Raquel Pérez, historiadora

"Los sindicatos antes querían transformar el mundo, ahora ponen parches"

 
 
 

Aunque alberga ya pocas esperanzas de que un día surja esa "gran revolución" que haga desaparecer las diferencias sociales, la historiadora Raquel Pérez atisba un "pequeño despertar" en el movimiento ciudadano canario. La joven autora ha estado estos días en Lanzarote para presentar su libro "El anarquismo y los orígenes del movimiento obrero en Canarias", que descubre una época en la que los sindicatos anarquistas pretendían cambiar el mundo.

Armiche Díaz
[Viernes, 25 de noviembre de 2005]

—Del anarquismo se ha dicho mucho y, a menudo, para tacharlo de movimiento ideológico peligroso. La gente tiene la idea de que los anarquistas pretenden la supresión de cualquier autoridad y que la sociedad que plantean se convertiría en un caos. Para aclararnos, según usted ¿cuáles son los elementos característicos de los verdaderos ideales del anarquismo?

—La autoridad que rechaza el anarquismo es la institucional. Se opone a que un grupo de personas destaque por encima de la sociedad con privilegios. El anarquismo considera que todos debemos ser iguales y que la libertad se consigue compartiendo con los demás en una relación de solidaridad. Al rechazar la autoridad no se rechaza una organización, al contrario, el anarquismo tiene una articulación de la sociedad estudiada y define cómo se tienen que tomar decisiones desde los grupos pequeños hasta los grandes ámbitos, utilizando el sistema federativo de los republicanos. Esta ideología parte de que el poder siempre va a buscar el beneficio para sí mismo. Lo que ha demostrado la historia, según han analizado los anarquistas, es que las relaciones de poder sólo generan injusticias sociales, miseria, represión y excluidos.

—Esta negación del poder, precisamente es lo que les diferencia del socialismo, ¿no?

—Aunque en un principio marxismo y anarquismo comparten cuna, se separan en el momento en que se ponen a discutir cómo conseguir esa sociedad igualitaria. El marxismo propone la dictadura del proletariado como un paso intermedio para este fin. El anarquismo critica que esa dictadura produciría injusticias porque también existirían subordinados y oprimidos, y luego no se iba a poder salir de esa situación, como creo que los hechos han corroborado.

—¿Cuál fue la mayor aportación del movimiento anarquista en Canarias?

—En el libro trato una primera etapa de los inicios del movimiento anarquista, pero el 'boom' se produjo en los años 30 y con más fuerza en Tenerife. En Lanzarote aparecieron grupos reducidos, un sindicato de trabajadores de oficios varios en 1933 y un sindicato de marineros en 1936. Aquí tenía más fuerza el socialismo. Cabe destacar que en esa época el movimiento obrero logra romper con el caciquismo. Después, la represión de la dictadura fue muy dura, sobre todo con los anarquistas.

—¿Los sindicatos defienden con el mismo ahínco hoy que ayer los derechos de los trabajadores?

—Opino que el sindicalismo se ha desvirtuado mucho. La mayor parte de los sindicatos han dejado de ser combativos y se han convertido en empresas, que contratan a trabajadores para que atiendan consultas. Se dan casos irrisorios como que unos empleados se ponen en huelga porque la central sindical no les da de alta en la Seguridad Social. Muchos de los sindicatos son empresas gestoras que resuelven un problema concreto, pero no van a la raíz del problema. La diferencia es que antes se quería transformar el mundo, ahora se ponen parches. No se pretende transformar la sociedad.

—¿Es la canaria una sociedad adormilada en la defensa de sus derechos?

—Desde la década de los ochenta, los movimientos sociales que triunfan en Canarias son los ecologistas. La respuesta social no es quizás la deseada para todo el nivel de injusticias que se producen: las muchas desventajas que padecen los canarios o la gran miseria cultural que se percibe. Pero creo que podemos hablar de un pequeño despertar en la movilización ciudadana.

—En Europa cada vez hay menos diferencias ideológicas entre la izquierda y la derecha ¿Esto de la globalización puede afectar también al pensamiento político?

—Las ideologías se han desdibujado y lo que priman son las pautas económicas. El mundo se mueve porque unas multinacionales y organismos supranacionales marcan a los partidos políticos lo que deben hacer. Un representante como Lula da Silva, en Brasil, que viene de la clase trabajadora y que suponía una esperanza para mucha gente, está teniendo que claudicar. La economía está por encima de las ideas.

—¿Cabe otra estructura social y económica en la sociedad moderna, sin desigualdades?

—Hubo una época en la que yo pensaba que iba a venir un 'día de la revolución'. Y casi me costó una crisis descubrir que no iba a ser así. Creo ahora que los cambios vendrán lentamente, aunque debemos plantearnos la transformación como si fuera para hoy. Por ejemplo, si yo me siento discriminada en la sociedad no tengo que esperar al día de la liberación de la mujer para exigir que cese mi maltrato. Desde hoy lo voy a denunciar. No tengo que esperar que llegue el día que alguien me libere.
 

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