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Carmen Álvarez no recuerda su edad. Rebusca en el bolso el carné para hacer los cálculos y le salen 77 años. Más clara es la memoria cuando habla de los pucheros para ocho que guisaba con mimo cada mañana. “Venía casi todos los días” a la recova de Arrecife a proveerse de tomates, cebollas, batatas o perejil. Ahora, el antiguo mercado ha vuelto a abrir sus puertas tras 22 años cerrado. Pero las cosas han cambiado.
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La parranda toca “Somos costeros, arriando velas”. Alguno se adelanta a picotear en el plato de quesos y se lleva la reprimenda de un hombre enchaquetado. La alcaldesa de la ciudad, María Isabel Déniz, en un descuido verbal deja la palabra a la presidenta del Cabildo, ya que “no tenemos la oportunidad de verla mucho por Arrecife”.
Inés Rojas sonríe y corrige que “siempre está” donde se la “necesita”. Rojas se apunta a otro lapsus y describe la sensación que tiene al entrar al remozado recinto como “un vuelco en el estómago”.
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Se descubre la placa y comienza el paseíllo de políticos. A Carmen le gusta como ha quedado la plaza, “porque antes eran sólo cuatro cuartuchos”. Eso sí, echa de menos la fruta fresca, las carnes, verdura y granos de calidad que se vendían antaño, con los que ella elaboraba apetitosos potajes de judías y lentejas. Y encima, a mejor precio. “porque hoy ya no hay quien compre nada con las dichosas moneditas nuevas éstas”.
En representación del campo tiene un hueco en la nueva recova la agricultura ecológica que defiende la asociación La Tanganilla. Aguacates, romero y papas alimentadas sin fertilizantes ni pesticidas. Como antiguamente, las vegas de Teseguite, Tías o Máguez siguen dando los productos. Darlene despacha. Llegó hace 20 años de Estados Unidos en un viaje de mochila, ahora es agricultora por vocación. Antes muchos lo eran por necesidad.
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Jonathan Pérez tiene linaje de carnicero. Cinco de sus tíos lo fueron. También su padre, Juan José, que vendía aquí carne de cabra y cochino de miércoles a sábados. Pero eso fue ya hace “más de 30 años”. Ahora el hijo ha montado un puesto de quesos, vinos y chorizos, algunos importados de otras islas y modernamente envasados al vacío. El mejor tesoro que guarda es el mojo de su madre. Rojo: picante, verde: cilantro.
En el nuevo mercado hay un poco de todo, como homenaje a esas profesiones que se resisten a desaparecer. Águeda Morales trae pan de millo, pastas, bizcochones y panecillos de Tinajo. También rosquillas de nata y mantecados de Moya (Gran Canaria).
Manuel Rodríguez usa cuero vegetal para confeccionar cholas y zapatos a medida. Son un poco más caros, pero “mucho más cómodos” y ya se sabe que “la salud no tiene precio”.
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Los laureles de indias dan sombra a la miscelánea de artesanías. Máscaras africanas, ponchos sudamericanos, abalorios, cerámica, mantelería, sombreros de paja, un herbolario con productos dietéticos, una cafetería, una floristería, etc.
No es la plaza de Vargas de principios del siglo XIX, aquella de 4.000 varas cuadradas que compró el Ayuntamiento a 45.000 pesetas, con balanzas y juegos de pesas, donde venían las campesinas de Tinajo soportando de buena mañana el cuenco de huevos en la cabeza.
Eso queda para la historia y las fotos en blanco y negro. Ahora la recova capitalina se ha convertido en un lugar de recreo, en un museo artesano para nostálgicos.
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