PRIMER PLANO | Arrecife no está pensado para pararse a vivir

Vuelta y vira

Ocurrió hace tres semanas, un mediodía de domingo que amaneció con un sol descarado y contestón. A la altura de la Plazuela una joven, vestida como las italianas que van de passeggiata por las tardes, avanza a pasos cortos. Va enhebrada del brazo a su compañero y mira las fachadas de las casas con los ojos muy abiertos. Su cara es un poema. La Iliada con sus 15.000 versos. “Perdone, ¿algún sitio para comer por aquí...?”.

María José Tabar
[Lunes, 10 de septiembre de 2007] [07.00]

El peatón cuestionado le recomienda una pizzería cercana, que alisa la base de la masa hasta convertirla en una oblea crujiente y generosa con el jamón de york. La pareja le agradece la orientación con efusividad y el arrecifeño, que es por naturaleza empático, sonríe: “Los domingos está todo muerto. Aquí cada cual se dedica a sus enseres o se va al campo”.

Efectivamente, a partir de las tres de la tarde del sábado, el centro capitalino se vacía de paseantes y el que no está al tanto de ese comportamiento social, se queda perplejo. Piensa uno en 35 milímetros y cree que han rociado las palmeras con gas sarín, que toda la vecindad se ha metido en un bunker y que es el único zoquete que va a morir.

A priori, es un misterio etnológico. Una isla soleada, con clima subtropical y unas viviendas que desprenden una cegadora luz merengue e invitan a sentarse junto a la puerta, bajo una cúpula de buganvillas. Una calle Real que es la carótida comercial, geográfica y social de Arrecife. El paraíso para el conchabeo callejero y la tertulia.

Y resulta que no. Que a excepción de los centinelas de la ciudad, maestros en driblar el sol y organizar un cabildito al amparo de cualquier pared, banco o escalón que se preste, no hay lugar para el ambiente cuando las campanas del Cabildo viejo repican dos veces.

Sábado, 8 de septiembre

El día amanece con esperanza, aunque las nubes espesas amenazan con adelantar el otoño y el olor a castañas asadas. Falsa alarma, a las diez de la mañana se disipan los nimbos y se aprecia el hormigueo en la calle Real y en toda la retícula de callejuelas que desembocan en ella.

Las nueve marcan el cortadito, o el leche leche para los más golosos. El carajillo para quien necesita una bomba que ponga en marcha su organismo. Otros desayunan a lo grande: una exquisita tortilla de cebolla desparramada sobre el plato, tostadas de jamón con tomate (bendecidas con ese aceite de oliva espeso y brillante que podría hacer volar un jumbo) o cruasanes a la plancha.

En el sexto día de la semana los titulares de la prensa adquieren más consistencia. El periódico se soba de mano en mano y se comenta con más fruición. Hay quien aprovecha para comprarse ropa y familias enteras se encuentran alrededor de una mesa, antes de llenar la nevera con ensalada y marchar a la costa. Otros llevan 20 años (casi 1.200 sábados) sentándose en la misma banqueta, bebiendo el mismo brebaje, saludando las mismas caras y, en cuanto se les presenta la ocasión, dando rienda suelta a la crítica y la nostalgia.

“A la Cafetería Brasilia nunca le ganó ninguna otra. Ahí daban la mejor ensaladilla rusa de Arrecife y solíamos comer vueltayvira ”. Se refiere Ginés de la Hoz, hijo del alcalde capitalino del mismo nombre, a una carne “riquísima” pasada brevemente por la plancha que era lo más degustado en la década de los 60. En el Mercadillo se reúne hoy una generación que conoció el Janubio, un bar que hace tres décadas servía vino y garbanzas. Donde estuvo esta cantina, varias maniquíes decapitadas lucen ahora el avance de la temporada otoño-invierno.

Se ha ganado enteros en moda, cajas de ahorro y electrónica a precios asequibles. Pero la calle Real ha sacrificado, incomprensiblemente para la mayoría, un espíritu conversador que la hacía única e irrepetible. Que se lo pregunten si no a la clientela fija de Los Alicantinos o a quienes se congregaban en la bodeguita que don Anastasio tenía en el bar el Parral. De aquellas tascas sólo sobrevive el Guanapay.

Puede parecer un misterio etnológico, pero tiene su explicación. Unos lo achacan al avance imparable de la sociedad moderna, a una juventud que prefiere gritarse una vez por semana, bajo los bafles de una discoteca, en vez de vacilar, hablar y contarse la vida cada tarde. “Yo bailaba aquí en el Mercadillo –dice Gines con una sacudida de risa–. Antes se salía todas las tardes, uno se echaba su vinito y hablaba”. Ahora, no hay tiempo, no hay ganas o no hay lugar donde hacerlo.

Las ganas de paliquear persisten, pero han menguado o se han visto encorsetadas a otros espacios. Hay historias chicas que aromatizan las calles y que ahora no encuentran su hueco, porque el Arrecife de 2007 no está pensado para pararse a vivir. “Está sucio, triste, abandonado”, murmura un parroquiano, mientras mordisquea un maní. Existe otra bullanga distinta, al socaire de la cerveza de importación y la ancha avenida del Reducto. Se agradece, pero da más qué pensar: “¿Quién ha matado la vida en el centro?”.

La burrita de la Recova

Este asesinato, perpetrado con ladina lentitud, ha llegado también a la Recova que se inauguró por imperativo electoral hace medio año. No ha funcionado. Los locales compran poco, los turistas también. “Ni siquiera los trabajadores del Ayuntamiento venían a tomarse el café”, comenta el padre de un chico que regenta un puesto. En la cafetería se ha colgado el cartel de “se traspasa”.

Se venden zapatos, artesanía de cuero, cojines con animados diseños, baba de caracol, incienso, gel de baño, batatas, vino, sandías y ricas hortalizas... Una mercancía que no termina de tener encaje porque ni satisface al que busca un mercado de abastos con productos frescos de la tierra, ni a quien quiere un mercadillo con souvenirs.

Este pasado sábado, el Ayuntamiento de Arrecife quiso insuflar vida a la Recova. La buena intención se concretó en una batucada que retumbó alegre en la calle Real, provocó alegría, flashes turísticos y excepcionalidad bien recibida. Varios turistas siguieron la comitiva timbalera, como los roedores hechizados por el flautista de Hamelin. Les condujeron hasta la Recova, dieron una vuelta despistados, escucharon la parranda y se fueron, sin tiempo a probar la paella que se ofrecía gratuitamente.

Hasta la burrita de Domingo, el maestro del disfraz carnavalero, parecía desorientada. Le habían cargado las alforjas con calabazas, piñas de millo y hasta un gallo, como icono reivindicativo. “¡Hay que levantar el mercado de Arrecife! ¡Recuperemos el mercado!”, gritaba el dueño, portavoz y voceador del deseo colectivo. Hubo un momento, al ritmo de las guitarras y los timples, en el que palpitó la posibilidad de compra y de encuentro.

El espejismo se disolvió en cuanto calló la parranda. Se descubrió que los pejines eran de la Pescadería Municipal, llevados extraordinariamente ese sábado para animar el escaparate. Lo mismo que los extraordinarios quesos de cabra. Todos de Tinajo.

De haber tenido algo que llevarse al hocico, la burrita se hubiera quedado un rato más. Haciendo compañía a un grupo de irreductibles conversadores en la calle Real. Pero la pesadez de los fechillos echados, los bancos al sol (o colocados, castigadores ellos, frente a una pared) y las terrazas replegadas la convenció de que convenía retirarse a tiempo. Antes de que Arrecife mismo la mandara a mudar de dos cachetazos de sopor vespertino. De un revés rápido, como el del ‘vuelta y vira' del Brasilia. Pero en amargo, claro.

 

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