Mi gran amigo Crunchi

 

Arón Cruz

[Martes, 17 de julio de 2007]

 

 

Cerró la puerta bruscamente y lo único que escuchó fue el sonido de la tele. Esa noche tocaba partido, y encima de los importantes, por lo que, fuese quién fuese, tendría que ceder el mando a distancia en cuestión de media hora. Dejó las llaves y la cartera en el cajón de la mesa que tenía en recibidor, al mismo tiempo comenzó a llamar a su mujer, pero no contestaba. O bien lo estaba ignorando, o bien el sonido del televisor estaba demasiado alto como para escucharlo. Sea cual sea la opción, le repateaba al máximo que nadie le prestase atención. Tal vez se trataba del pequeño de la casa. Acudió de inmediato al salón, dispuesto a pegar unos cuantos gritos. No obstante, nada más llegar al umbral de la puerta, cualquier atisbo de queja se evaporó de sus labios, es más, se tragó la frase que pensaba vociferar.

No era su mujer, ni tampoco su hijo. Parpadeó varias veces y sacudió su confusa cabeza, pero aquella visión no parecía abandonar la casa. Allí, sentado en el cómodo sofá verde, había un oso de color rosa, con uno de esos típicos gorros de cumpleaños, de color amarillo. Sí, ya saben, de esos de forma cónica y que se sujetan con un hilo. El imponente animal parecía obviar su naturaleza, algo que quedaba bien claro al presenciar su actitud propia de humanos. Leandro, que así se llamaba el horrorizado hombre, se sobrecogió aún más al ver que su invitado sorpresa se percataba de su presencia. Éste cogió el mando a distancia que tenía a su lado y apagó la tele.

- Muy bien, contigo quería hablar.- Aclaró el oso, arrugando su nariz de color azul.

Se incorporó, como un titán de frondoso pelaje. Leandro dio unos pasos hacia atrás, ahogado en su profundo temor. Bum, bum, bum. Cada paso que daba aquel ser hacía temblar los cuadros de la pared. Bajó la cabeza al pasar por debajo de la puerta y agarró a su anfitrión por los hombros, se podría decir que lo estrujó un poco. Éste no hizo otra cosa que comenzar a tartamudear, pero de poco sirvió. Aquel coloso rosado lo lanzó por el pasillo, con una fuerza sobrehumana. Bum, bum, bum, bum, bum. Lo miró desde lo alto, con una mueca de desagrado. Leandro comenzó a lloriquear, aún más cuando vio que le cogía el brazo. Una enorme mano lo sujetaba, mientras que la otra se cerraba en torno a uno de sus dedos, concretamente por el meñique. Crac. Un grito de dolor. Le había partido el dedo en un abrir y cerrar de ojos, como el que parte una rama seca caminando por el campo. Crac. Otro dedo fragmentado, otro grito agónico. No dejó ninguno intacto. Cuando sintió que había terminado, lo levantó en peso y lo llevó hacia el dormitorio.

- Ahora vas a hacer la maleta y te vas a ir de esta casa, y de esta isla.- Le ordenó. Leandro aún seguía gritando, observando todos los dedos caídos hacia el lado contrario.- Y no te quejes, Dios te dio dos manos, utiliza la otra.

Mientras él seguía sus órdenes, el pesado animal leía una revista del corazón, ignorando los gemidos entrecortados del humano. Fue mirando un reportaje sobre el Caso Malaya cuando se dio cuenta de que la maleta estaba cerrada. La cogió y agarró a Leandro por la camisa, levantándolo como se levanta un gato por el lomo. Bum, bum, bum, bum, bum, bum. Lo echó en el suelo del recibidor como un trasto viejo, el dolorido hombre se agarró la entumecida mano, abrazándola como si de una mascota malherida se tratase.

- Bien, ya no pegarás a ninguna mujer más con esa mano. Ahora quiero que te marches. Piensa que, cuánto más lejos te vayas, más me costará encontrarte. Olvídate de que tu esposa y tu hijo existen, los dos estarán mejor sin ti. En unas horas, cuando estés en otro aeropuerto, quiero que llames a tu mujer y le digas que te has ido para no volver. No le digas donde te encuentras porque entonces yo lo sabré. Tranquilo, ella no insistirá mucho. Ahora, lárgate.

Aproximadamente dos horas después, llegaron Teresa y su hijo Leo. Ella se sintió aliviada de poder quitarse las gafas de sol que había tenido que llevar, incluso habiendo nubes grises sobre el cielo. Llamó a Leandro al móvil pero estaba apagado, aún faltaba un rato para que el espantado esposo diese señales de vida a través de una breve llamada. El pequeño Leo se pasó gran parte del tiempo en su cuarto, escuchando lo que le contaba su peludo amigo invisible. El oso de color rosado aparecía en muchos de sus dibujos y, como agradecimiento a tal cantidad de generosos retratos, decidió echarle una mano. Así era Crunchi, el mejor amigo que alguien podía tener.

 

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