
Llegó a tal conclusión en el cuarto día, y, como muchas otras reflexiones que había tenido en la vida, comenzó con un pensamiento cotidiano: le encantaban las manzanas. No se trataba de una fruta inundada de un sabor tan refrescante como el de la sandía o el melón, no obstante se le antojaba más elegante. Su forma tan característica, su color y la facilidad con la que se puede comer mientras se está haciendo otros quehaceres de la vida, le daban la medalla de oro, según opinaba Elsa. Recordaba veranos en el que se pasaba las tardes devorando dos o tres de estas frutas. Siempre ha sentido que ni los problemas más crípticos pueden contra una reflexión al son del masticar de una manzana. Es debido a ello que aquella fruta, envuelta en un manto verdoso, corrosivo, la despertó en su cautiverio.
El primer día todo fueron pataleos, gritos, súplicas, lágrimas, desesperación. El segundo continuó en esta línea, pero la resignación ante dicha circunstancia se hizo más profunda al llegar la tarde. En el tercer día no quedaba más que rezar para que sus seres queridos lograsen encontrarla. La reflexión, como ya mencioné, ocurrió al día número cuatro. Brotó el milagro, como si una luz intensa se abriese paso a través de un abismo de impenetrable oscuridad. No se trataba de la lucha por la supervivencia, pues era algo que había intentado desde el primer momento en el que aquel cerdo la metió en su furgoneta. Esta decisión resultaba más profunda, había dejado de ser un verdugo y su víctima, ahora eran dos luchadores enfrentados. Sólo que él no lo sabía aún.
Media hora antes, aquel hombre gris que pasaba desapercibido entre la multitud, compraba en un supermercado de Valterra, silbando una canción que había escuchado en la televisión.
Algunos kilómetros más allá, una guerrera se alzaba ante una silla de madera vieja, dejando caer unas pesadas cuerdas que fueron atadas con torpeza. No hacía falta ser un Houdini para optar a una liberación con éxito, se ve que todos los supuestos crímenes perfectos tienen alguna fisura, casi siempre en los aspectos más básicos. Ahora quedaba organizarse antes de que él regresara con más comida ¿Qué la despertó? La manzana podrida que vio en la cesta de la cocina ¿Realmente iba a consentir que alguien hiciese eso con ella? Toda esa belleza arrebatada, el sabor dulce sustituido por un amargo desagradable. No, no pensaba correr la misma suerte. Dejaría las lágrimas para el psicólogo, cuando ya estuviese fuera de aquella pesadilla.
El sonido de las llaves, la puerta abriéndose.
La figura gris que rondaba por las calles sin protagonismo alguno, se convertía en un imponente adversario nada más pisar su casa, lejos de toda mirada curiosa. Dejó la bolsa con comida en la mesa del comedor, junto a su cartera y fue directo a la cocina a servirse un vaso de agua. Elsa, con la espalda pegada a la pared, cerraba sus manos en torno al mango de un sartén.
- Pero ¿qué estás...?
No le dio tiempo a más, un golpe de frío metal hizo que una violenta erupción de sangre explotase de su fosa nasal. Un golpe más lo hizo caer, y otro lo dejó al borde de la oscuridad del inconsciente. Murmuraba cosas ininteligibles, al tiempo que ella dejaba el sartén salpicado sobre la mesa. Se dispuso a buscar la salida, pero algo la detuvo. Una parte de ella ansiaba la merecida libertad, deseaba huir de aquella cárcel improvisada. Pero otra pensaba con más frialdad y susurraba una idea que podría evitar que tal circunstancia se repitiese con otra pobre chica.
Se dio media vuelta y corrió al comedor. Desde allí pudo verlo aún tumbado con medio cuerpo dentro de la cocina de baldosas anaranjadas, balbuceando palabras sin nexo alguno. Cogió la cartera de la mesa y le arrebató el carné de identidad, que se guardó en los pantalones con suma satisfacción. El resto fue abrir la puerta y echar a correr. Aquel enfermo no tenía vecinos cercanos, por lo que tardó en llegar a la capital. Algunos que la vieron desde sus coches asumieron que se trataba de una pobre drogadicta. Mientras, ella, tambaleándose de una calle o otra, fue arrancando de las paredes los carteles que veía, concretamente esos en los que salía una foto en blanco y negro de ella. A la primera persona que abrazó fue a su hermano pequeño. Cuento la liberación de Elsa con el motivo de regalar un descanso, ya que necesitamos, merecemos, que historias como estas tengan un final feliz.
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