PRIMER PLANO | Vecinos y juerguistas en el centro de Arrecife

Villabajo 0 Villarriba 1

Orillada en la calle, Isabel se desboca: “Esta juventud está desorbitada. El centro de Arrecife no puede estar así y los vecinos no tienen por qué tolerar esto. Es una ordinariez ver a esos hombres bebiendo por la calle...”. Dos horas más tarde, el presunto ordinario deja el ron sobre la acera y toma la palabra: “Que se pongan tapones, hombre. La juventud también tiene derecho a disfrutar”. Alegría. E insomnio...

M. J. Tabar
[Lunes, 1 de octubre de 2007] [07.00]

¿Estamos acústicamente saturados? ¿O socialmente revenidos? El pasado viernes 28 de septiembre, la luna (con su cadera derecha parcialmente pellizcada) consiguió zafarse de un nubarrón y alumbró la noche de Arrecife. La del Parque Islas Canarias, con olor a papas locas y la del quiosco del Parador que a esas horas cambia el dominó por la chuletada. La noche de Los Ángeles, con terrazas donde el chiste muere ahogado por un tubo de escape que soliviantaría la mesura del mismísimo Dalai Lama.

Por la calle José Antonio no se pasea. Ni de noche, ni de día. Las mañanas son para caminarla con paso de recluta en fila india. Las noches son para orinarla, cantarla, o utilizarla como catre provisional. A veces, para engallarse con el vecino, ponerse introspectivo o simplemente hablar. Cosas que hacen las almas corujas, los noctámbulos o cualquiera con ánimo de desfogue, curiosidad o profundo aburrimiento.

“Como trinque a alguno meando en el portal le doy un cogotazo que lo mando directo a comisaría”. Desde un primer piso, el Soldadito Marinero que suena en el bar de abajo se convierte en un zambombazo de decibelios que tiene ninguna similitud con un grumete remando en falua. Abajo se arriman los cachetes y se encariñan los ojos. Arriba, el vecino rezonga una maldición (#**@!?) y perjura tirar de los pelos al concejal responsable de semejante tormento.

“Que subvencionen dobles ventanas, hombre. Ya está bien de arreglar las cosas por las malas”. Rayco arruga el morro y resopla. Dice que entiende el mosqueo vecinal pero que el Ayuntamiento tiene escasos dedos de frente. Que la vida (y la fiesta) está en el centro y que a este paso el cogollo capitalino será un Manhattan chico y feo, con oficinas y cuatro palmeras desmochadas. Su teoría: quien tiene un piso en pleno centro capitalino disfruta de unos privilegios de los que otros carecen. Conclusión: “Apechuguen con el ruido”.

Empatía

En el número 80 vive una familia un tanto incapaz de conformarse. Han puesto dos denuncias por la escandalera. La madre tiene oído fino y sufre. El hijo, en edad de ser usuario del ambiente criticado por sus padres, se encoge de hombros y confiesa haberse acostumbrado al barullo. De hecho, de vez en cuando, se da una vuelta por los bajos de su casa a ver qué se cuece.

Un portero con dimensiones sobrenaturales, al que uno mira con la boca abierta porque de repente parece estar en un museo de ciencias naturales, frente a otra rama evolutiva de los homínidos, impide el paso a un señor con playeras. Lleva las mismas que todo el mundo, pero el susodicho tiene la tediosa costumbre de ponerse como un atún y zumbar alrededor de las mujeres protuberantes, con lo que la propiedad prefiere impedirle la entrada reservándose un mal entendido derecho de admisión.

- Mira, ¿qué pasa, ñmh?

[El censurado se tambalea y arquea las cejas para poner cara de 'A mi que me registren'. Efectivamente, nunca ha roto ni un tazón de cereales, pero su donjuanismo nocturno francamente estorba]

- Que no puedes entrar, Apártate, que en la entrada molestas.

[El del pinganillo, imperturbable. Sin ganas de mover el brazo para bregar con tan poca cosa]

En la vecindad de ‘arriba' está Pedro, de cuyo apellido prefiere no hacerse eco. Procura ponerse en el pellejo de la juventud, pero se le hace cuesta arriba. Poco tiene de divino tesoro el que berrea bajo su balcón y juega a tocar los timbres. No le faltan ganas de coger un megáfono para gritar “pío, pío” a dos centímetros de esas orejas que considera egoístas. “No se me pone irme al estadio a gritar. Me da la gana taladrarte la oreja, aquí al lado de tu cama”. A ver qué pasaría...

Ebrios de vacilón y botellines, a un par de treinteañeros de “abajo” les da por cruzar el umbral de la hipérbole: “Chachochachochacho, cualquier día de estos montan una brigada ciudadana y viene una vieja a dispersarnos con una sartén”. A la que podría ser la señora en cuestión, la gracia le provoca poca ídem. Dos horas antes y cuestionada en semejantes términos, responde con un tajo: “Mira, no estamos para tonterías”. Quiere dejar de sobresaltarse por las explosiones de cristales y los barritos de mamut en celo (“es que gritan como si se fueran a matar entre ellos”).

Por la vía rápida

La calle José Antonio aguanta impertérrita los cambios de nombre del mismísimo Generalísimo Franco y del colegio que hasta hace unos meses honraba al militar Sanjurjo, pamplonés y chaquetero como él sólo. Pero, tras años de quejas vecinales puede que cambie su fisonomía y su sentido, por la vía prohibitiva.

Queda la sensación de que la convivencia, la compatibilidad o la coexistencia son términos bíblicos y ñoños, que sólo adquieren significado en las teleseries norteamericanas. Que los vecinos no piensan mover un dedo para salvaguardarse del ruido y que los ociosos continuarán dando rienda suelta a sus instintos. Más o menos educadamente.

Que hay toxicómanos alrededor de un pino, se tala el árbol (ya se hizo). Que hay motos testarudas que quebrantan la paz en el Charco, se detienen y se conduce a los pilotos hasta un circuito en el extrarradio. Allá se encontrarán con un partido de fútbol (trasladado de un parque para evitar balonazos) o un centro de menores (donde Cristo perdió las cholas, no vaya a ser que se integren) Todo lo que molesta, se exilia y se aleja del centro. Con una lógica que asusta a más de uno. Y a más de dos.

Villarriba está hasta el moño del derecho a la diversión de Villabajo. Y a Villabajo le importan cuatro pepinos que a los de Villarriba les salga una úlcera por el estrés. La saturación acústica es un hecho, medido por una máquina llamada Sistema de Gestión Medioambiental (SGM), que tiene un marcador digital colocado en lo alto de las discotecas. El individualismo y el hagoloquemevienenganismo no hay forma de cuantificarlos. Si la hubiera, el artilugio en cuestión reventaría del susto.

 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

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