
Mi primer polvo fue un asco, subrayando el tópico, ni siquiera me corrí, ella lloró un poco, no digo que decepcionada aunque el hecho de que después no quisiera verme durante años me dio que pensar. Hace algunos meses me la encontré por casualidad en un centro comercial con sus trillizos y hablamos de los viejos tiempos: - No me decepcionaste bobo, en realidad no cabía de tanto amor. Es lo que ocurre con la psicología femenina, para cuando la descifras ya pasas más tiempo de compras que follando y claro, es muy tarde. Recuerdo que después de aquella primera experiencia sexual me desanimé un poco. Entonces conocí a Lis. Los dos preparábamos el año de acceso a la universidad. Lis era muy guapa y muy impulsiva. En el entierro de mi madre me confesó que nunca había sido fiel pero que me quería, me pidió que tratara de no hacer una escenita y me conminó a parar de llorar. Cuando le dije que lloraba por mi madre no por ella, me golpeó en la cara y se fue diciendo:-Todos los hombres sois iguales, no podéis olvidaros ni por un momento de mamá, por eso nunca podréis amar- Era una auténtica teórica del amor, feminista y además con principios, de porqué acabó con familia numerosa y criando cerdos en un pueblo de la Extremadura profunda no se sabe gran cosa, aunque parece que a partir de los 35 tuvo problemas con la dieta y decidió desaparecer. Pobres intelectuales feministas, pronto acaban comprendiendo que ni siquiera ellas escapan al poder de la contradicción del Estado patriarcal. Y ya ven, así, sin mamá y sin mujer me planté en la universidad. Allí conocí a Rose. Rose era fantástica, tenía una conversación imparable y deliciosa, y lo mejor, una lascivia sin parangón. Una noche, después de haber hecho puré una edición en braille del kamasutra y mientras tomábamos vino desnudos frente a la chimenea y comentábamos nuestros proyectos, me atrevo y le digo - Mi vida, es la primera vez que me pasa esto pero... te quiero, creo que me he enamorado de ti... y es fantástico. A lo que ella me contestó - Esto..., sí es genial, sí, yo también tengo algo para ti, verás, Marco, mi profesor italiano de buceo, quiere llevarme a Tahití, al parecer los fondos son cojonudos y hay pulpos de metros, sí de verdad me quieres tanto ¿me harías el favor de quedarte con mi tortuguita venenosa mexicana? Ya les digo, ¿han cuidado alguna vez a una tortuguita mexicana de esas?, no lo recomiendo, es como un piesnegros de compañero de cuarto sólo que come la mitad y no toca la flauta (se limita a hacer lo propio con los huevos). Al cabo de unos meses recibí una postal de Tahití, al parecer los pulpos gigantes habían causado tal fascinación en Rose que había decidido dedicar su vida a estudiarlos a fondo. Como comprenderán no podía sentirme más desolado. Debo reconocer que hubo algunos momentos duros, pero llegué a estar agradecido por tener al menos una válvula de escape para mi afecto, de compartir mi vida con algo, aunque fuera una tortuga. Pero incluso ella acabó abandonándome. En la carta que dejó me explicaba que no aguantaba más a un repugnante capitalista como yo y que se iba a una charca okupa, "allí por lo menos el vino es de cartón y proletario, como debe ser". Fue entonces cuando pensé en suicidarme. Pero cuando ya lo daba todo por perdido apareció Natacha. A Natacha la conocí en un concierto por el 0´7, era una revolucionaria, una incendiaria, sin embargo no llegué a comprender bien el sentido de su lucha hasta que, en un arranque de sinceridad rebelde, me confesó que se había enamorado de mí porque le recordaba a una causa perdida. La primera vez que fui a su casa, una vieja mansión que compartía con diez comprometidos más, no se me olvidará en la vida. Cuando entré en su cuarto me llevé toda una sorpresa. El habitáculo, de dos metros cuadrados y sin ventanas, era una especie de capilla comunista. A mi alrededor se abría un collage de pósteres de revolucionarios y cantautores, literatura rebelde, fanzines contraculturales equilibrando la pata de la cama, en fin, ya saben, inciensos asfixiantes, atrapasueños de gallina, velas violetas, duendes en pelotas..., hasta ahí todo bien. Pero luego empezamos a follar y por supuesto empezaron los problemas. Confieso que me costaba concentrarme, cada vez que cambiábamos de postura y abría los ojos, un tipo diferente me miraba con cara de profundidad crítica. ¿A usted no le costaría echar un polvo sabiendo que el subcomandante Marcos, el Ché y Atahualpa Yupanqui no apartan los ojos de su culo? -Cariño- le dije- ¿ podemos apagar la luz?, es que me siento culpable sabes, esos tíos tan sufridos y yo aquí, revolcándome como una lombriz. La reacción de Natacha fue la de quién acaba de dar con el sentido de toda su vida, - ajá¡¡, con que eres un asqueroso prosistema¡, ¡un maldito neocon!, eh? . Con esto les digo todo, tiempo después me enteré de que Natacha para resarcirse había estado difundiendo ciertos rumores sobre mí. Decía a todos que yo era homosexual, que tenía que ser así, ¿cómo iba a ser que a un hombre no se le levantara delante del Ché?, era su teoría y claro, como ella era la teórica social y no yo, la dejé hacer. A partir de ahí mi vida tomó un rumbo nada prometedor. Acabé la licenciatura sin mucho convencimiento y como ven, con la esperanza en el amor completamente perdida. Huérfano, soltero, parado y presuntamente homosexual, el kit conceptual del hetero-pajero at eternium.
Sin embargo conseguí un buen trabajo meses después de salir de la Universidad, alquilé un bonito apartamento en el casco viejo del centro y la cosa empezó a remontar. Estaba tan entusiasmado que incluso me apunté a clases de piano. Así permanecí durante dos años de bienhechora soltería, optimista y sereno, tanto que pensé que después de todo había conseguido el equilibrio. No había de durar mucho. Aquel noviembre mi octogenaria profesora de piano decidió irse a Bruselas de vacaciones dejando a una compañera del conservatorio como sustituta, y ahí apareció Kim Chang. Su nombre era un misterio. Al principio, cuando mi profesora me la mentó, pensé que se trataba de una oriental, tal vez coreana, pues no, Kim era de Albacete y lo único relacionado que pude sacarle es que su padre lo había perdido todo en el pueblo jugando a los chinos, pero fue siempre muy escrupulosa en ese punto y nunca me aclaró. Dios mío, Kim era la mujer más hermosa que yo había visto en toda mi vida, su tez parecía de cristal blanco, con unos ojos profundos y rabiosamente negros, sus pechos, dios mío, sus pechos, he de decir que desde el primer momento entre sus pechos y yo se estableció toda una conexión telepática, tanto que durante unos meses no pude articular una frase que no empezara por la palabra pechos (afortunadamente acudía entonces con frecuencia al psicoterapeuta, quién me quitó el horrible tic enseñándome un sujetador de su bisabuela, - en estos casos no hay nada como la terapia de choque, me decía el psicogaleno). Fue un flechazo, de eso estoy seguro, y aunque tenía treinta y nueve años más que yo, la primera clase me bastó para saber que estaba enamorado de ella. Desde ese día tuve la oportunidad frecuente de estar a menos de una octava de su escote, y es que eran dos sostenidos pechos capaces de convertir el mi menor en un si mayor en menos de un compás de tres por cuatro. Con ella exploré el delicado vínculo que existe entre el sexo y la música. De hecho una de sus fantasías, y que acabamos haciendo realidad en más de una ocasión, era follar en lugares excéntricos escuchando una mezcla realizada por ella misma en la que aparecían temas de Marilyn Mason, Bach y Falete en secuencias alternantes de 15 segundos. Era, me decía, su particular visión del caos, un fenómeno que entre otras cosas, le parecía de lo más cachondo. No recuerdo cuanto tiempo estuve nadando en las mieles del sexo maduro, simplemente era feliz y me dejaba llevar. Hasta que llegó la televisión por cable. Es absurdo pensarán, pero sí. La culpa la tuvo aquella maldita reposición de Cocoon en el canal geriátrico. De repente a Kim le dio por pensar que los delfines eran en realidad extraterrestres que querían comunicarse con nosotros para llevarnos a un planeta donde no envejeceríamos nunca. Yo no le presté mayor atención, acostumbrado a sus extravagancias ni siquiera sospeché cuando la vi salir de la casa vestida con un traje espacial y con las maletas hechas. - Adiós mi querido pianista, acuérdate de sacar la basura, te enviaré una postal en cuanto llegue a Andrómeda- fue lo último que le oí decir. No volví a saber de ella, aunque poco después me enteré por el telediario que unos estafadores, pertenecientes a una secta alemana que creía en la procedencia extraterrestre de mamíferos marinos, habían metido a un montón de viejos y a unos cuantos delfines en un cohete de corcho en medio del Atlántico y los habían mandado a freír espárragos con cincuenta kilos de trilita. Según la noticia, sólo la dentadura postiza de uno de los tripulantes fue capaz de llegar a su destino. Los estafadores fueron detenidos bajo la acusación de cobrar los 350.000 euros del pasaje sin incluir el seguro obligatorio de viajeros. Nunca supe si Kim fue uno de aquellos desafortunados aeronautas pero lo cierto es que nunca más volví a verla.
Volvía a pasar lo de siempre y yo volvía a estar solo, sin embargo, esta vez, algo se despertó en mí. Vendí todo lo que tenía, incluida la casa de Kim y la casa de mis padres (me imagino la cara del viejo cuando llegó de las vacaciones), compré una licencia al gobierno de Chile para pescar salmones esa temporada y me fui al otro lado del mundo a empezar una nueva etapa. Ahora vivo en una cabaña frente al Pacífico, al sur del Bio-Bio en pleno bosque austral, mi única compañía son unos extraordinarios perros de Alaska y me dedico mitad del año a pescar y la otra a escribir y a invernar. Pienso con frecuencia en mi agitada vida amorosa y la verdad, es algo que ya no me duele. Tal vez lo peor de la hiel del amor sea eso, pronto te acostumbras a su sabor y al cabo, ni te enteras. Ya no pienso en suicidarme, ni en batir records en ingestión de barbitúricos o cosas así, ahora cada vez que me invade la ingratidáo do carinho me vienen a la cabeza temas de Metheny o de Jobim y salgo a acariciar y pasear a mis perros.
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