
Aquellos ojos curiosos y, hasta cierto punto, atemorizados, se posaban sobre ella como titubeantes abejas sobre una deslumbrante flor. Aquello la incomodaba, más de lo debido, puesto que se trataban de tres chiquillos que rondarían los once años. Para una mujer tan curtida en lo inquietante como era ella, era de extrañar que su garganta se anudara ante esos espectadores improvisados, que la contemplaban al otro lado de una verja castigada por los años. Se concentró en ignorar tales miradas insistentes y siguió paseando un rato más por ese agradable parque anexo al hotel. Una fuerte bocanada de alivio la despojó de aquel ceño fruncido al mirar el reloj: eran las dos de la tarde. Pronto llegaría su amigo, ese que le invitó a pasar un fin de semana en Lanzarote, el mismo que, derrotado en un mar de lágrimas, le rogó que usase su don especial en esa delicada situación en el que se veía expuesto. Pobriño, comprendía su angustia.
Encontró una buena excusa para irse del parque, pues tenía que almorzar en el buffet del hotel antes de su encuentro amistoso. Volvió a mirar de reojo hacia los tres niños que hasta hace un momento la acosaban visualmente, pero se asombró al darse cuenta de que tanto ellos, como la verja que los encarcelaba al otro lado, había desaparecido.
Entró en el hotel, un edificio generoso en altura, orgulloso de su calculada elegancia. Caminó por aquellas impecables baldosas, con la confusión revoloteando alrededor de su cabeza. Llamó al ascensor, el restaurante se encontraba en uno de los últimos pisos. La cortina de metal se abrió, dejando ver, ante su atónito rostro, el cuerpo de un hombre tirado en el piso. Desaliñado, con una barba irregular, aquel hombre podía rondar los treinta y poco. No obstante, tanto su piel tostada, como su despliegue de arrugas prematuras, dejaban mostrar una edad mayor de la que realmente era. No estaba muerto, bajo aquellas ropas sucias se encontraba un pecho que se elevaba y se volvía a esconder. Cuando pudo cerrar la boca, desencajada por el asombro, entró en razón y acudió de inmediato a la recepcionista y así intentar socorrer a aquel pobre hombre.
Al final acabó subiendo al piso alto con más desconcierto si cabe, ya que, al regresar con la alarmada recepcionista, una joven llamada Natacha, encontraron el ascensor vacío. Puestos a revelar nombres, aclararé que nuestra protagonista se llama Fátima, la misma que, entre el piso sexto y el séptimo, llegó a la conclusión lógica de lo que estaba pasando.
Debido a esto, no le resultó chocante la siguiente escena: varios huéspedes del hotel, sirviéndose de generosos platos multicolor y multisabor, caminando entre mesas repletas de exquisita comida, mientras, en una esquina de aquel acogedor comedor, se encontraba un hombre sin camisa, descalzo, pinchándose una torturada vena con una jeringuilla. Fátima entornó los ojos y se atrevió a contar el gran número de moratones que decoraban su cuerpo, como si de tatuajes de mal gusto se tratara. Todo esto mientras se servía más arroz.
Un mensaje en el móvil: su amigo no podría verla hasta el día siguiente, le había surgido un trabajo de última hora, pero prometía presentarse a primera hora de la mañana. No le molestó dicho suceso, ya que estaba fascinada por la cara escondida de aquel establecimiento alojativo; podría recorrerse todos los pisos a la caza de más imágenes perturbadoras.
Más difícil resultó dormir aquella noche. Para esa hora, ella ya había abierto completamente su mente y podía ver más de lo que había deseado. Acurrucada entre cartones, sobre parte de un colchón repleto de manchones anaranjados, una prostituta arrepentida intentaba conciliar el sueño. Fátima había reparado en el indeseado oficio de aquella muchacha al verla tener relaciones sexuales con un hombre de unos cincuenta años. Esto, y mucho más, había podido contemplar, acostada en su cama de sábanas blancas. No salía de su asombro. Lo más inquietante de todo es que, en ocasiones, podía ver cómo todo su cuarto estaba calcinado, teñido de un negro ceniza. Sin embargo el dulce aroma del ambientador del baño seguía siendo lo único que podía oler.
A la mañana siguiente se reunió con su amigo. Estaba dispuesta a usar su excepcional don, lo que se traducía a describirle ciertas escenas, aquellas que sólo ella podría ver en la casa de la recientemente difunta madre de su amigo. Fátima era gallega, concretamente del pueblo de Meaño, en Pontevedra, no obstante gozaba de una gran fama entre muchas comisarías del país. Era una de las videntes que colaboraban en muchas ocasiones con la policía, su habilidad consistía en ver el pasado de ciertos lugares. Algunas viviendas eran más susceptibles de mostrar sus secretos que otras. Lo que ella nunca se planteó fue que un hotel tan lujoso contase con un pasado como aquel.
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