
Arón Cruz
[Martes, 25 de
mayo de 2007]
Era una tarde preciosa, lástima que tuviesen que contemplarla con lágrimas en los ojos. Lorena llevaba la caja y la apretaba contra su vientre, cada vez que sentía como el nudo de su garganta le impedía tragar bien. Mario caminaba a su lado, con el brazo por encima de sus hombros, intentando protegerla de la desoladora tristeza que en ese instante los acosaba sin remedio. Venían caminando desde la casa de ella, en Maneje. Él vivía al otro lado de la carretera, concretamente en Titerroy. Dos vías con coches de ida y coches de vuelta, separaban los dos reinos en los que ellos se habían criado. El nexo entre ellos era aquel puente de barandillas verdes, que se alzaba a unos metros sobre la autovía que bordeaba la capital, como un coloso impasible que observaba la circulación de viajeros que corría entre sus gigantescas piernas.
Allí fue donde esta deprimida pareja se dieron el primer beso, el primer vestigio de la relación que se propagaría, con un sinfín de satisfacciones, a lo largo de esos últimos cuatro años. Se conocieron en una fiesta de cumpleaños de un amigo en común, pero tal recuerdo no resulta tan gratificante como el del primer contacto entre labios curiosos. Generalmente el viento suele castigar el puente con bravura y firmeza, pero aquel día apenas se notaba una tímida brisa. Una conversación donde las cabezas de ambos se fueron acercando más y más, hasta el inevitable encuentro, propiciando un amor puro en una pareja anónima.
Dicho puente no sólo ha sido escenario de ese momento mágico, de hecho, gracias a dicho fotograma en esta película romántica, se convirtió por méritos propios en el lugar donde iban a pedir deseos. No es de extrañar que, con ese comienzo, empezasen a ver esa obra arquitectónica como un escenario ideal para lanzar, de vez en cuando, una ilusión al aire, esperando que se cumpla. El mecanismo era bien sencillo, se trataba de ponerse uno al lado del otro, con las dos manos sobre la barandilla, mirando a los coches que se difuminaban en el horizonte, y pedir el deseo que previamente habían pactado. Ya, por la noche, ella anotaba el deseo de ese día en un trozo de papel rectangular, lo doblaba y lo metía en una caja verde que le regaló su hermana mayor. Era una tradición entre ambos enamorados y, de preguntarles, habrían dicho que, tarde o temprano, siempre se les cumplía. Cuando esto ocurría, ella soltaba el papel desde su azotea y lo veía desaparecer. Varias veces a la semana se realizaba este tierno rito.
La circunstancia emocional que ahora los estrangulaba lentamente era ciertamente trágica en esa edad; ella había recibido una plaza en la carrera de derecho, en la universidad de la isla de Gran Canaria, mientras que él, por deseo expreso de su dictatorial padre, debía ir a La Laguna , en Tenerife, a estudiar empresariales en la misma universidad en la que sus hermanos mayores estudiaron. Ya no se trataba de estar separados por una carretera de doble sentido, sino por el mar, con el avión como único puente entre un reino y otro. Confiaban en que la distancia no abriese paso entre ellos, cortando el cordón umbilical que los une, pero, nadie conoce las decisiones de Madame Destino. Es por ello que Lorena llevaba la caja verde, con unos cuarenta y siete deseos, aún pendientes en ser cumplidos. Las reglas habían sido modificadas ante esa situación; tras una mirada dolorosa, pusieron el recipiente sobre la barandilla y abrieron la tapa. La lluvia ascendente de papeles danzó con elegancia, como un inofensivo tornado, alejándose de ellos con cierta crueldad. Habían decidido que, si alguien leía uno de esos papeles, el deseo se cumpliría. Así que, si te encuentras alguna vez uno correteando por el suelo, o tambaleándose sobre las brisas, ábrelo y léelo. Recuerda que harás feliz a dos personas que se quieren con locura.
Se abrazaron como si hubiesen estado años separados. Mientras ella lloraba, él le daba pequeños besos en su cuello. Era un aniversario que rechazaban, un punto y seguido algo incierto. Se dieron el último beso en aquel puente. Lo más doloroso fue bajar por la rampa; Mario arrastrando los pies hacia su casa de Titerroy y Lorena alejándose por el otro lado, hacia Maneje. Al día siguiente ambos tomarían aviones a distintos destinos. Sí, se llamarán, se escribirán, pero tardarán mucho en volver a respirar juntos aquel viento. Un mismo deseo estaba escrito en trece de esos papeles, sobrevolando ambos el cielo de aquella hermosa tarde.
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