PRIMER PLANO | Famara es el útero de la isla y no se entera

La antípoda de Finisterre

Si el Risco hablara, quitaría más de un hipo. Rompería pactos políticos y propiciaría noviazgos ignorados hasta entonces, sabría de cometas, de trenzar pulseras de cuero, aconsejaría sobre cómo superar un tumor en el pecho, señalaría a los avutardicidas que levantan nubes de tierra cabalgando sobre sus triciclos motorizados o vocearía la millonaria cifra que ha pagado un forastero por construir un chozo minimalista de tres alturas.

María José Tabar
[Lunes, 3 de septiembre de 2007] [07.40]

 

Hay días en los que el viento bufa sin piedad. Y pone bigudíes al océano para que los surferos disfruten. Son jornadas fieras, a veces soleadas, a veces cubiertas por un caparazón de nubes. El aire arrebata el aspecto de localidad turística al pueblo y, bien entrada la tarde, extirpa la plana mayor de sentimientos que el bañista alberga en el vestíbulo del estómago.

Primero evacua los desvelos más terrenales. Luego, y si uno se descuida, ve desfilando ante sí una sarta de recuerdos, sacados de vayan a saber dónde. Para simular autocontrol y regresar al mundo práctico, uno traga saliva y se embadurna los hombros con leche de aloe vera. No funciona. La mente ordena al dedo gordo del pie que juguetee con un alga. Tampoco.

-  Qué pasada, ¿no? ¡Qué viento!

[Una chica madrileña de recién estrenados 29 años con su amiga, también de la capital española. Las dos comen arena y se desfiguran la cara con muecas de disgusto absoluto]

-  Tía, además hay bandera roja. Yo no me meto.

-  Qué sí, mujer, qué sí. Un bañito y nos vamos a comer.

[Caminan hacia la orilla, fustigadas por los granos de materia. Intentan sonreír. Llevan sendos bikinis. Uno estampado y barroco. El otro, amarrado a la cartuchera con un hilo de lycra que campanillea dos racimos de conchitas de plástico. Avanzan con el agua hasta las rodillas, con la torpeza del recién llegado. La corriente no tiene en cuenta su condición novel y las zambulle en contra de su voluntad. Emergen desorientadas y con la lección aprendida: los sujetadores son trastos inútiles]

Los caleteros prefieren quedarse cerca de sus postigos. Haciendo arroz a la sombra, alegando con el vecino, limpiando la barca a manguerazos, hablando de Inalsa y de los 2.500 euros que traen ahora las cigüeñas socialistas desde París.

Los propios niños son más sobrios que esos hombres de pelambre en la pechera que conocen Famara por primera vez. Muchos llegan recomendados por las voces de sus chacras, enamorados de la energía universal o de una espiritualidad que cada alma interpreta como puede. Cuando muere el día, unos dibujan espirales en el suelo, otros se yerguen frente al mar, en un ritual pagano y serio que es contemplado por los viejos del lugar con cierta chufla.

Las casas más viejas, desocupadas y desmenuzadas por años de salitre, permanecen en silencio mientras dos niños les lanzan cáscaras de pipas fallecidas. El Risco luce tupé de bruma y se ríe por lo bajo cuando le llega el eco de alguna tertulia animada por el ron.

Cuando la jurela se vendía a cuatro cuartos de peseta, La Caleta no estaba acostumbrada a que las mujeres retozasen entre las olas con los pechos al aire. De hecho, todos los que regían bien su palomar mental sabían que la playa grande estaba demasiado expuesta a un tiempo que siempre ha sido desabrido y soplón como él solo. Famara entonces escupía pescado y punto.

Un siglo más tarde, la playa da más redes de plástico que segundos platos ricos en calcio. No obstante en los bares del pueblo se fríen más que nunca los parabienes marinos. Se planchan, se remojan en limón y se adornan con collares de papas. La Caleta es una olla de turistas que descansan con pantalones flojos y de lino, y de visitantes peninsulares que escudriñan el atardecer perfecto.

 

Los oficinistas que trabajan en Arrecife buscan relajo de fin de semana, los chinijos van a capturar jacas peludas entre las rocas y los adolescentes saben que en cuanto el año dobla la esquina de julio, aquí se localiza el epicentro de un cierto terremoto carnal: pantalones con longitud de braga y pantorrillas que compiten en color cobrizo.

-  Niña... el potaje.

[Una abuela con aspecto de secuoya se mantiene en modo ‘ahorro de energía']

[Silencio de cinco minutos. Y a la señora, sentada frente a la puerta de su casa, no le da la gana de cloquear más alto]

[Pasan tres coches de Cabrera Medina y un todo terreno con testuz de búfalo. Aparece la nieta]

-  Chacha, güela ¡que te vas a quedar tiesa todo el día sentada en la silla esa...!

[La abuela arquea una ceja. Mastica una respuesta inaudible, decidida a no moverse de la silla, hasta que la despendolada chinija no sirva el puchero]

En Famara no se hace borrón y cuenta nueva. Todas las huellas quedan registradas en el aire: las oraciones de los frailes franciscanos en el siglo XVIII, el PRUG, el PIOT, la verbena, la chuleta trasquilada en un asadero, la depresión postvacacional y hasta la felicidad total.

Los que se quedan, se encogen de hombros y se van a dormir con aspecto de saber achicar penas. Los que se van, por esa carretera de colinas hundidas, sacan el cogote por la ventanilla para poder despedirse de una Famara maciza y etérea. Sólida, consistente, de piedra dura y prieta. Tan marinera, como política. Con tanto poder que chupa nadadores incautos y secuestra la conciencia con un nosequequéseyo. Si el mundo termina, todavía hoy, en las aguas oscuras del cabo de Finisterre, es porque resucita en Famara, 5.500 millas más al Sur. Famara es el útero de la isla. Claro que, de pura humildad, no se enterará nunca.

 

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