
![]() |
| Fernando Gómez Aguilera, director de Actividades de la Fundación César Manrique. |
El rostro público de la Fundación César Manrique (FCM) responde al nombre de Fernando Gómez Aguilera (San Felices de Buelna, Cantabria, 1962), su director de Actividades. Una institución que entiende la conservación del legado del artista de forma activa. De ahí su decisiva implicación en asuntos clave para la Isla como la contención del crecimiento turístico o el diseño urbanístico de Arrecife.
—La contención del crecimiento turístico es un debate que lleva muchos años sobre la mesa. La FCM incluso presentó una hoja de ruta elaborada por Fernando Prats. ¿En qué momento estamos?
—Nuestra posición ha empeorado. Hemos perdido las oportunidades que nos brindaba la segunda revisión del PIOL de febrero de 2003, que por la desidia política y las intrigas de poder no se tramitó, caducando el plazo. No se ha pagado factura política ni por la degradación de las instituciones ni por las oportunidades que Lanzarote ha perdido en todos los órdenes, por supuesto también en materia territorial. Y, sin embargo, han sido muy importantes los costes sociales, democráticos y, sin duda, en lo que concierne a las aparcadas políticas de control del crecimiento. Ha sido un episodio escandaloso, con efectos prácticos de los que nos costará recuperarnos. No obstante, parece que nada hubiera ocurrido, porque está claro que interesa olvidar. Hoy por hoy, estamos en una dinámica de evidente retroceso en la tramitación de instrumentos que encaucen la contención del crecimiento turístico y nos quiten de encima, entre otras cosas, esas más de 20.000 camas turísticas que nos amenazan. En los próximos días, la FCM presentará una segunda hoja de ruta, elaborada por Fernando Prats, que es una puesta al día de la situación y que pretende contribuir al avance en este asunto clave para la isla estimulando el comportamiento positivo de la Administración.
—A su juicio, ¿el cambio en la presidencia del Cabildo va a suponer alguna variación en las políticas sobre el territorio?
—Hay que esperar las primeras decisiones, que son determinantes. Pero es inconcebible gobernar los próximos dos años sin incluir este asunto como prioridad en la agenda política. Los ciudadanos pasarían factura. Además, ofrece grandes oportunidades de hacer política de verdad, más allá de los juegos malabares de poder. El nuevo presidente del Cabildo es una persona responsable, comprometido personalmente con la integridad de la isla, y, aunque su margen de gobierno es limitado, la FCM confía en su compromiso con el control del crecimiento turístico y de las infraestructuras de carga. Al nuevo presidente hay que darle un margen de confianza. Confío en que tenga el coraje político suficiente y la responsabilidad que se requiere para abordar un Plan Territorial Especial en línea con la trayectoria del PIOL. Confío que no nos defraude. La voz de la isla es en este tema es muy clara. No dudo de que Francisco Cabrera sabrá qué es lo que tiene que escuchar y qué presiones debe rechazar. En ese camino tendrá todo nuestro apoyo.
—La revisión del Plan General de Ordenación Urbana de Arrecife se está tramitando con bastante polémica y críticas. ¿Qué necesita Arrecife?
—Consenso y, por tanto, una alcaldesa que sepa corregir sus errores, que crea en la política de la rectificación como un valor democrático. Arrecife necesita un plan de todos, un plan transparente, proyectado y gestionado con buen talante, que mejore la vida de la ciudad y las oportunidades de sus ciudadanos, de los pobres y de los ricos. Un plan que nos respete como ciudadanos. No cabe duda, pues, que necesitamos otro plan y otro equipo redactor. La revisión del PGOU está deslegitimada socialmente, por más comisiones que el Ayuntamiento cree ahora para distraernos y crear cortinas de humo. No valen remiendos porque la concepción urbanística es perezosa, carece de ambición y favorece la desigualdad. Con el PGOU no se puede ser arrogante. Es un error imponer un plan que los ciudadanos rechazan, que en vez de promover la convivencia ciudadana la exaspera. Todo este proceso está siendo un cúmulo de despropósitos. Apenas se ha hablado de urbanismo, de modelo de ciudad. Los intereses de agentes económicos concretos, muy poderosos, parecen haber determinado el carácter del Plan, haciendo saltar por los aires cualquier posibilidad de consenso básico. Y sin consenso suficiente ningún Plan es deseable. Por otra parte, sobre la mesa se han puesto acusaciones gravísimas que conciernen al proceso de adaptación del Plan. No se han aclarado aún, y si no se despejan las serias dudas existentes, responsabilidades de todo tipo deberían depurarse sin tardar.
—Actualmente nos encontramos en un giro hacia la energía eólica. Hay voces, sin embargo, que critican la instalación "numerosa" de aerogeneradores. ¿Confundimos en Lanzarote la estética con el desarrollo sostenible?
—La sensibilidad estética es para mí un valor positivo. No creo que deba convertirse en un argumento a combatir. Y en Lanzarote, además, es un patrimonio. Esa posición de partida me parece equivocada, no la comparto, porque no es bueno pensar por exclusiones: o estética o desarrollo sostenible. A mí, además, los aerogeneradores me parecen esculturas posmodernas fantásticas. Otra cosa es que su instalación se produzca a la buena de Dios y que su emplazamiento masivo no se convierta en un problema paisajístico, que puede serlo, y que, de hecho, lo es muchas veces. Hay que ser sensible con su ubicación y no dejar de lado posibilidades de colocación como las que puede ofrecer el mar. Debemos avanzar en la implantación de energías alternativas, pero midiendo bien los pasos en las dos direcciones, lo alternativo y lo paisajístico, para que el balance sea positivo. No obstante, pensar a estas alturas que en Lanzarote se confunde la estética con el desarrollo sostenible me parece excesivo porque, por desgracia, somos muy conscientes de nuestra insostenibilidad. Me gusta tan poco una isla insostenible como una isla que se convierta en un parque de aerogeneradores. El paisaje es el mayor activo patrimonial de Lanzarote por lo que su alteración, que resulta inevitable, por otra parte, e, incluso, deseable, exige decisiones conscientes y ponderadas. Cualquier intercambio de reflexiones en esta línea me parece positiva.
—Hace años que la FCM viene jugando un papel destacado en el espacio público de la isla. ¿Cómo se sienten cuando son "atacados" por sus posiciones, como sucedió con la carretera de La Geria?
—La democracia y el espacio público son los ámbitos naturales del debate y la discrepancia, también, por suerte, del acuerdo. El debate es, por sí mismo, enriquecedor. Debemos alimentarlo. Lamentablemente, buena parte de nuestros representantes públicos conviven mal con la crítica, sufren continuas crisis de déficit democrático, viviendo de espaldas a la participación y el diálogo ciudadano. Prefieren desenvolverse en la gelatina autoritaria. En fin, la regeneración de nuestra política se ha convertido en la principal asignatura pendiente de la isla y de nuestra pequeña degradada democracia. Así, no es de extrañar que pudiera ocurrir la mezquina e indigna campaña de las administraciones insulares contra la FCM con motivo de nuestra defensa de La Geria. El bochorno de las instituciones ha sido mayúsculo, con repercusión notable fuera de la isla. Es un episodio del que debemos aprender para que nunca más vuelva a producirse con nadie. Ahora bien, no podemos quedarnos atascados ahí. La FCM da por buenas las disculpas ofrecidas por quienes las han dado, en público y en privado, y decimos que es tiempo de mirar hacia delante, por el bien de la isla. Eso sí, vigilantes y con renovada conciencia crítica, porque ese es nuestro rol. Pero, en lo que concierne a la carretera, las perspectivas de diálogo con el consejero de Obras Públicas, Sergio Machín, se han renovado y es posible que podamos avanzar sobre puntos comunes a la hora de intervenir en el tercer tramo de la carretera. Será, sin duda, en beneficio del paisaje protegido de La Geria, que reclama una carretera singular acorde con su extraordinaria singularidad y valor patrimonial.
—La polémica sobre la carretera de La Geria y la situación de inestabilidad política en el Cabildo provocó cierta reacción pública por parte de colectivos sociales y ciudadanos. ¿Realmente tiene vida la sociedad civil organizada o está en un momento de horas bajas?
—Por su propia naturaleza la sociedad civil organizada es frágil. Vive sobre tensiones contradictorias. Es lo normal. Pero yo me siento a gusto con el movimiento ciudadano de Lanzarote. Reacciona bien y está atento. Hay muchas personas implicadas que son admirables, muy comprometidas con valores, extremadamente generosas con su tiempo. Es, hoy por hoy, la garantía más solvente de vigilancia democrática en la isla. Ciertamente la consistencia del movimiento ciudadano es frágil, pero ¿hay algo que no lo sea en nuestro entorno? Lo fundamental es preservar su autonomía, protegerlo y desvincularlo de cualquier intento de fagocitación política. El liderazgo del movimiento ciudadano debe tener residencia civil. Nadie debería confundir los términos, para que política y ciudadanía puedan reforzarse mutuamente. De otro modo, la política, sea cual sea la opción, acabará jibarizando a la sociedad civil organizada, uniformándola. Frente a esa tentación, me parece más rico y garantista, en términos cívicos y democráticos, apostar por la diversidad de sensibilidades, de tonos y de argumentos, en asociaciones y organizaciones que coincidan en lo que es realmente importante, el proyecto de isla.
—¿A qué grandes retos, a su juicio, se enfrenta la sociedad lanzaroteña en los próximos años?
—Dos me parecen los fundamentales en la jerarquía político-social. El primero, la regeneración de la política por la vía de la ética pública y de la cualificación de los cargos. O sea, renovar el compromiso con la calidad de la democracia, aliviando nuestros gobiernos de corrupción, autoritarismo, ineficiencia y dependencia de las directrices externas, de modo que podamos avanzar hacia políticas de concertación. Es inaplazable la modernización de los horizontes políticos y de los procesos de toma de decisiones y de gestión, que debe conducir a la recuperación de la confianza democrática, hoy por hoy tremendamente degradada. El segundo, el avance en las políticas de contención del crecimiento turístico, y, simultáneamente, en una perspectiva ofensiva, la recualificación de la oferta turística de la isla, lejos del manido y tonto esquema actual del mal llamado turismo de calidad, planteándola en claves que debemos definir y consensuar si es posible. Una reflexión que debería ir acompañada de otra paralela, de carácter estructural, sobre las fórmulas para diversificar el tejido económico y amortiguar los riesgos que genera la polarización de las economías de monocultivo, en nuestro caso vinculada al sector servicios, con una total dependencia exterior energética.
—¿Por qué ve como una amenaza el "turismo de calidad"?
—Para comenzar, debería cambiarse su denominación. Los impulsores políticos y empresariales de ese término en Canarias y en Lanzarote deberían tener el coraje de llamarlo "turismo RIC". El capital que los empresarios han acumulado con la RIC, más de dos billones, se ha convertido en un potente instrumento de distorsión territorial. Esos descomunales fondos, desviados del sistema general de tributación, necesitan suelo para ser invertidos por lo que, en un marco de moratoria de camas turísticas, reclaman suelo para campos de golf y parques temáticos. No hay mayor originalidad. Por lo tanto, la decisión de invertir en campos de golf y parques temáticos no procede de la preocupación altruista por el futuro turístico de la isla, sino del interés empresarial por invertir los ahorros de la RIC, en plazos asignados que vencen, para seguir generando beneficios. Y ello a costa del suelo y de Lanzarote. Es el discurso de los lobos disfrazados de corderos. Implantar parques temáticos y campos de golf indiscriminadamente sería un error. Esas decisiones sólo deberían ser tomadas, en su caso, muy moderadamente, desde el planeamiento y desde la concertación social, nunca desde la lógica municipal. El mayor activo de nuestra isla es su paisaje, que no debe someterse a un obsesivo y egoísta proceso de trivialización y degradación con campos de golf y parques temáticos. Una propuesta perezosa, estandarizadora y dañina. La isla debería seguir apostando por la creatividad y la diferencialidad como destino, en un marco de contención, parando ya. El otro es el modelo salvaje de la voracidad del dinero y la especulación, que todo sea dicho, despacha directamente con el complaciente gobierno de Canarias.
—La figura de César Manrique parece que es utilizada incluso en ocasiones como un elemento más de marketing. Pero, ¿se ha olvidado Lanzarote de su legado?
—Yo creo que César está muy bien protegido. De hecho, se ha pasado de su utilización interesada al insulto y la descalificación, como ocurrió recientemente. ¿Se imagina que hubiera hecho de su figura la administración en ausencia de la Fundación que lleva su nombre? Ello, no obstante, no quiere decir que no exista la tentación de utilizarlo de vez en cuando por parte de la política, pero es una tendencia controlada, a mi juicio. Su figura ha crecido en el imaginario colectivo y Lanzarote lo considera una referencia fundamental de su historia. Es un mito querido y respetado, incómodo para la política, que quiere hacerlo digerible, usarlo como un florero. Ahora bien, lo cierto es que las decisiones de las administraciones en los últimos años poco tienen que ver con su legado, sobre todo el comportamiento del Cabildo en esta última legislatura y de los Ayuntamientos turísticos, en particular Yaiza, con lo que está permitiendo en Playa Blanca. La pinza político-empresarial está provocando en el Sur un auténtico despropósito, intentando, por la vía de hecho, crear una doble capitalidad insular, que vaya a su propia bola. Ese proceder, por ejemplo, avaricioso y lleno de mal gusto, traiciona radicalmente el espíritu de Manrique, y genera en la isla un creciente conflicto.