RELATO

 

El mono con pilas

 

Arón Cruz
[Viernes, 18 de mayo de 2007]

 

 

 

Corría calle abajo, con el corazón acelerado, galopando al son de la misma vertiginosa melodía que resonaba con sus pasos. De vez en cuando miraba por encima de su hombro, temeroso, viendo como aquello se le aproximaba más y más. Hace unos diez años era un estudiante ejemplar, hace unos cinco conoció a la gente equivocada y tomó decisiones poco adecuadas; hace unos tres años comenzó a vivir en la calle, hace unos dos robaba para saciar su hambre artificial. Hace unos diez minutos estaba comprando heroína a un tipo de mala sombra, cobijados por la oscuridad de un solar abandonado. Se llamaba Lorenzo y cada vez que miraba hacia atrás, veía aquel ser inquietante, deseoso de clavarle la luminosa hoja de su guadaña en la espalda.

No era la primera vez que la Segadora lo perseguía por las calles estrechas anexas a El Charco de San Ginés, pero sí que era la primera vez que sentía que su fin estaba demasiado próximo. Y era una pena, porque pensaba chutarse y relajarse acostado en un banco, contemplando el cielo nocturno, el cual se mostraba esa noche lleno de estrellas, orgullosas de su esplendor.

La temible figura de manto negro que lo perseguía volvió a lanzar un repentino ataque. Él fue más rápido, se agachó y escuchó el silbido que produjo la guadaña al cortar el viento a unos diez centímetros de su alborotado pelo. Comenzó a meterse entre los coches aparcados, testigos inanimados de aquella carrera sin tregua, estrechando su camino para ponérselo más difícil. Sin embargo, la Dama Negra , en su anciana sabiduría, lograba adelantarse a sus movimientos, superando todos los obstáculos que nuestro pobre Lorenzo le ponía delante. Fue por la Calle Lugo por donde corrió para salir al paseo de El Charco, como si el estar en un lugar más abierto le beneficiase. Contrario a lo que cualquier pensamiento sensato habría imaginado, aquella decisión resultó ser la más adecuada debido a su precaria situación: la Segadora cesó en su empeño. Cuando miro hacia atrás, entre gemidos de extenuación, se alegró de no verla más; se comprende que dicho ente sobrenatural prefiere cobrarse esas vidas anónimas en los rincones más sombríos. El exhibicionismo gratuito es cosa de suicidas con aires de grandeza.

Se sentó en el muro que rodea esa amplia laguna, intentando recobrar el aliento. Estuvo allí unos diez minutos, cuando la punzada que le castigaba el vientre ya había dejado de atormentarle. Se incorporó y comenzó a caminar con las manos en los bolsillos, sintiéndose muy afortunado. Dicha sensación de alivio duró bien poco, exactamente unos treinta metros de pasos débiles; vio a un hombre de unos cincuenta años, con una mochila colgando de su hombro, enseñándole una foto a dos mujeres que estaban de paseo nocturno. Ellas negaron con la cabeza y siguieron su camino, el hombre hizo lo mismo pero se paró en seco cuando vio a Lorenzo. Aquella mirada lo aterró más que la persecución de hacia un rato. Se quedó paralizado y lo observó como un gato cegado por los faros del coche que va directo hacia él, caminando con firmeza. Todo acabó en un sincero abrazo por parte del emocionado cincuentón y la sorpresa del maltrecho treintañero.

- Lorenzo, vuelve a casa, hijo mío.

Le habló de la familia que lo esperaba con ansias en Galicia, le habló de lo estúpido que era llevarse por el orgullo, le pidió perdón con lágrimas en los ojos. Él no podía creérselo, flotaba en medio de una alucinación que no sabía si era agradable. Tal burbuja se rompió en el momento en el que Lorenzo se apartó con la mirada vidriosa y un curioso apego por su vida de esclavo a la jeringuilla.

- Yo ya no tengo casa.

Con heridas que nunca llegaron a cerrarse, el joven quiso alejarse de su padre y comenzó a huir, como tantas otras veces había hecho en estos últimos años de resignado a la penuria. Pero un sonido metálico volvió a frenarlo. Clap, clap, clap. No podríamos calibrar el asombro que experimentó al ver aquel pequeño mono con pilas que correteaba con sus ruedas de plástico por encima del muro, haciendo sonar dos pequeños platos dorados. Clap, clap, clap. Destellos de un pasado mejor lo atosigaron. Lo recordó con claridad, aquel muñeco era el juguete que su padre le daba cuando era pequeño, siempre que tenía miedo. Padre e hijo se miraron una vez más. El viaje de regreso fue mucho más sencillo.

 

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