha hecho suya la filosofía de la Oficina de la Reserva de la Biosfera. Que el equipo de Gobierno ha sido asesorado por el ingeniero Roque Calero, muy batallador con el cambio climático, y que los mandamientos de Al Gore se harán carne en el salón de plenos de la máxima institución insular.

Nona espera la guagua en Valterra, bajo un sol importante. No tiene idea de entelequias políticas y dice que lo verdaderamente insostenible es esperar a la guagua. Se conoce el horario del transporte interurbano al dedillo y aunque es lento y malo, prefiere aguardar hasta 45 minutos mientras desayuna un cruasán antes que pagar a un taxista. “Para que se lo lleve él, me lo como yo”.

Su amiga Antonia (7 hijos y natural de Órzola) pide un poquito de consideración: “Tenemos que ir a Guatiza a sacar dinero, porque en Órzola no hay cajero. Y si te pones malo, te cuesta 15 minutos llegar hasta Haría. Eso si tienes coche, claro, porque si no tienes que pagar 12 euros ida y vuelta”.

Hay guaguas para trasladar a excursionistas. Pero no hay guaguas que conecten Tahiche con Arrecife con una frecuencia habitual. Conclusión: es más fácil creer en la capacidad voladora de los burros que en un vehículo público que funcione con combustible de colza.

En la calle Las Quemadas (Arrecife) existe un solar que, calificaciones territoriales aparte, está echo unos zorros. Como la vista no es particularmente buena (sólo se alcanza a ver coches y coches zumbar por la circunvalación), la conciencia colectiva asume como normal que existan pequeñas colinas de basura en el descampado. Mientras los planes consienten o prohíben, el espacio espera y se degrada.

A las seis de la tarde, Mozaga respira con pausa y sin prisa. Un chinijo entra de un salto en el único supermercado del pueblo y pide un pan de Soo. Se venden pastillas de goma envueltas en bolsitas de plástico ya preparadas, y todo lo imprescindible para el funcionamiento hogareño. Los tomates, al mismo precio que en una gran superficie de la capital: a 3 euros el kilo. Se comenta que los alquileres son muy altos, más incluso que en Arrecife.

Carretera arriba, Tiagua siente envidia del sosiego de sus vecinos. La carretera general que serpentea desde Arrecife divide al pueblo en dos y obliga a los residentes a redoblar la vista, estirar el cuello como una paloma y pasar con paso apresurado. A veces, esperan hasta 15 minutos para vadear el asfalto. Con las bolsas del mercado estratégicamente colgadas del brazo para que molesten lo menos posible. Hace unos meses, varios habitantes se quejaron ante Sergio Machín, el entonces consejero de Obras Públicas.

El campo que se despuebla

“No tenemos entrada para nuestras casas y no han puesto ni un paso de cebra”, recuerda Carmen. Les dijeron que no, que un paso para peatones sería peligroso. Carmen deja de regar los cebollinos y gesticula: “¡Pero bueno! ¿Y sin paso de cebra es menos peligroso?”. Algunos dieron por imposible al Cabildo y decidieron aplicar ellos mismos el sentido común. Compraron pintura negra y borraron la línea continua del suelo.

Carmen calcula que en el pueblo viven unas 200 personas y que “si no fuera por los extranjeros” hubiera ido desapareciendo del mapa. Oriundos de toda la vida, “cada vez habemos menos”. Los adolescentes no están por doblarse la espalda en el campo, ni para regar pacientemente semilleros durante dos meses para después pelearse por el precio al que quieren comprar sus frutos.

A veces la política territorial cercena el desarrollo: “Una chica joven se quería hacer una casa a la entrada del pueblo y no se lo han permitido... A la gente no le dejan construir si no es más de 500 metros”. Existe la sensación de que las políticas urbanísticas tienen desmanes absurdos: se capa el crecimiento en las zonas rurales, en nombre del territorio, y se edifica con ritmo de churro feriante en otras zonas de la isla.

Lanzarote no recibe una buena lluvia desde hace 8 años. “Alguna mollizna de vez en cuando...” y nada más. Poquito para que el campo se revitalice. Los más mayores se echan las manos a la cabeza, recordando que hace décadas era gozoso ver las plantaciones de papas, cebollas, lentejas, lustrosos tomates y regordetas batatas que roturaban el paisaje.

De la barrilla en 1850, a la cochinilla, la pesca y finalmente el turismo. El motor económico insular ha ido mutando al dictado de los tiempos y ahora (desde hace tiempo) se adivina que el engranaje no funciona. Que hay tornillos sueltos y el sector ha derivado en algo parecido al dislate.

Cuando el día es limpio, como ocurre en septiembre, y desde la carretera de Tinajo se ve Alegranza como una ballena varada tranquilamente en medio del océano, vence el optimismo. El Parque Natural de los Volcanes atardece espolvoreado de líquenes, hay boda de traje y echarpe en Mancha Blanca y reunión multitudinaria cerca de La Florida. Por un momento todo encaja y hay quien desea creérselo: por fin las instituciones van a poner de su parte para traducir un neologismo multiuso (sostenibilidad) en un ‘algo' tangible que revierta en el bienestar de la mayoría.
 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

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