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A Carmela Morales (1939) le diagnosticaron un cáncer de mama en 2000, después de que tuviera que implorar una mamografía por los despachos del Hospital General, donde trabajaba como auxiliar de enfermería. Carmela le ganó el pulso al cáncer. Pero al regresar a su trabajo, dice que sus jefes la obligaron a hacer esfuerzos físicos perjudiciales. Ahora que está jubilada relata aquel “calvario” del que guarda secuelas imborrables.
La pesadilla de Carmela comenzó en noviembre de 2000. Compartiendo un café con amigas surgió la conversación sobre la nefasta enfermedad. Ella recordó los antecedentes familiares y que llevaba dos años sin controlarse. Carmela recorrió angustiada el Hospital General pidiendo ayuda, pero se le cerraron todas las puertas. La mamografía tendría que esperar “4 ó 5 meses”. “Comprendí muchas cosas, las quejas y el descontento, con razón, de los lanzaroteños”, explica ahora.
Finalmente el director del centro intercedió por ella. En sólo dos días llegó la mala nueva. Carmela padecía carcinoma de mama. Su insistencia por saltarse la burocracia médica la había salvado. Una mastectomía a tiempo sirvió para su recuperación.
Pero la enfermedad dejó su rastro. Según los informes médicos, la paciente no podía levantar peso ni hacer esfuerzos con el brazo derecho. Aún así, Carmela todavía podía realizar otras tareas. Quería volver a trabajar para sentirse viva.
En su puesto en la sección de Ginecología, Carmela no fue bienvenida: “La enfermera jefe me consideraba una apestada o una inútil, hasta me propuso la jubilación anticipada. ¡Qué humillación! Mi único pecado era haber tenido cáncer y padecer las limitaciones que esa enfermedad conlleva”, cuenta.
“La supervisora empleó toda su potencia de acoso, abuso de poder, persecución y derribo. Desgraciadamente un par de compañeras se unieron a la orquesta maquiavélica dirigida por la supervisora de forma ruin y traicionera”.
Bajo esta presión, la auxiliar asegura que estuvo “al borde del infarto” y “cerca de la depresión”. Así que tuvo que permanecer muchos meses de baja médica. “Me sentía maltratada, humillada y perseguida. Pasaba muchas noches sin dormir. Era una tortura”, lamenta.
Cuando repuso fuerzas, Carmela lo quiso volver a intentar. Pero cuando llegó al Hospital se dio cuenta de que el infierno seguía en llamas. Así que amenazó con recurrir al sindicato. “Con la misma sonrisa cínica y desagradable, la supervisora me dijo que hiciera lo que quisiera pero que me iba a trasladar a Rehabilitación”, explica.
En su particular castigo, Carmela tenía que pasar “jornadas de 7 horas de trabajo duro, de esfuerzos físico, de puro machaque, cogiendo pesos, soltando pesos, colchonetas, bolsas de hielo, etc”.
Carmela reclamó a Recursos Humanos. Asegura que sólo obtuvo por respuesta una carta llena de referencias legales incomprensibles. Denunció ante la justicia. Pero el juicio llegó cuando ya estaba jubilada y el brazo y la columna se había resentido por el ejercicio.
Ahora, a la luz del tiempo, Carmela se pregunta: “¿A quién responsabilizo de estas secuelas?” Busca ganar el juicio moral y quiere que su historia sirva para que otros denuncien a tiempo.
“Estas personas por no denunciarlos por nuestros miedos se van engrandeciendo en su mala gestión y ruindad, repercutiendo mucho en la sociedad y en un gran número de trabajadores sometidos a esta presión y acoso”.
Detalles
La ‘promesa incumplida'. Parte de la historia de Carmela ya estaba escrita cuando se la intentó trasladar a la consejera de Sanidad, María del Mar Julios, en un homenaje a los jubilados del Hospital en septiembre de 2005. Ella asegura que la consejera prometió atenderla, pero se escabulló poniendo “la guinda a la tarta de tanto desprecio y dolor”.
El relato completo. La afectada ha puesto a disposición del lector el relato completo de su calvario en la página web de la Asociación de Enfermos Oncohematológicos www.afol.info.
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