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Puerto Naos sufre y lo hace con menos silencio que nunca. El muelle lleva décadas padeciendo calamidades: le quitaron sus sardinales, abandonaron sus conserveras y desguazaron sus barcos. Sus, dice la gente, porque el puerto tiene personalidad propia. El día de los Dolores, quizás para honrar a la Virgen, amaneció cansado y mohíno.
“Nos han dado un caladero que no vale para nada”. El horno del patrón de la Cofradía de Pescadores de San Ginés, Salvador Toledo, no está para bollos. En aguas saharauis los manchones de atún son pepitas de plata dificilísimas de encontrar, y no precisamente porque estos teleósteos sean escurridizos (al contrario, hablamos de un pescado ingenuo que confunde el vientre de un barco con una ballena y se deja atrapar mansamente en las redes). Simplemente, el radar no los detecta porque no existen.
No están.
No hay captura, no hay sueldo.
Joaquín se cruza de piernas y aguarda mientras confía en que se despiste algún sargo. “Esto está un poco sucio, pero bueno, pesco más para pasar el rato que para comer...”, cuenta, con el ojo cucado al sol. Es gallego y lleva 10 años viviendo en Lanzarote, escuchando las noticias que traen los pescadores cuando se arriman al muelle. “Dicen que la cosa está muy floja y que no tienen ni para sueldos”.
Las gaviotas planean, chillonas y plañideras, como si quisieran subrayar con su graznido el pesimismo que hiere el ambiente. Un ave llega hasta el varadero, se posa sobre el armazón de un viejo barco y pasea sus pechugas sobre el esqueleto de madera podrida. “Esto es un auténtico cementerio”, lamenta un motorista que todos los fines de semana visita invariablemente el muelle antes de entregarse a una ronda de cerveza.
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El Alde Izar, un pesquero de Bermeo (Vizcaya) con dos marineros senegales abordo está preparándose para partir. Es el único latido del puerto. Venden una dorada lustrosa y de saludable mirada, a 5 euros. Dos hombres que contemplan las maniobras del barco, se bajan del todoterreno y compran una pieza. “Vete a buscar una de estas al supermercado, a ver cuánto te cobran...”, rezongan. “Dicen que ya no hay pesca. Claro... ¿y quién se ha cargado los caladeros?”, argumentan mientras guardan su cena en el maletero. “Nosotros mismos. O los españoles que han venido a pescar aquí, da igual. Todos hemos cogido peces así de chicos”, dice señalando el tamaño de un dedo meñique.
Rusia y los gallos nocturnos
La quinta alma que palpita en Puerto Naos es una mujer rusa. ¿Edad? Indefinida. Sus años están camuflados bajo todos los refajos, sayos, combinaciones, batines y chaquetones que luce bajo la solaja. No habla ni una sola palabra de español. Todos los días, desde hace una eternidad, se sienta junto al farito verde con una bolsa de gambas y una garrafa llena de agua. Esperando que piquen.
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En lontananza, el Castillo de San José se achica con la presencia del muelle de contenedores, que de vez en cuando chirría como si alguien estuviera girando los goznes de la Tierra. Las grúas se mueven con lentitud de dinosaurio porque el firme está estropeado y los operarios no pueden hacer más virguerías.
Naos llora cada fin de semana, cuando llega el viernes y la explanada se le llena de gallitos de corral que conducen naves espaciales, otrora coches, con la barbilla erguida porque apenas alcanzan a pisar los pedales.
Otros riegan la nocturnidad con cerveza y las parejas arriman las carnes en el asiento del vehículo, esquivando la palanca de cambios y procurando no desconcentrarse con la serenata de pitas que les regalan los vecinos del aparcamiento. Al muelle siempre le ha gustado ser abrigo de juerga y juventud, pero lo que no tolera es que un Seat León se dé un chapuzón en sus aguas.
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Puerto Naos también se la tiene guardada al propietario de las Salinas (Bien de Interés Cultural, por si alguien tiene a bien enterarse) que son el rincón más infecto del malecón. La desidia institucional ha convertido esta fábrica artesanal en un vertedero: hay calzoncillos sucios, un cinturón dorado arrebatado mejor no saber cómo, alivios orgánicos entorno a los que danzan varias moscas coreógrafas y una laguna verde (verde anticongelante, verde Fairy) que se ha formado por obra de las filtraciones del mar. Una versión dantesca del Charco de los Clicos.
Con P de Puerto
El Puerto se encoge de hombros cuando oye hablar del PIPA, el PUPA y el PEPA. Entre tantas ‘pes', alegaciones, abstracciones burocráticas y rellenos, las siglas le parecen un chiste de mal gusto. Y resulta que no lo es, que la Autoridad Portuaria de Las Palmas quiere construir un muelle de cruceros para que en 2018 quepan dos trasatlánticos.
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El empresariado local en cambio prefiere hacer un puerto deportivo donde Joaquín está tirando el anzuelo, y trasladar la fea descarga de mercancías hasta la bahía donde hoy se oxida el Telamón. Poner tiendas, adecentar el espacio, hacer un paseo con arboleda que conecte Costa Teguise con Arrecife, convertirlo en una postal retratable y, de paso, abrir la boca de Juan Rejón para que vuelvan a fluir, libérrimas, las aguas del Charco...
En lo que se perfila su futuro, Puerto Naos sigue suplicando que le draguen la mugre.
No se lamenta a voz en grito. Sólo cloquea con un suave chofchofchof de agüita entrechocando con el hormigón. Hasta que un día se canse y se levante en armas, harto de tomaduras de pelo, picarescas, individualismos y políticas pesqueras nefandas.
Ya no es el “muchacho juicioso que bajo nubes abigarradas y soles bárbaros” daba al Atlántico “lecciones de virtuosidad”, como retrató Agustín Espinosa en 1929. El chiquito se ha convertido en adulto revirado. Progresivamente amoscado porque sólo exige un poquito de respeto y no se lo dan. Respeto para sus instalaciones, para lo que fueron balandros y pailebotes, para lo que, si le dejan... podría llegar a ser.
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