
Las teclas del piano eran sus entusiastas compañeras en cada experiencia positiva. Buscando algún nexo en los recovecos de su memoria, se dio cuenta de que cierto recuerdo podría tener una relación importante con tal hecho: su tío Esteban estuvo viviendo en casa con ella y sus padres durante una larga temporada, en la época en la que ella abría la palma de una de sus manos cuando algún adulto atontado le preguntaba la edad. Esteban era un virtuoso del piano, o eso pensaba él, por lo que alimentaba su fantasía con un teclado repleto de pegatinas. Fue gracias a él que en el familiar hogar comenzó a sonar muchas cintas de cassette, con pianistas generosos de compartir su arte a un precio más que razonable. Fue una gran época y, debido a ello, Sandra suele escuchar una dulce melodía de piano siempre que se siente victoriosa en algún aspecto de su vida.
Sentada en la toalla, admirando el burbujeante oleaje que acosaba la playa de Famara, a base de golpes toscos, no se sentía victoriosa. Cada vez que bajaba el libro que tenía entre manos contemplaba el bravo mar, y sentía que aquella imagen correspondía con lo que debía de materializarse en su interior, cada vez que Don Camilo escupía sus sentencias hirientes. “Debería cerrar más las piernas y abrir un buen libro, señorita.” le dijo a una atónita compañera. Una punzada de dolor le alertó de que había cerrado el puño con demasiada fuerza.
Regresó a casa con el pelo rociado por el salitre, la ducha fue su inminente meta. Desnuda, bajo decenas de hilos cristalinos, recapacitó en el asunto. Debía de existir una solución, no podía conformarse con bajar la cabeza o mirar hacia otro lado, como si no pasase. Se estaba enjabonando el brazo izquierdo cuando recordó el panel que habían puesto recientemente, ese donde todos podían dejar relatos cortos, opiniones, fotografías de viajes de fin de curso, un hueco para todo aquel que quisiese regalar alguna declaración de amor furtiva, alguna queja sobre la baja calidad de las fotocopias... Levantó una ceja. “De sus labios no salen más que estupideces, no sabía que las lobotomías fuesen un servicio escolar más.” le soltó a otra. Sandra se pasó varias horas de aquella noche ante el ordenador. Quería ser sutil, pero sin dejar de decir las cosas claras. No iba a darle la satisfacción de acusarla de vulgaridad, pensaba ser afilada pero elegante en su exposición.
Don Camilo era un troll de grandes orejas y generosa papada, la cual caía sin remedio sobre su pecho, acallando los leves graznidos de su corazón negro. Gran parte de su injustificada edad la había pasado atormentando diferentes institutos de Lanzarote con su avinagrada sombra. Su conocimiento en la materia era tan extenso como el desprecio hacia sus alumnas. Nadie parecía reprocharle su acusada misoginia, al ser un profesor veterano, ningún otro osaba recriminarle sus inmorales métodos de enseñanza. Su influencia era tal que, de proponérselo, podía acabar con la vida académica de alguna muchacha en un chasquido de dedos. Con el paso de los años había perfeccionado cientos de formas de cómo humillar a una mujer, es bien sabido que ninguna ha podido sacar notas tan altas como cualquier hombre. “Podría informarle a sus padres que el emparejamiento entre primos no es recomendable, puede dar como resultado gente como usted”.
Al día siguiente la gente se amontaba ante el panel, leyendo el texto que Sandra había clavado con siete chinchetas. Risas, sonrisas cómplices, comentarios varios. Ella había dejado bien claro la autoría de tal opinión, por lo que muchos otros estudiantes la felicitaban por los pasillos. De pronto fue la chica más popular del instituto, y sin tener que acostarse con nadie, lo que insuflaba más su orgullo. Algún que otro profesor le dio una palmada en la espalda. Fue a quinta hora, de camino a su clase de francés con Pilar, cuando Don Camilo asomó su orondo cuerpo ante ella, con ojos inyectados en sangre. Antes de que pudiese decir nada, extasiado por la rabia, Sandra, ante las sorprendidas miradas de muchos de sus compañeros, le señaló con el dedo:
- Se le ha acabado el juego, Don Camilo. Podrá intentar arruinar mi expediente todo lo que quiera, veremos quién es más fuerte, si su influencia, o mi esfuerzo. Le animo a que lo intente. Recuerde, haga lo que haga, nunca acabará con mi derecho a señalarle siempre que le vea.
No sería la última en hacerlo, pero sí fue la primera. Durante varias semanas una hermosa música de piano la acompañó a todas partes.
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